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EN POLVO, EN SOMBRA, EN NADA - UN BUEN DÍA - EL PAÍS DE LAS MARAVILLAS - LOS TRES SASTRES - UN PUÑADO DE CENIZ - ALICE Y DORIS - UN MAL DÍA

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JOSÉ LUIS GARCÍA MARTÍN Viernes, 23 de abril
EN POLVO, EN SOMBRA, EN NADA

Había estado leyendo una antigua entrevista del año ochenta y tres, publicada ahora en la revista «República de las Letras», y soñé que iba a buscarlo al Reconquista porque tenía una lectura de sus poemas en el instituto Doctor Fleming. Eran las once y media de la mañana cuando yo le esperaba en el patio del hotel, pero se quejó de tener que madrugar. «Ya ni me acordaba de que tenía que ir a hablar a los alumnos, pero me lo recordó Josefina. No es que me moleste, al contrario, los niños y los adolescentes son el mejor público; nunca te escuchan por cortesía; en cuanto comienzas a aburrirles se desentienden de ti».

Estaba mucho mejor que la última vez que nos vimos, incluso había engordado algo, ya no era aquel desvalido esqueleto de cuando vino a recibir el doctorado. «¿Qué ha sido de los aforismos inéditos que mencionas en la entrevista?», le pregunté. No los recordaba. Le repetí el que citaba: «Platón expulsa de la República a los poetas por mentirosos; la monarquía les premia por lo mismo». Sonrió un tanto avergonzado, enseñando sus dos dientes de conejo: «No imaginaba yo que muy pronto iba a ser uno de los poetas a los que la monarquía premia por no decir la verdad». Hablamos luego de su Fundación. «¡Vaya lío que han armado!», le dije. «No me imaginaba yo que se iban a tirar tan pronto los trastos a la cabeza. Habrá que hacer algo, no sé bien qué. Ya conoces aquello que cuenta Baroja en sus memorias. En París se encontró con un republicano exiliado, de la primera República, de la de 1873, que había escrito un manual sobre el arte de tocar las castañuelas. La primera frase decía algo así como que no es necesario tocar las castañuelas, pero que, si se tocan, hay que tocarlas bien. Voy a llamar a Luis para que lo arregle. Luis lo arregla todo».

En el sueño hablamos mucho, y cuando me desperté me entretuve en anotarlo antes de que se desvaneciera en la memoria. Recuerdo lo que me había sorprendido, leyendo la entrevista inédita, que en un pasaje dijera ser «lo suficientemente viejo como para haber visto cómo las cosas cambian, cómo se modifican y se convierten a veces en sus contrarios» y a continuación aludiera a sus 57 años. En ese momento era más joven que yo soy ahora y yo lo veía ya como un anciano venerable. O sea, que para ser lo que él era entonces ya solo me falta ser venerable.

Hablamos de muchas cosas en el sueño. Incluso me pasó un poema, mecanografiado, para que lo publicara en «Jugar con Fuego». «Hace tiempo que no se publica esa revista -le dije-, aparecerá en "Clarín"». «¿Te gusta? ¿No me estaré repitiendo? Temo haberme convertido en un viejo poeta incontinente». Estábamos sentados en Los Porches, tomando el primer café y el primer whisky del día, y a mí aquellos versos inéditos me recordaron los apuntes paisajísticos de «Prosemas o menos» en los que se escucha un eco del Juan Ramón impresionista: «Cuelga la noche su sombrío volumen / en las jarcias del miedo / y avanza con su negra arboladura / de lejos impulsada por la aurora».

Cuando me desperté, busqué el folio mecanografiado, pero al contrario que la rosa que Coleridge cortó en el jardín del sueño, no lo tenía en la mano, se había desvanecido. Jirones del poema seguían sin embargo en mi memoria, y me esforcé en anotarlos lo más fielmente posible: «Las nubes puestas a secar al sol. / Los ciruelos condecorados por la primavera. / Abril, de manos húmedas, acaricia la frente de los arces. / La lengua púrpura del atardecer / lame la curva de las lomas de plomo / y las convierte en carne tibia. / Todo ha sido creado / para mayor gloria del viento del oeste / que despeina las aguas del lago. / Más allá, la ciudad, desplegadas las velas de cemento, / en humo se deshace, en polvo, en sombra, en nada». Otro crepúsculo para añadir a los «American Landscapes» de los «Prosemas o menos», pensé yo. Y antes de despertarme, mientras el poeta me consultaba una duda sobre no sé qué verso, pensé absurdamente que era una suerte que los problemas de la Fundación Ángel González hubieran ocurrido cuando él vivía porque después ya no tendrían remedio.

Sábado, 24 de abril
UN BUEN DÍA

«Amor que no devasta no es amor», escribió no sé quién, quizá yo mismo. He hecho todo lo posible para protegerme de esa devastación. Pero he tenido la inmensa suerte de no conseguirlo.

Domingo, 25 de abril
EL PAÍS DE LAS MARAVILLAS

Soy un hombre tan rutinario que sigo celebrando este día de abril, el día de la revolución de los claveles, como uno de los días más hermosos del año. Desde aquella remota mañana de primavera -recuerdo bien cuando me llegaron las primeras confusas noticias- hay dos palabras que siempre asocio: Libertad y Portugal. Quizá por eso me encuentre siempre a gusto en Portugal. «Bah», me dice un amigo que no comparte mi entusiasmo. «Mira de qué les ha servido a los portugueses la libertad; están al borde de la bancarrota». Y yo recuerdo las palabras de Azaña: «La libertad no hace a los hombres felices; los hace, simplemente, hombres».

