J. C. GEA
«La pivellina», una historia profundamente humana narrada sin artificios e interpretada por no profesionales, ha coronado el palmarés de un año en el que la competición en Gijón no ha alcanzado la altura de la edición de 2008, pero que ha servido cine más que aceptable. No hay reparos que poner a la decisión. Si el jurado hubiese preferido un cine más elaborado, más distanciado y con un mensaje menos, mucho menos reconfortante, podría haber ganado «Wakaranai», con su cristalina disección del desamparo. Pero el hecho es que ha ganado una película que desliza la cámara en el centro de unas vidas para mostrar cómo a veces ni el desamparo propio es excusa para dar amparo.
No hay injusticia en ello. Covi y Frimmel lo cuentan con una extraordinaria honradez y Patrizia Gerardi -artista de circo, no actriz- le da carne en un inolvidable «duetto» con Asia Crippa, bebé que, más que merecer un premio, es un premio para quien la contempla. Con todo, y sin restarles mérito, hay que dejar claro que no tenían rivales en un festival que ha sido casi un seminario sobre relaciones entre varones: amigos, amantes, padres, hijos, hermanos o socios, en relaciones de mutua dependencia.
Por eso resulta más discutible la decisión de conceder, «ex aequo», el mejor actor a los protagonistas de «Humpday», película rodada precisamente «ad maiorem gloriam» de Mark Duplass. Claro que, si había que premiar a Duplass, había que premiar a Joshua Leonard. Brian Cox, Vincent Lindon y el estupendo Gary Piquer de «Mal día para pescar» tampoco hubieran desentonado con esta corona.
Precisamente por el modo en el que «Humpday» descansa sobre Duplass y Leonard, resulta más incomprensible que se haya premiado a su directora, que incluso dejó en sus manos la resolución argumental de la película. Su mérito reside en haber sido exquisitamente respetuosa en el rodaje de los actores, mientras que el trabajo de otros realizadores -Kobayashi o incluso Covi y Frimmel- ha sido más creativo o igualmente «seguro, fresco y personal».
Mención aparte merece la decisión de la crítica profesional, que, como casi siempre, desconcierta. Aunque se pueda conjeturar que su reconocimiento a «Francesca» es más bien un apoyo en conciencia de Fipresci a una película políticamente perseguida.