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Su rutina de amor, de ocio y de muerte VIA TRAGARA UNA FÁBULA CARNAL COMPANIE ASOMBRO Y MARAVILLA EL ORO DE LOS TIGRES

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Su rutina de amor, de ocio y de muerte VIA TRAGARA  UNA FÁBULA  CARNAL COMPANIE  ASOMBRO  Y MARAVILLA  EL ORO DE LOS TIGRES
Su rutina de amor, de ocio y de muerte VIA TRAGARA UNA FÁBULA CARNAL COMPANIE ASOMBRO Y MARAVILLA EL ORO DE LOS TIGRES  
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JOSÉ LUIS GARCÍA MARTÍN Sábado, 22 de mayo

Me he traído conmigo a Avilés los cuentos completos de Julio José Ribeyro, más de mil páginas de conmovedora felicidad. «El cuento debe contar una historia, se ha hecho para que el lector a su vez pueda contarlo», dice el primer mandamiento de su decálogo. Y el segundo: «La historia puede ser real o inventada. Si es real debe parecer inventada; si es inventada, real».

Muchos de estos relatos ya los conocía, pero los releo con idéntica fascinación. Me sorprende un título: «Nuit caprense cirius illuminata». ¿Noche de Capri iluminada de cirios? Desde el comienzo siento un sobresalto: «Como de costumbre llegué a Capri a mediados de septiembre, a la casita que tenía alquilada desde hacía años en la via Tragara». Cierro los ojos y vuelvo a caminar por esa calle, una de las más hermosas de la isla, que termina en el mirador sobre los Farallones, las imponentes rocas que alguna vez dieron cobijo a las sirenas. El cuento lo continúo yo a mi manera. Estaba sentado en uno de los cafés de la Piazzeta, entreteniéndome con el ir y venir de la gente. Y de pronto, sin pensarlo, ante una figura esbelta que pasó muy cerca de mi mesa, grité un nombre que no había venido a mi memoria ni una sola vez en muchos años. Nos conocimos allá por 1970, cuando ambos estudiábamos Filosofía y Letras en el convento de San Vicente, frente a la estatua de Feijoo. Me enamoré desde el mismo instante en que por primera vez tropecé con sus ojos, pero yo era muy tímido entonces y nunca dije nada. Sólo fuimos amigos, no muy íntimos, conocidos más bien, que se intercambiaban apuntes. Coincidimos en los dos cursos de comunes, luego cada uno se fue por su lado. En mis sueños siguió apareciendo durante una eternidad, pero luego se borró, como se borra todo. Y aquel día, de pronto, en la Piazzeta? Me arrepentí de inmediato de mi grito. Y ya comenzaba a balbucear unas disculpas cuando una familiar sonrisa iluminó el mundo: «Martín, ¿pero eres tú? ¡Quién me lo iba a decir después de tanto tiempo?».

