Carreña, Rebeca AJA
Isabel Palacios Asumendi regenta en Carreña de Cabrales, desde hace cuatro años, la única farmacia del concejo, un establecimiento casi centenario que abrió sus puertas en 1913. En un municipio formado por 18 núcleos de población diseminados por una escabrosa orografía que dificulta los desplazamientos, el objetivo del titular de la farmacia está bien claro: «Dar a los vecinos de estas zonas rurales el mismo servicio y acceso a los medicamentos del que disfrutan los usuarios de una ciudad», explica Isabel Palacios. Se trata, según Palacios, de que los vecinos de un territorio montañoso como es Cabrales «estén tan atendidos aquí como lo podrían estar en Oviedo».
Es precisamente en este propósito en el que radica una de las singularidades de la farmacia rural: la disponibilidad permanente. «Aquí se está de guardia los 365 días del año», asegura Palacios, de sobra familiarizada con las peculiaridades de este servicio. Natural de Cangas de Onís, su primer destino, una vez terminados los estudios, fue en los Pirineos.
Desde la rebotica de la casi centenaria farmacia cabraliega, su titular habla de la coordinación que mantiene con el centro de salud del concejo para suplir la falta de algún medicamento sustituyéndolo por otro similar. Así que, comenta, «el médico y el farmacéutico trabajamos mano a mano para dar el mejor servicio a la población». Palacios se detiene a elogiar la labor que desempeñan los auxiliares sanitarios.
El reparto de medicinas se produce dos veces al día, uno antes de las 10 de la mañana y otro antes de las 7 de la tarde; de ese modo se garantiza la disponibilidad de los medicamentos. «Si no lo hay por la mañana, se intenta tenerlo por la tarde», señala.
Desde la perspectiva del cliente, la farmacia rural también funciona con costumbres propias de cada zona. En un municipio con la población dispersa y además envejecida como Carreña de Cabrales «la gente aprovecha la visita al médico para recoger las recetas de todo el mes». También hay «mucho más trato y mayor cercanía», dice. Hace años, en las farmacias de pueblo se vendían muchos productos veterinarios, «pero ahora eso cada vez va a menos». Lo que cada vez va a más es el trabajo durante las guardias de noche cuando llega la temporada alta del turismo. «Es solo un mes, pero se nota. Hay muchas más llamadas», observa Palacios.