J. C. GEA
Tras el paréntesis lerdo de «Trash humpers», el Festival recuperó ayer el tono emocional, que está impregnando la competición de este año con dos películas que comparten su interés en el asunto familiar y en la narración natural y directa, en las fronteras del estilo (que no del concepto) documental.
«Go get some rosemary» es un exorcismo de infancia en el que los hermanos Safdie, expulsan de la memoria la relación con su padre, un sansirolé por momentos entrañable y por momentos denunciable a Servicios Sociales que es más infantil que sus propios hijos. El hilo con el que el espectador se ata a los personajes viene de esa ambivalencia emocional: compartir el gozo de dos críos que exonerados durante 15 días al año de las reglas del juego, pero no del juego; y de la expectativa aterrada ante la exposición de las criaturas a situaciones delirantes. Con todo, cierto deslavazamiento narrativo y las servidumbres de una cámara que paga la naturalidad a precio de epilepsia consiguen, a ratos, sacarnos de la infancia de los Safdie.
Todo lo contrario sucede con «La pivellina»: uno se pega a la buena mujer que desencadena la historia en el primer fotograma y sigue junto a ella en el último, transformada en «madonna» que no se sabe si será también finalmente «pietá». Covi y Frimmel han encontrado los intérpretes perfectos -incluida la «pivellina» Asia Crippa, y el adolescente Tairo Caroli-, el ritmo perfecto y la simbiosis perfecta entre un entorno desolado y unos personajes que, en lugar de dejarse contaminar por él, hacen piña derrochando bondad, como una sagrada familia circense con niña abandonada en el centro.