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Viajes e historias Perder amigos

Rectifico - Mundos de ficción - Un día de gloria - Paseo - Cielo de papel

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JOSÉ LUIS GARCÍA MARTÍN Sábado, 21 de noviembre

«Un vínculo tan frágil como el amor: la amistad». Leo el último libro de José Emilio Pacheco, poeta ingeniosamente prosaico que un tiempo me interesó más que ahora. Sí, la amistad es tan frágil y tan misteriosa como el amor, pero está más hecha de costumbre, cansa menos, quizá por eso casi todo el mundo la prefiere. Yo tengo mis dudas: la amistad será más descansada, pero entretiene menos.

¿Qué es un buen amigo? Pues alguien que se porta con nosotros como nosotros no nos portamos con él, que nos perdona cosas que nosotros jamás le perdonaríamos.

Es necesario aprender a perder amigos, ser conscientes de que la amistad es tan frágil como el amor: puede resistir tempestades y apagarse al soplo de un malentendido.

Hay un tipo de amistad, la complicidad literaria, que yo no he practicado nunca. Nada me fastidia más que, en un premio literario de cuyo jurado formo parte, gane un amigo. Yo no soy un Benjamín Prado, yo soy de los que creen que los verdaderos amigos, por delicadeza, en cuanto son conscientes de tal situación deberían retirarse. Me alegra especialmente, en cambio, que gane un excelente libro de alguien a quien no conozco o, mejor aún, por quien no tengo excesivas simpatías.

Sé distinguir perfectamente entre un buen escritor y un buen amigo. Otros no, pero se engañan diciendo que ellos solo se hacen amigos de los buenos escritores (quieren decir de los que les pueden ser útiles). Qué suerte. Yo no tengo esa capacidad de engañarme cuando me conviene.

Las complicidades, los intereses creados, son imprescindibles si se quiere ser alguien, tener algún poder, lo mismo en política que en literatura. En los talleres literarios debería enseñarse el arte de adular, sin el cual no se llega a ninguna parte. A nadie admiro más que a los que dominan ese arte, porque a mí me gustaría tener algún poder, bastante poder; cuanto más, mejor. Por eso la adulación la he intentado más de una vez, pero no me sale. Mis falsos elogios, por mucho que me esfuerce, tienen siempre un tonillo que los hace parecer irónicos. Yo no adulo a nadie porque los adulados lo toman como una burla y es peor el remedio que la enfermedad. Tengo que resignarme a esa incapacidad mía.

Domingo, 22 de noviembre

Unas declaraciones de Muñoz Molina a propósito de su última novela: «Yo quería trabajar con los testimonios de las personas que vivieron esa época utilizando sobre todo las cartas y los diarios, porque tienen la ventaja de la inmediatez; en las memorias hay un proceso de elaboración a posteriori. Yo quería llegar a saber qué se siente de verdad en los momentos en que suceden las cosas. Esto es lo contrario de la elaboración histórica, que tiene la trampa de hacer que las cosas parezcan inevitables. Por eso es tan ilustrativo leer el día a día en los periódicos y en los diarios personales".

Había dejado de lado el mamotreto de «La noche de los tiempos», que me pareció tediosamente magistral, pero he comenzado a hojearlo y está lleno de precisos y minuciosos deslumbramientos. El protagonista viaja en tren por la orilla del Hudson: «Con renombrado asombro juvenil reconoce el puente George Washington, más admirable en la realidad que en las fotografías y en los planos, con el resplandor que debió tener una catedral gótica recién terminada, blanca todavía; pero más bello que cualquier catedral, delicado en su escala formidable, en la limpieza de su forma, tan pura como un axioma matemático. El arco invertido de los cables atraviesa de una orilla a otra con la exacta delicadeza de una curva de compás trazada en tinta azul sobre la cartulina blanca. La luz traspasa las torres como las filigranas geométricas de una celosía. Las torres desnudas, puros prismas de acero, su verticalidad tan firme como la horizontal ligeramente combada que se extiende sin más soporte que ellas entre las dos orillas, los cables como arcos y como dobles cuerdas de arpa, vibrando con el viento».

Basta acompasar el paso a la morosidad de «La noche de los tiempos» para que desaparezca el tedio. La peripecia novelesca me interesa poco; ver lo que hace el autor con los materiales de la época me apasiona. Apenas hay párrafo sin una de esas «maravillas concretas» de las que hablaba Jorge Guillén.

Lunes, 23 de noviembre

Lunes, 23 de noviembre

Qué sorpresa encontrarse de pronto, en un estudio académico de Miguel Melendi, la justificación conceptual de las propias intuiciones. Se titula «La narración artística como documento». Pero más sugestivo resulta el subtítulo: «Atribución de confianza a mundos de ficción». Cita a Pío Baroja: «El escritor necesita siempre el trampolín de la realidad para dar saltos maravillosos en el aire. Sin ese trampolín, aun teniendo imaginación, son imposibles los saltos mortales». En una obra de ficción no todo es ficción, aunque finja serlo. Y a veces interesa más el trampolín que los saltos mortales.

