FRANCISCO CRABIFFOSSE CUESTA
Mientras T. M. M. ojeaba una de esas revistas de producción nacional que se empeñan en parecer de culto no pudo dejar de lanzar un grito educado para que la concurrencia le preguntase la razón de esa expresión extemporánea. La respuesta no se dejó esperar, y María aclaró que un reportaje sobre la casa familiar de los Urquiola en Ibiza silenciaba el origen asturiano de la diseñadora y destacaba sus raíces paternas vascas. Se abrió el clásico debate ovetense en el que salieron a relucir las estirpes y sus ramas, y atemperada la voz del gallinero se concluyó que U.H.P. (Patricia Urquiola Hidalgo) era tan asturiana como la que más. Sin embargo, del salón en el ángulo oscuro surgió una voz que matizó y clasificó esa asturianía como la fértil conjunción de lo foráneo con lo propio, la fusión de lo vasco y lo castellano con un saber entender Asturias; una Asturias que no se comprendería sin la huida o la persecución de otros horizontes para forjarse una identidad propia. A ese modelo la voz sumó la identidad italiana de U.H.P., sin la que, dijo, sería difícil entender su tenaz y pródiga trayectoria: «Del mismo modo que Italia hizo a Velázquez, Italia hizo también a Urquiola». El silencio fue entonces asentimiento, y todos los presentes movieron sus cabezas en gesto de conformidad.
Nuestra artista más internacional (si convenimos de una vez por todas que el diseño es una de las expresiones más vivas del arte contemporáneo) no es desde luego el fruto de una formación española, ni tampoco fue España la que la catapultó al éxito y al reconocimiento dándole las oportunidades idóneas. Fue Italia, nuestro antiguo Milanesado, la que vislumbró sus capacidades y puso a su disposición empuje y estructura empresarial para que pudiera crear y crecer con la brillantez que hoy se le reconoce mundialmente.
Urquiola da ejemplo además de una absoluta entrega al trabajo, de una vocación que no conoce desmayo para dar a la luz espacios, series de mobiliario y los objetos más variopintos, que son ejemplo de esa modernidad que incita tanto a lo inédito como sabe resucitar las raíces del pasado. Un reportaje televisivo la perseguía desde el showroom al estudio, y de allí a la empresa donde trabajaba con los prototipos. Con un cierto desaliño indumentario, con una aire «povera», la diseñadora mostraba estar en faena combinando las piezas caramelo de una lámpara «chupachups» con la energía en la palabra y en el rostro, endulzando la expresión cuando reflexionaba sobre el origen último de algunos de sus diseños, y la fuente inspiradora de la que bebían. Desvelaba así uno de sus valores, de sus atractivos ciertos. Lo doméstico y lo íntimo se ponía al día, y ese ámbito propiciaba una reinterpretación que afloraba con naturalidad. El sugerente collar «Pompón» revivía los cierres de las chaquetas tejidas por la abuela vasca y el juego de Rosenthal es en su tratamiento de la porcelana y en su decoración la vuelta a las meriendas familiares, a los manteles de hilo y encaje con un vuelco oriental en los motivos y decoraciones. Ese anclaje en el pasado, ese revivir lo visto y frecuentado, arrastra consigo la sensibilidad de lo femenino e impone la conquista de un espacio para la mujer en un ámbito nunca fácil.
En este alcanzar la cima, en este estar con justicia en el Olimpo, ha sumado más el rigor que la originalidad, la contundencia que el capricho, la depuración utilitaria que el accesorio de lo decorativo. En una etapa en la que reaparece lo in y lo out y se impone hasta la saciedad el gusto de los 50 y 60 con una frivolidad interesada, Patricia Urquiola ha sabido atemperar los rigores y excesos de los extremos con un lenguaje tan propio y definitorio, con una identidad tan singular, que su diseño se hace único en nuestro medio. Su éxito es como el de todo artista que ha sabido buscar y encontrar, y en él no importan tanto los orígenes como los resultados.