JUAN CARLOS GEA
El desarrollo de un conflicto emocional entre dos hombres sumidos en una situación límite puso denominador común a las películas a concurso proyectadas ayer, ambas recibidas con las primeras salvas de aplausos -no abrumadoras, pero sí sentidas- del Festival. No es lo único que comparten «Mal día para pescar», más que digna ópera prima del uruguayo Álvaro Brechner, y «Humpday», efervescente comedia de costumbres de la norteamericana Lynn Shelton: ambas, en sus respectivos enfoques y lenguajes, hacen gala de una honestidad ejemplar y saben administrar perfectamente los resortes de la emoción que hacen que el espectador conecte con una película.
En el caso de la hispano-uruguaya, ayuda sin duda lo suyo el material de origen: un excelente cuento de Onetti, «Jacob y el otro», guionizado con fidelidad y hasta devoción. También la sugerente ambientación, que sí funciona exactamente como Santa María: provinciana, varada en el tiempo, melancólica y decadente, absurda y grotesca, y al tiempo tan entrañable y familiar como cualquier otro culo del mundo. El tercer acierto está en los actores, empezando por un entregado Gary Piquer en un papel de los que se agradecen (actores y público), y que engrana con la masiva adustez de Jouko Ahola para desplegar esta historia sobre la mutua dependencia, las mentiras necesarias y las verdades ocultas, la dignidad, la necesidad y la redención de estos dos forasteros perdidos que cabalgan, de algún modo, juntos.
Y el cuarto y definitivo acierto de «Mal día para pescar», que hubiera gustado a Hawks y a Huston, reside en la solvencia de su realizador para hacerse cargo del material con buen pulso narrativo y una refrescante mezcla de géneros, que, no obstante, resulta muy clásica. El único reproche quizá esté justamente en que la robusta película que resulta de toda esa concurrencia de aciertos exuda un clasicismo que se sale un tanto de lo esperable en el ciclo insignia de Gijón.
Por lo demás, aplauso merecido. Como el que también recibió «Humpday», sencilla e inteligente comedia sobre los límites de la amistad y los de la propia vida que Lynn Shelton desarrolla apoyándose casi exclusivamente en el trabajo de sus actores y unos diálogos casi rohmerianos en su prolijidad. La solidez de la estructura narrativa y el excelente trabajo de improvisación que sobre ella desarrollan los protagonistas dan su chispa a esta divertida historia.