Luego, en el cine, me pongo las gafas mágicas y acompaño a Alicia al mundo subterráneo. No creo que haya un niño en la sala que disfrute tanto como yo. Cómo recuerdo el asombro y el miedo con que caí rodando por primera vez por aquella madriguera de conejo que me llevaba al País de las Maravillas. Todavía no sabía leer y escuchaba la lectura de aquel libro prodigioso una lluviosa noche de invierno, junto al fuego. Sonaron unos golpes en la puerta. «Es el lobo -dijo mi abuelo-, que se muere de frío en el monte y quiere que le hagamos un sitio cerca de la lumbre». Yo era un niño, pero ya sabía que se trataba de una broma: «¡Que le corten la cabeza!», grité.

De la mano de Tim Burton vuelvo al único País de las Maravillas que me ha sido dado conocer, al país de mi infancia, del que solo me expulsarán cuando me expulsen de la vida. Y aun de eso tengo mis dudas.

Lunes, 26 de abril
LOS TRES SASTRES

«¿Conoces la historia de los tres sastres?», me pregunta. Comienza a contarla antes de que diga nada. «En una de las principales calles de la ciudad se instaló un sastre, que se anunciaba como el mejor del país. Tuvo bastante éxito. A poco llegó otro a hacerle competencia y en letras muy grandes, en la fachada del establecimiento, se declaró el mejor del mundo. También tuvo éxito. Aquella calle se puso de moda. Un tercer sastre comenzó a instalarse allí. ¿Y usted cómo se va a anunciar? ¿Cómo el mejor sastre del universo?, quisieron saber, curiosos, los periodistas. Ah, no, de ninguna manera -les respondió-, yo soy un hombre muy modesto; me limitaré a anunciarme como el mejor sastre de esta calle».

Martes, 27 de abril
UN PUÑADO DE CENIZ

Con algo de retraso se celebra el Día del Libro en la Facultad. Me alegra escuchar la gracia disparatada de Ana Rosetti, que me devuelve a los años ochenta. El contrapunto de seriedad lo ponen lo jóvenes poetas que leen después. Rodrigo Olay -20 años- tiene ya empaque catedrático. «La primera obligación del poeta -afirma- es conocer su oficio». Y la segunda -pienso yo-, olvidarlo. Lee a continuación dos sonetos, uno de Luis Antonio de Villena, y otro suyo, y no hay duda sobre quién conoce mejor su oficio. Pero a mí me conmueve especialmente la intervención de Carlos Iglesias. Lee primero un poema de Joan Margarit y luego, muy despacio, haciendo pausa tras cada palabra, otro suyo, una escueta despedida filial: «Retuve / tus cenizas / en un puño / como un niño / que quisiera / una vez más / aferrar / la mano / de su padre».

En el silencio que siguió me vinieron a la cabeza los versos de José Hierro: «No he dicho a nadie / que estuve a punto de llorar».

Miércoles, 28 de abril
ALICE Y DORIS

Hojeando «Alicia en Suderland», la novela gráfica de Bryan Talbot, me entero de que Alice Liddell, la verdadera Alicia, la niña a la que una mágica tarde del verano de 1862, mientras paseaban en barca, le contó Lewis Carroll las aventuras en el reino subterráneo, estuvo en Nueva York, el año 1932. Era el último regalo que aquel extraño clérigo tartamudo le hacía. Habían sido amigos en otro mundo, ella le había abandonado, se había casado, había tenido hijos, había perdido a dos de ellos en la Gran Guerra, había conocido a príncipes y reyes, había llevado una vida fastuosa en una gran mansión, se había arruinado, se había salvado de la ruina gracias al primer manuscrito de las aventuras de Alicia, y había seguido viviendo, como si fuera eterna? En 1932 tenía ochenta años y la vida era para ella, desde hacía tiempo, un negro desmoronarse sin aliciente alguno. Y entonces aquel viejo amigo, muerto desde hacía muchos años, pero que no había olvidado su sonrisa, la tomó de la mano y la llevó a un nuevo País de las Maravillas. Se celebraba el centenario del escritor y la universidad de Columbia quiso celebrarlo por todo lo alto. A Alice Liddell la recibieron en Nueva York como a una gran estrella, como a un ser fabuloso. En el Waldorf Astoria, un hotel que es también museo y laberinto, exponen el menú y la vajilla del banquete en su honor.

Doris Dana, una caprichosa criatura neoyorquina, tenía entonces 12 años y se escapó de casa para ver a aquella anciana que había sido Alicia. «La encontré sola, cansada, sentada en una silla, y le pedí que me dejara ir al mundo subterráneo, con la Reina Roja y la Reina Blanca, le confesé que odiaba a mi familia, a mis profesores, todo lo que me rodeaba», contó, algún tiempo después, a Gabriela Mistral, a quien conoció también en Columbia y fue su gran amor. «Yo soy una impostora», le confesó Alice Lindell, «la Alicia que él amaba, la que hizo inmortal, no ha existido nunca, pero tú, querida niña, te pareces más que nadie a ella».

Jueves, 29 de abril
UN MAL DÍA

«Prefiero ser infeliz por haberte tenido y haberte perdido que no haberte conocido», susurra la canción que suena a lo lejos. Suena bien, pero yo no estoy tan seguro de que sea la mejor opción. Yo preferiría no haberte tenido, haberte perdido y no haberte conocido.

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