Oviedo, Elena FERNÁNDEZ-PELLO
Mucho han cambiado las cosas desde que Soledad García Muñiz abrió en Las Regueras la primera farmacia del concejo. Lo hizo en Santullano, en un local alquilado que antes había servido de cuadra o de gallinero -eso le contaron los vecinos- y que a pesar de las obras de acondicionamiento nunca dejó de ser frío e incómodo. La nueva boticaria, que había nacido en Avilés, había estudiado Farmacia en Santiago de Compostela y desempeñó sus primeros empleos en Oviedo y Avilés, llegó a un pueblo en el que no había cafeterías ni tiendas donde distraerse. En verano, el suministro de agua corriente quedaba restringido a dos horas al día, la corriente eléctrica iba y venía según lloviera o hiciera viento y los pedidos de medicamentos se hacían desde el teléfono de un vecino porque la farmacia tardó mucho en disponer de línea propia. De todo eso no hace mucho tiempo, fue en 1980 y apenas a 15 kilómetros de Oviedo.
A pesar de todos esos inconvenientes, que lo eran más para una joven independiente y acostumbrada a viajar, casi treinta años después Soledad García sigue en Santullano y eso que, hace unos años, tuvo la oportunidad de hacerse con una farmacia en Gijón. Lo pensó detenidamente y lo sometió a votación familiar. La propuesta fue rechazada por unanimidad, así que la farmacéutica de Santullano sigue siendo la misma. En estos años se ha ganado el respeto de sus vecinos. «Al principio, cuando llegué, me cabreaba muchísimo que me llamaran niñina. Yo daba consejos y no me hacían caso, escuchaban a cualquier otro cliente antes que a mí», cuenta.
Eso también ha cambiado y ahora las charlas divulgativas que la boticaria da regularmente en el colegio o en la Biblioteca de Santullano tienen un gran éxito entre el vecindario. En ellas les explica el uso correcto de los antibióticos, les da consejos de nutrición o les recomienda aplicarse cremas de protección solar. «El contacto con la gente y la confianza que depositan en ti es lo más gratificante», manifiesta.
La boticaria de Santullano soñaba con dedicarse a la investigación y ver mundo, y acabó levantando su casa en el pueblo y criando en él a sus dos hijos. «No me arrepiento en absoluto; estoy muy contenta», asegura.