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Vida mía DICHOSO EL ÁRBOL ESTEBANILLO Y LOS JUDÍOS MEDIO EN BROMA EL DÍA DESPUÉS ENVIDIADO AMIGO LA VISITA UN ENCUENTRO EN BRUSELAS LA LLAVE PERDIDA

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Vida mía DICHOSO EL ÁRBOL  ESTEBANILLO   Y LOS JUDÍOS  MEDIO EN BROMA  EL DÍA DESPUÉS  ENVIDIADO AMIGO  LA VISITA  UN ENCUENTRO EN BRUSELAS  LA LLAVE PERDIDA
Vida mía DICHOSO EL ÁRBOL ESTEBANILLO Y LOS JUDÍOS MEDIO EN BROMA EL DÍA DESPUÉS ENVIDIADO AMIGO LA VISITA UN ENCUENTRO EN BRUSELAS LA LLAVE PERDIDA  
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JOSÉ LUIS GARCÍA MARTÍN Viernes, 30 de abril

«La vida nos hiere siempre que nos acercamos a ella. Las cosas duran demasiado o no duran lo suficiente». Leo La importancia de discutirlo todo, de Oscar Wilde, y entre las consideraciones sobre la crítica como forma suprema del arte, me sorprende una frase.

Sí, la vida nos hiere siempre que con amor nos acercamos a ella. Dichoso el árbol apenas sensitivo, y más la piedra dura porque esa ya no siente?

Contra esas heridas sólo hay un bálsamo eficaz: el olvido. Pero a mí la memoria me funciona cada vez peor: lo recuerdo todo.

Ya sé que es preferible que la vida nos hiera a que nos ignore, pero hay días en que nos gustaría que pasara de largo, sin siquiera mirarnos.

Sábado, 1 de mayo

Qué poca gracia hacen hoy la mayor parte de las gracias de que está llena la literatura española. Hojeo La vida y hechos de Estebanillo González, «hombre de buen humor», y le escuchó contar sus aventuras. La estratagema que se le ocurrió en Ruan, capital de Normandía, sin duda sería muy reída y aplaudida por los españoles de su tiempo.

Al salir de la posada para dirigirme a la Bolsa, cogí un poco de ceniza de la lumbre, lo envolví en papel y lo guardé debajo de la camisa. En la Bolsa me encontré con unos mercaderes portugueses. Me acerqué a ellos y les hablé con la cortesía y sumisión que suele tener el que ha menester de otro, y en su misma lengua, porque como mis padres se habían criado en la raya de Portugal la sabían muy bien. Les pedí ayuda para llegar hasta Viena, donde tenía algunos deudos, por venir pobre, huyendo de quienes por lo que ellos sabían habían quemado a mi padre, cuyas cenizas traía puestas sobre el alma y al lado del corazón. Con semblantes tristes, algunos con lágrimas en los ojos, me llevaron a la casa del que me pareció el más rico y respetado. Me pidieron la ceniza y fue cada uno besándola. Quisieron luego repartir entre ellos aquellas cenizas de mártir, y yo mostrando gran sentimiento les di una parte. Suspiraban todos por el trágico suceso y decían con tiernas lágrimas: «El Dios de Israel te dé infinita gloria, pues mereciste corona de mártir». Repartieron las cenizas y mostrándome amor y benevolencia me llevaron de nuevo a la Bolsa y allí, contando el caso a todos los de su nación, juntaron para mí veinticinco ducados. Me dieron también carta para un corresponsal suyo, mercadante en la corte de París, y después de haberme encargado que procediese como quien era y que jamás pusiese en olvido la muerte de mi padre y mi felicidad en haber merecido ser su hijo, me despedí de ellos, contento de haber sabido engañar a gente que siempre engaña y jamás se deja engañar.

Domingo, 2 de mayo

«Cuando escribes, sólo debe preocuparte una cosa: conseguir que el lector te siga leyendo», me dice con una sonrisa.

«A mí lo único que me preocupa es que tú sigas queriéndome», le respondo.

Lo digo medio en broma, como siempre que hablo muy en serio.

Lunes, 3 de mayo

Un quebradizo número del Heraldo de Madrid me permite practicar mi deporte favorito: viajar en el tiempo. El estreno teatral de ayer, 30 de enero de 1901, fue uno de los más resonantes que se recuerdan. Esta mañana visito al ilustre autor, «un hombre de muy buenas costumbres y amantísimo de su familia, que vive con dos hermanas suyas y un sobrino. Su domicilio es una casa pacífica del paseo de Areneros, situada al Mediodía para recibir directamente los rayos del sol, de que es tan amigo el gran maestro. Anoche, cuando con no menos contrariedad que agradecimiento vio el grupo numeroso de amigos y admiradores que se disponían a acompañarle, no quiso llevarlos a su apartado domicilio y buscó refugio en la casa que tiene alquilada para la administración de sus obras. Allí tomó chocolate, acompañándoles su sobrino don Hermenegildo, y emprendió después, solito, la caminata desde la calle Hortaleza hasta el paseo de Areneros. Eran las cuatro de la madrugada cuando se metía en el lecho, con los síntomas de la jaqueca que con tanta frecuencia le molesta. Así que no hemos podido menos de experimentar un gran remordimiento cuando esta mañana, apenas habían sonado las diez, nos han recibido en aquella casa. El insigne autor de Electra, el hombre cuyo nombre aparecía a aquella hora en las columnas de los periódicos de la mañana; el que era objeto de todas las conversaciones en oficinas, almacenes, fondas, en todos los sitios donde se reunían dos madrileños, ceñía su cabeza, no con los laureles del triunfo, sino con un pañuelo que se la apretaba; tenía los ojos hinchados y, como todos los que acostumbran acostarse temprano, no había conseguido descansar».

