JUAN CARLOS GEA
Dice Harmony Korine que su último largo pretende ser «una oda al vandalismo» y una indagación en la «belleza creativa que puede haber en la devastación y la destrucción». En realidad, «Trash humpers» es más bien el tipo de cinta (de VHS) que quisiera y ya no puede generar ese tipo de debate tan trasnochado, en torno a un producto que, de puro facilón, resulta hasta divertido. Para tomarse un respiro financiero después del rodaje de «Mr. Lonely», Korine se monta una justificación del viejo VHS como acto contestatario en tiempos de fetichismo tecnológico, y se echa a su lugar natural: el suburbio.
En esos andurriales que acumulan en forma de detrito las esencias americanas, Korine filma al tuntún a tres viejos de granguiñol cuya única ocupación es frotarse con lubricidad contra los contenedores, arrastrar muñecos atados a bicicletas, reír tontunas y canturrear coplas lerdas, vaciar botellas o relacionarse -con resultados que van de la incitación al muñequicidio hasta el (comprensible) homicidio de rapsodas tronados- con la vecindad «freak». El resultado es un churretoso cuento con duendes que merodean, hacen trapacerías y, naturalmente, raptan bebés, aunque para Korine estos ases del vandalismo senil sean más bien unos «poetas o místicos de la devastación». De ahí que se cuestione si la sociedad biempensante, tan encorsetada ella, sentirá alguna «envidia» de la «libertad social» de la que goza el trío viejuno. Que pregunte, a ver.
En resumen: un cuento infantil, en todas las acepciones posibles de esta expresión, cuya antimoraleja pudo quedarse semienterrada -Korine llegó a considerar esa idea- en algún basurero a la espera de ser hallada. No hubiera pasado gran cosa si se hubiera decidido a hacerlo.