Oviedo, E. G.
Dice Samuel Armistead que no tiene ninguna intención de jubilarse. «Tengo colegas que se jubilan pronto y se mueren a los dos años». Admite que la docencia puede ser una droga, «pero la droga más saludable del mundo». Su actividad profesional tiene mucho que ver con una filosofía particular: «Lo fundamental es responder a los desafíos de la vida, luchar siempre, y qué deporte mejor que la docencia».
Habla inglés, alemán, español, francés, portugués y hasta un dialecto de Aruba, y cree que las lenguas son organismos vivos gracias, entre otras cosas, «a la increíble capacidad de adecuación del ser humano, aunque también seamos capaces de cometer enormes burradas: mi país eligió en su momento a un fantocha llamado Bush como presidente».
Ahora, con Obama, la cosa ha cambiado. «Cuando eligieron a Obama casi lloré. Por fin vamos a superar el racismo, me dije. El tío es enormemente inteligente, aunque quizás algo conservador para mi gusto. Lo comprendo, tiene que andar con pies de plomo».
Quiso ser voluntario en la II Guerra Mundial y trabajar en las fuerzas armadas como traductor de alemán, idioma que ya dominaba. «Al final no me llamaron». Hoy asegura haberse juramentado para «escapar» de lecturas relacionadas con la guerra civil española y con la II Guerra Mundial y el holocausto «porque a estas alturas de la vida hay cosas que se deben evitar». De más joven recorrió España gracias al «kilométrico», cada día en una ciudad y vuelta al vagón a devorar kilómetros ferroviarios.
Ayer, Armistead se interesó en la Universidad de Oviedo por el futuro de la asignatura de Árabe, en peligro de desaparición. «No lo comprendería, de verdad. En las universidades de los Estados Unidos se fomenta, incluso con un programa nacional on-line».