Martes, 4 de mayo

-Es curioso -le comento a Luis García Montero-, todo el mundo lamenta que se haya ido al garete la Fundación Ángel González, pero hay mucha gente, poetas y no poetas, que a la vez se alegran porque eso supone, según ellos, fastidiarte a ti y a tu banda de sabinas y visores. La verdad es que no sé cómo lo has conseguido pero yo creo que sólo hay un hombre más odiado que tú en España: Baltasar Garzón.

-Tampoco hay que exagerar?

-No, si no exagero? Y no sabes cómo te envidio por eso. Soy de los que creen que la importancia de una persona se mide por los odios que despierta.

-Pues a juzgar por lo que tú te empeñas en que todo el mundo te odie parece que quieres ser muy importante -se burla Aurora Luque.

-Quiero, pero no puedo. Yo piso todos los callos posibles a poetastros y figurones; García Montero, en cambio, reparte diplomáticas sonrisas, abrazos, buenas palabras, palmaditas en la espalda. Y sin embargo le detestan más que a mí. Qué injusticia. Claro que también reparte premios, cursos de verano, festivales varios; juega a la política y a todo lo que se tercie, siempre está en el escaparate. La verdad es que, bien mirado, lo tiene más fácil que yo para lograr que le odien.

-No me dirás que le envidias los ladridos de un Fortes?

-A tanto no llego. Pero qué deprimente chequear google y comprobar que a veces pasa incluso una semana entera sin que nadie se meta conmigo.

-Pues conmigo, salvo tú, nunca se ha metido nadie. O sea que debo ser un don nadie -ironiza Brines.

Miércoles, 5 de mayo

Desde hace años me levanto siempre a las ocho de la mañana, pero como ayer fue un día especialmente fatigoso (primero el homenaje a Miguel Hernández en el Milán, luego el fallo del premio «Emilio Alarcos», más tarde la lectura de poemas y la presentación del libro de Fernando Valverde, que ganó en la edición anterior), hoy cuando a las ocho y diez llamaron a la puerta todavía estaba en la cama. Volvieron a llamar con tanta insistencia que no tuve más remedio que decir «espere un momento» e ir a abrir.

Era Blas de Otero.

Qué maravillosa sorpresa. Llevaba más de treinta años esperando esa visita. Exactamente desde 1979, en que murió en Majadahonda. Y ahora un mensajero ponía en mis manos -recién nacido, casi cuatrocientas páginas, más de trescientos poemas- el diario poético de sus postreros años españoles.

Comienzo a leer de inmediato Hojas de Madrid con La galerna, deslumbrado, fascinado, olvidándome de la ducha y del desayuno. Esto no es un libro, como tituló uno de sus libros. Aquí está Blas de Otero, sentado frente a mí, con su humor y su amor, con sus desesperaciones y sus entusiasmos, con toda su milenaria sabiduría, a ratos gozosamente exhibida y a ratos sabiamente disimulada? Poesía como de andar por casa a veces, cierto, pero siempre que tu casa sea el mundo entero, el hombre y la mujer enteros.

Jueves, 6 de mayo

Es curioso pensar que Ángel Ganivet pudo cruzarse por las calles de Bruselas con un marino polaco, nacido en Ucrania, que quería participar en la gloriosa empresa civilizadora del Congo. Seguro que, si fue así, trataría de desengañarle. Como escribió en una carta de mayo de 1893 (una amiga gijonesa me regala la primera edición de su epistolario), él pensaba que «en el fondo no hay tal obra civilizadora, y sí solo una empresa comercial en grande, encubierta con rótulos filantrópicos, que incitan a los hombres de buena fe a coadyuvar a lo que, si viesen lo que hay en el fondo, no coadyuvarían». Y luego añadía: «Cualquiera que piense, no ya con la cabeza sino con los calzoncillos, comprende que no se trata de la felicidad de la raza negra, ni del progreso, ni de nada por el estilo; se trata de un negocio en gran escala, en el que el rey Leopoldo tiene metidos buenos millones, que dará excelentes resultados si, como es de esperar, no se acaba la raza de los héroes de relumbrón que buscan la muerte o el ascenso, y de los héroes oscuros, que buscan la muerte o un pedazo de pan».

Pero afortunadamente aquel joven polaco no le hizo caso y se embarcó para el Congo. Lo que allí vio ya lo había adivinado Ganivet, pero Josep Conrad supo contarlo como nadie en El corazón de las tinieblas.

Viernes, 7 de mayo

Habiendo yo perdido mi juventud como quien pierde llaves (Blas de Otero, madrugadora visita, sigue acompañándome), me queda la palabra para iluminar tu cuerpo desde las cejas hasta las rodillas. Tu cuerpo que anticipa la mañana, y aunque es de noche recoge la llave perdida en medio de la calle. Y vuelve a abrir los ojos y las manos y la puerta gastada de mi vida, vida mía.

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