J. G. GEA
Contraste intenso para abrir boca en el arranque de la competición de Gijón 09: por la mañana, «Les beaux gosses», de Riad Sattouf, o la confusión y los fervores hormonales de la adolescencia en la Europa más o menos rica; en sesión de tarde, la sordidez y la condena amarrada al tobillo de la mayor parte de los nacidos en la Europa pobre, tal como los retrata la historia de una joven rumana en «Francesca», de Bobby Paunescu.
La película de Sattouf viene a demostrar que la adolescencia y sus circunstancias siguen sin haber cambiado en lo sustancial desde los primeros abordajes cinematográficos del tema, casi siempre europeos, casi siempre franceses. Hay un aire de familia que no sólo nos recuerda los adolescentes que fuimos, que leímos o que vimos, que por una parte genera empatía y por otra deja la sensación de que nada nuevo sobre el asunto aportan «Les beaux gosses». Rodada con tino, muy bien interpretada (en especial por lo que respecta a los hervores de Hervé/Vincent Lacoste y su estupenda madre) y con diálogos y situaciones a menudo ingeniosas, cierto deslavazamiento en la estructura remite, quizá, a las tiras cómicas que dieron origen al largometraje.
Y, mientras los bachilleres franceses se las ven con sus ritos de paso, en Bucarest la vida es dura para la bellísima y bienintencionada Francesca, una joven maestra dispuesta incluso a emigrar al avispero xenófobo -y en particular rumanófobo- de la Italia de Berlusconi con tal de sentir que sus rentas y su vida son dignas de la Unión Europea a la que, nominalmente, pertenece.
Para contar esa historia y retratar con lentitud hiperrealista los detalles de unas vidas sin escapatoria, Bobby Paunescu atornilla la cámara y, aunque sea sin esperanza, espera y espera.