J. C. GEA
Cuando uno ve las primeras imágenes de «Wakaranai», quizá porque el estereotipo sobre el Japón del momento está en estándares como los de Murakami, no sabe si está contemplando a uno de sus adolescentes alucinados, enajenados y vagabundos entre varios planos de la realidad y la irrealidad. Por desgracia, lo que le sucede a lo largo de los 104 minutos siguientes al joven Ryo demuestra que su silencio, sus movimientos desfibrados y algo erráticos, su profundísima soledad no son ninguna metáfora ni el resultado de ninguna abducción paranormal, son los efectos devastadores de una realidad tangible: la absoluta desprotección de quienes viven desahuciados en su pobreza. En especial, los menores.
El acierto de Masahiro Kobayashi es que elude todo énfasis para mostrarlo: pega la cámara a su protagonista, Yuto Kobayashi, y le sigue en su incierto camino hacia un final tan abierto como la vida, incertidumbre que muestra en la última secuencia, la única abiertamente metafórica de toda la película. Al joven actor le basta dejar caer los brazos, ladear un poco la cabeza o engullir con avidez animal un cuenco de fideos precocinados para mostrar con brutal nitidez esa realidad tan alejada de nuestra percepción habitual de un país rico. Aunque el gran valor de «Wakaranai» es que consigue trascender esa particularidad para convertirse en un retrato universal del desamparo, que por momentos bordea el simbolismo, como en las bellísimas imágenes del niño guarecido en una barca que es también útero y sepulcro.
Mucho más ambiguo es el equilibrio entre la realidad y la fantasía en «Morrer como un homem», irregular pero técnicamente brillante película en la que João Pedro Rodrigues relata los últimos días de una «drag queen» en decadencia mezclando homenajes, tópicos y hallazgos.