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La humillante factura sanitaria

n Se castiga a los ciudadanos por ponerse enfermos mientras los altos cargos abusan del coche oficial y del avión

 
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La humillante factura sanitaria
La humillante factura sanitaria  

MATÍAS VALLÉS El Consejo Interterritorial del Sistema Nacional de Salud no decidió el pasado jueves que, cada vez que la ministra de Sanidad y presidenta del citado ente se desplacen en su coche oficial, el chófer la despida entregándole una factura simbólica en la que conste el precio del trayecto si Trinidad Jiménez tuviera que abonarlo, como le ocurre a la mayoría de contribuyentes. Sin embargo, el susodicho Consejo sí decidió castigar a los ciudadanos que visiten las urgencias hospitalarias. Se les sonrojará adjuntándoles un documento en el que figure el coste de la atención que han recibido, la cual sale de su bolsillo mediante los métodos de exacción habituales y recién perfeccionados por el Gobierno.

El coche oficial de los altos cargos -por no hablar del uso y abuso de aviones- sale más caro que un jubilado a lo largo de su existencia. Sin embargo, el tantas veces citado Consejo se ensaña con los ciudadanos literalmente de a pie, a quienes se penará a partir de ahora con una «información al usuario del coste de los servicios sanitarios consumidos, mediante facturas sombra». El Gobierno se ha tomado la crisis como la oportunidad de ejecutar su venganza contra los ciudadanos, porque se mantiene virginal en medidas hacia los causantes de la depresión económica, que tienen nombre, apellidos, siglas y jubilaciones multimillonarias.

El mismo día en que se acusaba a los ciudadanos de recurrir a la sanidad cuando sangran «saldrán con una venda y una factura infamante», otro titular informaba de que «La Reina anula un viaje en helicóptero de Madrid a Toledo». Los dispendios sombra de este tipo de desplazamientos tampoco serán suministrados a sus beneficiarios ni, más importante, a quienes los sufragan con sus impuestos. La reunión del Consejo ubicuo en este artículo se congratula del pacto interregional a la hora de azotar a los presuntos enfermos. Las comunidades autónomas han hallado por fin el consenso, aunque sea en contra de los ciudadanos.

Sanidad no da abasto. En el escalafón de quienes han de esforzarse para equilibrar sus cuentas, se ha colocado en cabeza a «los usuarios», culpables de enfermar con demasiada avidez. La última posición -que conlleva, por tanto, un esfuerzo somero- corresponde a las autoridades sanitarias, fáciles de identificar porque disponen de coche oficial y demás prebendas. De hecho, hay más candidatos a gestores que a pacientes. Por lo visto, España cuenta con los peores enfermos y con los mejores gobernantes del planeta. La precariedad sanitaria no ha aliviado los delirios cubanos del Consejo, cuando celebra al sistema vigente como «uno de los que tienen mejores resultados del mundo», seleccionando cuidadosamente los índices favorables.

En contra de lo que sostienen Zapatero y sus colegas occidentales, los malabarismos de los operadores «sin escrúpulos» -por ponerlo en palabras de Obama- del casino bursátil enfermarán al resto de la población. Conviene preocuparse, cuando el benemérito Consejo admite que «la actual crisis económica» conlleva «un descenso relevante de la recaudación fiscal», que se traduce en una «menor disponibilidad de recursos» y en una «difícil situación presupuestaria» que «podría poner en riesgo la calidad y equidad del sistema». El oscuro condicional debe leerse en presente de indicativo. Cuando menos, los infalibles señores del ladrillo han condenado a la enfermedad a miles de ciudadanos.

Tal vez la pesadilla apocalíptica descrita por el Consejo sea prematura, porque en el documento que utiliza para agraviar a los ciudadanos y para redactar un panegírico sobre las autoridades sanitarias, se incluye una humorada. Los gestores se felicitan por «la calidad y la cohesión» en «la gestión de la alerta pandémica por la gripe A», traducida en el desperdicio de millones de costosísimas vacunas. Con el apoyo entusiasta de las comunidades del PP y del PSOE, el Gobierno se dispone a rebajar la asistencia sanitaria mientras sigue invocando al dios de hormigón. Además de no comprar pisos a precios extravagantes, los españoles insisten en ponerse enfermos. Alguien tiene que enseñarles que la sanidad no sale gratis, a diferencia del poder.

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