JAVIER MORÁN
Seis días antes de su asesinato, conocí al jesuita Ignacio Ellacuría en Madrid, a donde viajó para conocer los planes de estudios de la Facultad de Periodismo de la Complutense y de otras universidades. Su idea era la de crear en la Universidad Centroamericana (UCA) una escuela de Periodismo, objetivo que se cumplió un tiempo después de su fallecimiento.
Era sábado. El encuentro no fue muy largo y me fijé en esa mirada agudísima, que lo era física, pero también intelectual. Después de la reunión le llevé en coche hasta la sede de la Fundación Zubiri, donde seguía trabajando en la edición de las obras completas del filósofo.
El jueves siguiente, 16 de noviembre de 1989 -van a cumplirse 20 años-, el Telediario mostraba las imágenes de su cadáver tendido en el suelo de un jardín de la UCA, junto a sus compañeros jesuitas y a Elba y Celina Ramos, madre e hija.
La impresión que me causó no fue pequeña. Se trataba de un crimen que debe ser recordado continuamente, y que corresponde a esa situación que alcanza la fe cuando su proclamación, junto a la indispensable promoción de la justicia, amenaza la propia vida. Sin embargo, existe resistencia en la propia Iglesia para aceptar ese es también un camino de perfección evangélica, reservado a pocos.