Gijón, María IGLESIAS
Un menú de sensaciones aderezado con ideas políticas, tallarines a la parmesana y grandes dosis de felicidad y agricultura ecológica. Así es «Teatro da mangiare?», un espectáculo de la compañía «Teatro delle Ariette», donde la escena (el patio del Antiguo Instituto) se convierte en una gran mesa de campo y los espectadores en veintiséis comensales hambrientos de teatro y cocina italiana.
Con «La Internacional» como telón de fondo, la actriz Paola Berselli explica porqué eligieron el camino del campo para conducir sus vidas. En otoño de 1989, tras la caída del Muro de Berlín y del comunismo, Berselli y Stefano Pasquini se fueron a vivir a la finca abandonada de los padres de Paola, a 30 kilómetros de Bolonia. «Allí nos convertimos en cultivadores», dice.
«Buscamos una anulación social, un silencio político, una ruptura seca y dolorosa que borraba nuestra historia, nos desarraigaba de nuestro pasado, de nuestra cultura y nos arrojaba al mundo desnudos, emigrantes», anunciaba envuelta en música Paola Berselli. Durante un tiempo «de silencio infinito, empapado de una inmovilidad mojada, perfumada de hongos y almizcle», se dedicaron al cultivo de agricultura biológica en su casa de campo, pero el gusanillo del teatro no tardó en reaparecer.
En un granero en el que apenas cabían 20 personas montaron una sala de teatro para sus huéspedes, hasta que en el año 2000 nació «Teatro da mangiare?», una propuesta diferente, «autobiográfica», en la que cuentan la historia de su vida, y que presentaron en el «Festival Volterrateatro». Desde su estreno ha tenido más de 500 representaciones en los Festivales de Italia, Alemania, Francia, Suiza y España. «Aceptamos la propuesta por lo antieconómico», bromea Pasquini.
Paola Berselli y Stefano Pasquini aparecen en escena acompañados de un tercer actor (cocinero), Maurizio Ferrasesi. Entre bocado y bocado de comida de su huerto -traída expresamente de Italia y cocinada por ellos cuatro horas antes de la obra- explican las razones que les guiaron a decantarse por una opción de vida apartada de «los centros sociales alternativos, ocupados y fábricas de las nuevas tendencias». «No concebimos el teatro como una expresión, sino como una plataforma para mirar al futuro», explican los actores durante la sobremesa de la obra, todavía con el atuendo de cocineros. «Si algo aprendí del campo es que cada árbol da sus frutos y ninguno es mejor que otro; nosotros nos decantamos por un estilo de vida que nos hace felices, pero no tiene porqué ser el de todos», dice Pasquini. «¡Por favor, no se lo cuenten a todo el mundo o tendremos competencia!», bromea el actor.
Una buena comida italiana, «toda ecológica», regada con vino y agua, acompañan los textos con mucha carga dramática, en algunas ocasiones, en otros despreocupados, que guían el menú del espectador. El ruido de los cubiertos cesa entre los presentes cuando Paola Berselli le dedica unas palabras a su madre, mientras que el vino vuelve a correr por la mesa, cuando Stefano Pasquini le toca una canción de amor a su mujer.
«Nosotros cultivamos nuestra propia comida porque nos gusta saber de dónde viene la harina de nuestro pan, pero no todo el mundo lo tiene que hacer», cuenta Pasquini, quien recuerda que «el pan está hecho con granos de trigo molido, pero... ¿de qué está hecho el teatro?» pregunta a sus comensales.
La cena sigue el ritmo que marcan los actores, que al servir los tallarines, realizados minutos antes, abandonan al público sumiéndolo en una especie de felicidad y nostalgia compartida. «Me gustaría que todos nos mantuviéramos siempre alrededor de una gran mesa, borrachos y felices», proclama Berselli antes de que el «Rien de rien» de la cantante francesa Édith Piaf inunde el patio y los 26 espectadores compartan la fuente de pasta.