Prefiero no recordar, prefiero seguir leyendo. ¿Pero cómo no recordar? También en el cuento de Ribeyro el protagonista se encuentra con un antiguo amor en la Piazzeta y lo lleva a su casa en la via Tragara. Cómo reconozco esa casa, con el patio a la entrada perfumado por un jazminero y la terraza atrás, sobre el mar, y la palmera y las macetas con geranios. Tenía prisa en aquel momento, pero a la tarde podíamos vernos. «A las cinco -dijo-, apunta bien el número, es el 115 de via Tragera, poco después del arco de ladrillo». Éramos de la misma edad, quizá yo un año o dos mayor, así que debía de andar por los cincuenta, pero no aparentaba más que treinta. Comí algo e hice tiempo deambulando por las calles de la isla, incluso bajé hasta Marina Grande para enterarme de a qué hora partía el último barco para Nápoles, que era donde estaba mi hotel. A las cinco en punto llamé al timbre. Volví a llamar. Nadie contestó. La casa parecía vacía. O yo no había entendido bien o todo había sido una broma cruel. Me alejaba, cabizbajo, cuando oí mi nombre. Del otro extremo de la calle, por donde estaban las escaleras que bajaban hasta la playa pedregosa de los Farallones, volvía con una pequeña bolsa de deportes en la mano. «Perdona que me retrase; he estado nadando un poco». Yo también me retrasé luego gozosamente y perdí el último barco. A última hora de la tarde el tiempo cambió. Apareció una nubecilla gris tras el monte Solaro, y luego otra; comenzó a soplar el viento, todo se llenó de nubes negras, de pronto un súbito resplandor y a continuación el primer trueno. Fascinados por el espectáculo, no pudimos evitar que nos empapara el chaparrón, preludio de una aterradora tormenta que acabó dejándonos sin luz. A pesar de ello aquella fue una de esas noches -ahora todo parece un sueño- que justifican una vida. Me desperté solo, desnudo, desarropado y frío. Al principio no sabía dónde me encontraba. La casa estaba vacía. Esperé algún tiempo. No aparecía nadie. Me duché, me vestí, dejé una nota con mi gratitud y mi dirección y teléfono, y volví a Nápoles y luego a Oviedo sin volver a tener noticias suyas. Las cartas que escribí al número 115 de la via Tragara me fueron devueltas: destinatario desconocido.

La historia que cuenta Ribeyro es otra, pero es la misma. En su caso el cincuentón que cree revivir un frustrado amor juvenil es quien reside en Capri y es una mujer quien le visita una noche de tormenta iluminada por las velas y quien de pronto desaparece en la mañana dejando como única señal de que no ha sido un sueño su pequeña boina verde olvidada bajo el sofá.

Desde el hotel, en Nápoles, veía la silueta de la isla sobre los tejados del Palacio Real y las almenas del Castell Novo. Recuerdo bien mi angustia de entonces, que creí que no podría soportar, y unos versos que no se me iban de la memoria: «¿A qué volviste si volvía contigo / el aroma de días que no han de volver?». Pero han pasado diez años, y ya nada de aquello hiere. Ni siquiera sé si ocurrió o fue sólo una de esas vívidas fantasías que uno acaba confundiendo en el recuerdo con la vida verdadera, quizá porque son más verdaderas que la vida.

Domingo, 23 de mayo

Después de morir, cuenta Dino Buzzati, un hombre ni mejor ni peor que otros llegó a un lugar muy semejante a su ciudad, con caras que le recordaban a las que veía todos los días. Un desconocido se le acercó con amabilidad sonriente: «Aquí nada te costará trabajo, no estarás cansado nunca, no tendrás sed, nunca te dolerá el corazón al ser abandonado por una mujer, nunca tendrás que esperar, revolviéndote en la cama, la luz del alba como una liberación. Aquí no tenemos nostalgias ni remordimientos; nada nos da miedo, no sentimos el temor de la muerte. Ya puede el tiempo ir pasando; hoy es igual que ayer, mañana igual que hoy. Nada malo podrá jamás sucedernos. ¡La muerte! ¿Recuerdas cómo la odiábamos? ¡Cómo nos amargaba la vida! Aquí todo es diferente; aquí, por fin, somos libres. Qué satisfacción, ¿verdad? ¡Qué continua fiesta! Nueva gente llega cada día, ¿sabes?, y como tú encuentran aquí todo lo que alguna vez soñaron. Y no tienen enfermedades, ni amor, ni ansias, ni miedo, ni remordimientos, ni deseos, ni nada». La sonrisa había ido desapareciendo de la cara del desconocido: «Al principio creerás, como todos, que has llegado al paraíso. No tardarás en darte cuenta de que estás en el infierno».