Martes, 24 de noviembre

«La vida es un arma. ¿Dónde herir, sobre qué obstáculo crispar nuestros músculos, de qué cumbre colgar nuestros deseos? ¿Será mejor gastarnos de un golpe y morir la muerte ardiente de la bala aplastada contra el muro o envejecer en el camino sin término y sobrevivir a la esperanza? Para el que tiene los ojos abiertos y el oído en guardia, para el que se ha incorporado una vez sobre la carne, la realidad es angustia. Gemimos de agonía y clamores de triunfo nos llaman en la noche. Nuestras pasiones, como una jauría impaciente, olfatean el peligro y la gloria. Nos adivinamos dueños de lo imposible, y nuestro espíritu ávido se desgarra».

Qué raros caminos llevan de unos libros a otros. Se presenta mañana en Madrid «Por partida doble», la antología de poesía asturiana que preparé hace unos meses, y yo releo «Moralidades actuales», de Rafael Barrett, que encontré causalmente la tarde en que la presentamos en Berna.

El único día de gloria que tuvo Barrett fue aquel en que tuvo en sus manos este su primer y último libro. Enfermo de tuberculosis viajaba desde Paraguay hasta Francia. El barco se detuvo en Montevideo y allí, a la vez que el editor, subieron a bordo periodistas y admiradores: «Mi cuarto era una romería. Mi libro ha tenido un éxito loco», escribe a su mujer. Murió pocas semanas después.

Qué vida la de Rafael Barrett. Había nacido en Torrelavega, era de la edad de Baroja o Azorín, conoció la bohemia y las inquietudes del fin de siglo, parecía destinado a brillar como nadie en medio de aquella generación gloriosa. Pero su vida cambió de rumbo por una «cuestión de honor». Se sintió ofendido por no sé quién y lo retó a duelo, según costumbre de la época. Pero su rival no quiso batirse y disfrazó su cobardía dando pábulo a un rumor: «Barrett no era un caballero; tenía costumbres wildeanas». Un tribunal de honor le dio la razón, y Barrett, indignado, agrede al presidente de ese tribunal, el duque de Arón, durante una función de gala del Circo de París. El duque, a pesar de la ofensa pública, también se niega a batirse: «Barrett no es un caballero», insiste. Recurre entonces a médicos «de reconocido prestigio» para que certifiquen que carece de hábitos nefandos. Lo certifican, algunos periódicos publican el hecho y ello no solo no devuelve su honor al joven dandy, sino que lo convierten en el hazmerreír de Madrid. Tras aquella ejecución moral, huye a América. Allí Barrett -agresivo, brillante, cada vez más próximo a las teorías anarquistas- se convierte en un incansable defensor de causas perdidas, en el primer periodista de su tiempo, en uno de los grandes de todos los tiempos.

Miércoles, 25 de noviembre

Un lento paseo, al anochecer, por calles poco frecuentadas y a la vez muy familiares. ¿Cuánto tiempo he estado caminando, primero solo, luego con Martín López-Vega como guía? ¿Dos, tres horas? Siempre he vivido en lugares donde, a los pocos minutos de marcha, ya se encuentra uno en pleno campo. Hay a quien le gusta eso. A mí la Naturaleza siempre me da la sensación de intemperie. Solo me gustan las ciudades que no se acaban nunca, que nunca te dejan solo, que en cada esquina te cuentan una historia, te traen a la memoria una página de la historia de la literatura, que es la historia de mi vida.

Velázquez, Goya, Cibeles, el paseo del Prado, el Botánico, la cuesta de Moyano, la calle Huertas, las casas de Lope, Quevedo y Góngora, sus versos escritos en el suelo? Madrid me arropa y no me cansa nunca, quizá porque nunca he vivido en Madrid, porque nunca lo han emborronado los inconvenientes de la cotidianidad.

Me gusta no vivir en las ciudades en las que más me gusta vivir. Llegar al atardecer, acariciar unos pocos árboles, unas cuantas calles, entrar en algunas librerías, charlar con dos o tres amigos, y luego marcharse al día siguiente.

Me gusta desear lo que tengo al alcance de la mano y alargar la mano y acercar los labios y nunca devorar la manzana.

Jueves, 26 de noviembre

En la monotonía del viaje de regreso, un nombre que es una tentación: Villalar de los Comuneros. Me fascinan los escenarios de la historia tanto como los de la literatura. Nos desviamos de la autopista y por una solitaria carretera llegamos al pueblo. Una bandada de vencejos, sobrevolando la torre de una iglesia, llena de borrones el folio gris del cielo. Luego, calles vacías y una abierta plaza sin nadie. El día, neblinoso, muy poco castellano. Aclara algo, pero la luz sigue siendo triste y todo tiene un aire de grabado antiguo. El Ayuntamiento a un lado, con sus banderas y soportales; la iglesia de San Juan, al fondo, y los campos de labor tras ella; al otro lado, la sucursal de un banco, en la que se entrevén algunas móviles sombras, y en medio el monolito que conmemora el lugar donde fueron ejecutados Padilla, Bravo y Maldonado. Hay también una rara torre del reloj con caperuza de cuento de hadas. Qué extraño sitio, qué lugar fuera del mundo. Sobre la sucursal bancaria, un centro social. Subimos a tomar un café. Tres o cuatro lugareños nos miran sin demasiada simpatía. Hemos venido a perturbar su paz. Hoy no hay función. No es día de visita. Yo me llevo de Villalar el recuerdo de una plaza y un cielo de papel reciclado donde todo el dolor y el horror de una antigua historia ya ha desaparecido. Como ocurrirá con cualquier historia.

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