23 de mayo de 2010
23.05.2010

Algunas cosas que nunca diría

23.05.2010 | 14:10

viernes, 14 de mayo
MIENTRAS ESPERO
«Los sauces de la puerta del Este / tienen hojas profundas de sombra». Hacía un rato que esos dos versos venían dándome vueltas en la cabeza y, para librarme de ellos, mientras espero que lleguen los contertulios, los he apuntado en el cuaderno. Es posible que sean el comienzo de un poema, pero no pienso continuarlo. Uno pasa por distintas etapas y en la mía de ahora hay cierto rechazo de la poesía, la repugnancia del que ha comido demasiada miel. Durante bastante tiempo, más de veinte años, quizá treinta, me he dedicado tercamente a la crítica poética y he leído demasiados libros de versos, ni siquiera malos (que suelen ser divertidos), sólo mediocres, prescindibles. Y me parece que yo mismo he contribuido algo a esa abundancia de versos que, si no son absolutamente necesarios, sobran.

Taché con fuerza los dos versos y pensé en el asombro con el que joven que fui ante aquel rechazo mío a seguir escribiendo.

Como he ido perdiendo el pelo, he ido perdiendo el entusiasmo poético. Pero no he perdido otros entusiasmos. Todavía me gusta arremeter contra éste y aquél y llamar al pan pan y al memo memo.

Antes era joven e insoportable; ahora ya no soy joven, pero sigo siendo insoportable. No todo está perdido.

Sí, no soy capaz de escribir un poema, pero me sigue gustando jugar a que lo escribo. Abro el cuaderno, achino los ojos, vuelvo a copiar las líneas tachadas («Los sauces de la puerta del Este / tienen hojas profundas de sombra») y continúo: «Ni puedo ir hacia ti / ni tú puedes llegar hasta mi lecho. / Cuando duerma soñaré contigo, / te tendré desnuda entre mis brazos, / mezclaré tu saliva con la mía / y el nuevo día nos mirará envidioso. / Pero no viene el sueño / que te trae consigo. / Por la ventana abierta / entra la noche entera / y agitan los sauces / en la puerta del Este / el cuchillo de sombra de sus hojas».

Ya no soy joven, ciertamente. He perdido el entusiasmo poético. Pero sigo siendo un niño capaz de entretenerse con cualquier cosa. No todo está perdido.

sábado, 15 de mayo
SINCERIDAD
«Un poco de sinceridad es peligroso y mucha sinceridad es decididamente desastroso». Como siempre, Oscar Wilde tenía razón y yo lo compruebo todos los días. La mayor parte de la gente que no me soporta, no me soporta precisamente por eso. A la única persona a la que no le digo siempre la verdad, a la que me gusta mentirle un poquito, es a mí mismo.

domingo, 16 de mayo
SIGO RIENDO
Entro a ver el Robin Hood de Ridley Scott sin demasiado entusiasmo: los críticos (salvo mi amigo José Havel) se han limitado a perdonarle la vida. Pero pronto encuentro en esta historia de reyes tarambanas, bravas damas, hombres bravucones y clérigos goliardos un fascinante aliento shakespeariano. Leonor de Aquitania abofetea públicamente a su hijo Juan sin Tierra y él, acariciando el rostro dolorido, les dice a los cortesanos: «Más desgarré yo su piel que ella la mía».

Tengo todas las edades que tuve. Sigo siendo el adolescente que, en la sala a oscuras, se olvida de la red de triviales miserias que conforman su vida, cualquier vida.

lunes, 17 de mayo
SIEMPRE
Oído en el autobús a una joven rubia, quizá no tan joven, que habla por el móvil: «Te querré siempre, ya lo sabes, pero no me pidas que te quiera todos los días».

martes, 18 de mayo
EN EL MUSEO
El Museo de Bellas Artes de Asturias cumple treinta años y los celebra con un recital poético. Me invitan a leer mis versos, pero nada me apetece menos, y prefiero jugar a maestro de ceremonias, ordenar a los poetas, ir dándoles la palabra, escuchar sus rotundas o neblinosas sinrazones. Compruebo, divertido, que los años van sacando a luz mi verdadera vocación. Nada de ser marino, ni jardinero, ni mucho menos socrático mentor. Nada de vida contemplativa en el silencio de una biblioteca. A mí lo que de verdad me gusta es mandar.

Como a Stendhal, nada me habría gustado más que ser mariscal de campo en el ejército de Napoleón. Y si me hubieran dado a escoger entre ser García Márquez o Fidel Castro, habría escogido sin duda (aunque nunca lo confesaré públicamente) ser Fidel Castro. Claro que, entre ser Neruda o Stalin, me habría resignado a ser Neruda.