Lunes, 24 de mayo

Rara es la vez que entro en una librería y no salgo de ella con un nuevo deslumbramiento entre las manos. Esta vez se trata de las «Cartas y poesías mediterráneas», de Lord Byron, en edición de Agustín Coletes Blanco. Voy a confesar un secreto: nada me habría gustado más que ser Byron, exactamente lo contrario de lo que soy. A los veintiún años emprendió un viaje por el Mediterráneo que duró dos años y doce días (yo no soporto estar fuera de casa más de una semana). Las mujeres lo encontraban irresistible, y muchos hombres también. Alí Pachá, el sanguinario tirano de Albania, quedó fascinado por sus orejas pequeñas, su pelo rizado y sus manos blancas. Le regaló un caballo, le puso una escolta de cincuenta jinetes y le invitó a visitarle a cualquier hora, «especialmente de noche, cuando podían estar más a su aire». Agustín Coletes, erudito minucioso y ejemplar que rara vez se permite algún alarde imaginativo, llega a insinuar que el joven Lord estaba siendo utilizado por las autoridades de su país: le enviaron a Alí Pachá como un obsequio sexual de lujo porque necesitaban su alianza para hacerse con las Islas Jónicas, aún en manos francesas.

Siguiendo las huellas de Byron una vez dormí en Atenas frente al monumento a Lisícrates, más o menos en el mismo lugar donde él residió largos meses en un convento de Capuchinos, «con el Himeto delante, la Acrópolis detrás, el templo de Júpiter a mi derecha, el Estadio enfrente, la ciudad a la izquierda». Una inglesa con ojos de cordero, que me miraba mucho en el comedor, me deslizó bajo la puerta un papelito en que había copiado dos versos del Childe Harold: «Few earthly things found favour in his sight / save concubines and carnal companie». Fue la única vez en que alguien me confundió con Byron; lástima que ella no fuera precisamente la «carnal companie» que a mí me interesaba.

Miércoles, 26 de mayo

Dos pequeños problemas a la hora de asomarnos al Teatro alla Scala desde el centro comercial de mi barrio: el primero, que hace diez minutos que se ha perdido la señal; el segundo, que por error programaron la ópera a las ocho y media, y no a las ocho, y está ocupada la sala con una película. El encargado de los cines Yelmo tiene que hacer frente a un pequeño motín wagneriano (nada que ver, sin embargo, con los que a finales del siglo XIX enfrentaban a los aficionados: aquí la sangre no llega al Rhin ni a ningún otro río). Aparte de sus disculpas, nos ofrece una entrada gratis para cualquier película cualquier día de la semana. Pero no falta quien grite: «A mí no me interesa el cine». Hay gente para todo.

Yo pienso en lo útiles que resultan estos imprevistos. Nos acostumbramos demasiado pronto al milagro. Sólo cuando algo falla nos damos cuenta de la de cosas que tienen que salir bien para que cualquier cosa salga bien. Y en lo rápido que trivializamos lo que nunca debería dejar de ser asombro y maravilla.

Luego resulta que la señal se recupera exactamente en el momento en que Daniel Barenboim entra en la sala a oscuras. Y durante dos horas y media permanecemos en nuestros asientos, atentos a una fábula a la que el prodigio de la música libra de su ingenua pesadez moralizante.

«Tú, como Alberich -me dice una amiga-, serías capaz de renunciar al amor para ser dueño del mundo». «Sería capaz, pero me temo que nunca me voy a encontrar con tal dilema», respondo sonriente e inmensamente agradecido a ese mundo del que nunca seré dueño.

Jueves, 27 de mayo

Yo soy de los que nunca se acostumbran al milagro, aunque apenas recuerde un día de mi vida en que no haya ocurrido alguno. Ayer fueron dos, descontado el milagro mayor de estar vivo: el oro del Rhin, que hace desdichado dueño del mundo a quien renuncia al amor, y un tigre (el circo Holiday alza estos días su carpa frente a Los Prados) que se ha paseado augusto y lento delante de mí y luego ha alzado un momento la cabeza y se me ha quedado mirando tras las rejas mientras yo pensaba en Borges y en Víctor Botas y en Shere Khan y recordaba unos versos que hablan de «la aciaga joya / que, bajo el sol o la diversa luna, / va cumpliendo en Sumatra o en Bengala / su rutina de amor, de ocio y de muerte». Exactamente como yo, como tú, como todos.

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