JAVIER BLANCO
La muerte de Enrique Urquijo fue un «repente» (increíble) para la escena pop/rock española, también para las gentes con otros ocios. Pero algo tenía el autor de las grandes canciones de «Los Secretos» cuando todo el mundo lo lloró y todo el mundo lo echa en falta. Era muy joven cuando se despidió definitivamente desde el barrio de Malasaña y sin embargo dejó un reguero de temas inolvidables. Su hermano, Álvaro, ha sabido llevar el espíritu personal y sonoro de Enrique con mucha clase, pero sobre todo ha mantenido y transmitido esas canciones sin hacerles ningún daño: muy al contrario, aquellas sabias melodías y aquellos textos tan sensibles, a veces; tan contundentes, en ocasiones, han seguido enlazando generaciones. Ese aire vaquero de sus piezas no perdió fuerza, quizá porque sólo las canciones del que fuera cerebro de «Los Secretos» van adornadas de una melancolía que alivia penas: uno de esos contrasentidos de las grandes obras.
Estos días hay conmemoraciones vía conciertos en toda España. Uno de ellos en el Don Floro de Avilés, ciudad muy de «Los Secretos». Cantarán a Enrique músicos de ahora y de antaño. Ya pasaron (ayer) diez años del día fatídico y se evoca una parte muy sólida de la música española a través de uno de sus genios. No es fácil dejar tanta muestra de talento en tan poco tiempo, y no es fácil que millones de personas sigan entonando viejas canciones que parecen nacidas anteayer. Tampoco es sencillo aguantar el paso del tiempo viendo cómo desfilan modas y movimientos arrolladores que despistan hasta a los más fieles. Tiene algo que ver que Álvaro y el resto del grupo siempre han tenido muy presente a Enrique, pero, sobre todo, a Enrique se le canta por la gran fiesta que dejó montada con su genialidad. Hay que seguir cuidándolo, que no vamos sobrados de cerebros.