Otra vocación frustrada mía ésta del mando, porque, salvo cuando juego a ello, como hoy en el Museo, la única persona sobre la que tengo o he tenido algún poder soy yo mismo. Y si me gusta más que mandar, nada me gusta menos que obedecer.

miércoles, 19 de mayo
MESA REDONDA
«En actos como éste deberían pagar al público, no a los participantes», me dice, a la salida, uno de los asistentes al coloquio sobre revistas literarias. Y tiene toda la razón. Yo buscaba desesperadamente algo que leer, pero había cometido la imprudencia de no llevar ningún libro y en la bolsa que nos regalaron sólo había unos escuálidos folletos turísticos sobre Gijón.

«Pero ¿tú lees en las conferencias?», se extraña una amiga. «Pues, claro. Y no sólo cuando estoy entre el público. También, a veces, cuando estoy en la mesa, aunque en ese caso prefiero sacar un cuaderno y fingir que tomo notas. ¡La de haikus que habré escrito después de presentar a alguien!». «¿Y qué te parecería si a ti te hicieran lo mismo?». «Pues pensaría que he fracasado en mi empeño por atraer la atención de los oyentes. Un mal conferenciante es como un mal amante: no piensa en el otro. El que habla debe mirar al público a los ojos y dejar de hablar cuando su atención desaparece. Un conferenciante debe practicar con público infantil, y cuanto más pequeños sean los niños, mejor, que los mayores ya están maleados por la escuela. Son los únicos que no te escuchan por obligación o cortesía».

Esta tediosa tarde gijonesa, agotados todos los folletos turísticos, me entretuve borroneando prescindibles haikus:

Junto a la lumbre / un niño llora a Héctor, / escucha a Homero.

Duermes conmigo / y mientras duermo / sueño contigo.

Ya no soporto / ningún espejo, / viejo Narciso.

En el desván / corren las ratas, / y en el poema.

El mar y el cielo / algo susurran / que yo no entiendo.

Cuánta impaciencia. / Tiempo, descansa un poco, / no des más vueltas.

Las velas blancas, / el cielo azul, / el viento y yo.

Ya no te quiero, / pero la herida / sigue sangrando.

Tras la ventana / el mar airado / y yo contigo.

Entre la arena / encontré un pendiente / y una sonrisa.

Sola en su cama, / Safo invita a la luna, / alta en el cielo.

jueves, 20 de mayo
CUÍDATE
Como con Fernando Iwasaki, que ayer participó conmigo en el coloquio gijonés, y que hoy ha venido a un Oviedo luminoso y espléndido a rememorar viejos tiempos. Hablamos de nuestro común amigo Abelardo Linares y de la revista «Renacimiento», que Iwasaki dirige y que acaba de publicar su último número. «Hemos querido recuperar a los primeros colaboradores. Brines inició el primer número y también este último con un poema inédito». «No a todos, yo publiqué un poema y tres o cuatro reseñas en aquel primer número, de 1988 me parece, y nadie me ha llamado». «De los poetas se encargó Marie-Christine, yo no he tenido nada que ver. No sé qué le habrías hecho, pero recuerdo que yo a veces proponía invitarte a colaborar de nuevo y Abelardo decía, a García Martín no, a García Martín no, que entonces Marie-Christine me echa de casa. Por cierto, no sé qué le parecerá a Andrés Trapiello la reseña que publicas hoy de «Las armas y las letras», pero yo creo que, aunque es un poco dura, se nota que le admiras mucho». «Pues no sé si él lo habrá notado, porque se la estaba esperando y es de los impacientes. Cuando reseño alguno de sus libros, cosa que hago con cierta frecuencia, suele comprar el periódico a primera hora y darme de inmediato sus indignadas gracias. Es raro que no haya dicho nada. Me temo lo peor».

Paso todo el día preocupado, pero por la noche me llega su irónica respuesta: «Querido José Luis, Google es implacable y llega hasta Las Viñas al atardecer, como los rebaños. Te agradezco de veras la molestia, consciente y aliviado al imaginar lo que podrías haber dicho de no haberlo creído un libro fundamental e imprescindible, aunque no le quede claro ni a mí ni a nadie por qué le consideras un libro fundamental e imprescindible (y casi prefiero que no me lo cuentes, estamos descansando). Cuídate».

viernes, 21 de mayo
UNOS VERSOS
Qué curiosa es la memoria. El martes pasado, en el Museo de Bellas Artes, se leyeron muchos hermosos poemas, bien conocidos por mí la mayoría de ellos, pero yo sólo recuerdo uno que entonces oí por primera vez. Se titula «Augua mansa» y está dedicado al abuelo del autor, muerto en 1936, a los 33 años: «Dayundes, / na veira d'úa parede, / como cai el augua mansa, / el tou corpo novo féxose terra dulce / debaxo das aguyas dos pinos / y dos fusiles».

"Agua mansa para los ojos rotos por las lágrimas, / agua mansa para los días que restan», termina pidiendo el poema de Xosé Miguel Suárez, escrito en una lengua astur que no le sonaría extraña ni a Rosalía ni a Pessoa.

Agua mansa. Eso quisiera yo que fueran los días que me restan. Y que tú (a quien nunca nombro) me quisieras siempre, aunque tantos días no me soportes.

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