Villanueva de Oscos,
Tania CASCUDO
Ana María Martínez decidió hacerse cargo de la farmacia que se vendía en pleno centro de Villanueva de Oscos después de una larga experiencia en ese medio. Tras mucho tiempo en farmacias rurales, conocía bien ese trabajo, aunque reconoce que ninguno de los establecimientos en los que había estado empleada hasta entonces era tan pequeño como el de Villanueva.
El día a día de una farmacia rural no es ni mejor ni peor que el de una ciudad, sostiene; simplemente, es diferente: «Es otro ritmo, hay días que se hacen muy largos y otros en los que agradeces la tranquilidad». Hay jornadas laborales, cuenta, en las que ni un solo vecino cruza el umbral de su farmacia y eso, cuando menos, es «un poco aburrido». Los días de más actividad son los martes y los jueves, porque es cuando el médico pasa consulta en Villanueva; en cambio, los miércoles el pueblo se apaga y ni siquiera el banco abre sus puertas.
Pero, a pesar de todo, la imagen que esta ovetense transmite de las farmacias rurales es positiva, porque, destaca, están mucho más cerca de los usuarios. «Son ya como de tu familia, les coges cariño y cuando alguno fallece te llega a afectar mucho», asegura.
En Villanueva de Oscos, el 80 por ciento de la clientela de Ana María Martínez es gente mayor, a la que el farmacéutico tiene que ayudar para reforzar las indicaciones que les ha dado el médico. «A veces salen de la consulta con el mensaje claro y luego les surgen las dudas», apunta. Pero lo bueno es que la farmacéutica está en contacto directo con los facultativos y, ante cualquier duda, se acerca al centro de salud o llama por teléfono y así queda resuelta cualquier incertidumbre.
En el capítulo de anécdotas, Ana María Martínez refiere la de las personas mayores que, de camino a la farmacia, se olvidan del nombre del fármaco que el médico les ha prescrito e intentan solventarlo dando explicaciones. «Son unas pastillas blancas y alargadas. Si veo la caja me acuerdo, seguro», piden. Entonces, «les dejo entrar a la rebotica y, por supuesto, entre tanto lío de cajas no se aclaran».
Otra diferencia con las ciudades se refiere a la frecuente tendencia a automedicarse. «Aquí eso no pasa, es una población bastante responsable. En las ciudades la gente tiene prisa y por falta de tiempo recurre a la farmacia; pero aquí es diferente», comenta la farmacéutica de Villanueva.
La relación de productos de una botica rural es más reducida que la de un establecimiento urbano. «Pides lo que suele recetar el médico». El problema llega cuando cambia: «Eso sí que es un jaleo porque empieza a recetar fármacos que no tienes», bromea Martínez, quien aún no ha visto pasar por su farmacia ningún caso de gripe A. Son las ventajas de la vida rural.