Oviedo, Pablo GALLEGO
En el programa de mano que acompaña al público en cada concierto de la Orquesta Sinfónica del Principado de Asturias (OSPA), hay un apartado dedicado a los músicos. En las últimas páginas, y bajo el título «Conozca la OSPA», los profesores que componen la Sinfónica de Asturias desvelan sus gustos y, entre líneas, un poco de su propia personalidad. El viernes pasado, por primera vez, le tocó el turno a Maximiano Valdés. Justo el día de su despedida como director titular de la OSPA, tras dieciséis años de trabajo en Asturias.
La idea de felicidad del maestro Valdés es «ser un Do mayor». Y los amores de su vida, «Jody -su mujer- y la música». Con las dos juntas compartió la cena con la que buena parte de la sociedad musical asturiana le despidió tras el concierto del viernes. La gerente de la orquesta, Ana Mateo, consiguió reunir en torno a Valdés a los amigos del maestro, a sus colaboradores políticos y culturales, y a sus músicos. Casi 130 personas. Y fue a los profesores de la OSPA a quienes Valdés quiso trasladar el reconocimiento de la sociedad asturiana: «Ahora sabéis lo que importáis, el cariño que os tienen y todo lo que la sociedad asturiana espera de vosotros».
Los músicos fueron los auténticos anfitriones de la cena. Tanto los componentes de la sinfónica asturiana -repartidos por casi todas las trece mesas que se instalaron sobre el escenario del Auditorio- como los compositores que les dieron nombre y dan forma al repertorio que el maestro Valdés construyó para la OSPA: Mozart, Prokofiev, Berlioz, Mahler, Schumann, Chaikovski, Beethoven, Rossini, Haendel, Schubert, Brahms, Bruckner y Wagner.
El autor de la ópera «Tristán e Isolda» -una obra que, como después diría Valdés, «quizá nos quedaba grande, pero nos pusimos a ello, salimos adelante y así crecimos todos»- acogió la presidencia de la cena. En ella, además de Maximiano y Jody Valdés, cenaron la consejera de Cultura, Mercedes Álvarez; su viceconsejero, Jorge Fernández León; la gerente y el concertino de la OSPA, Ana Mateo y Alexandre Vasiliev; el director de relaciones institucionales de Cajastur, César Menéndez Claverol; el director del Conservatorio, Alberto Veintimilla; Fernando Arroyo, y sus acompañantes.
En las mesas Haendel, Rossini y Chaikovski estuvieron tres de los más fuertes apoyos de Max Valdés durante su periplo asturiano: la Fundación Príncipe de Asturias, la Ópera de Oviedo y representantes de la vida musical ovetense encabezada por el responsable de la Sociedad Filarmónica, Jaime Álvarez-Buylla. El director emérito de la Fundación, Graciano García, deseó a Valdés suerte «en el peregrinaje que ahora comienzas lejos de esta tierra», y le agradeció los «momentos sublimes que nos has regalado» y los «excelentes resultados» de un trabajo que «beneficia a nuestra tierra». En la misma línea fue la intervención de la Consejera, quien destacó, como en otras ocasiones, que la implicación y la entrega de Maximiano Valdés «no sólo con la orquesta, sino con el Principado de Asturias, han sido esenciales para el devenir cultural de nuestra tierra».
En una velada de por sí emotiva, y con un postre de frutas y chocolate blanco dedicado a la orquesta, el discurso «de amigo» fue cosa del presidente de la Fundación Ópera de Oviedo, Jaime Martínez. «Es un momento agridulce», reconoció «porque se van dos miembros de mi propia familia», aseguró, ante las lágrimas de Jody Valdés. Después, repasó las diez óperas de Valdés en el Campoamor. Desde «La Sonnambula» de 1995 a los «Diálogos de carmelitas» en 2008. Tras la cena, en el brindis del director, Valdés no sólo habló del pasado. Además de agradecer el «apoyo incondicional de los políticos, en particular del presidente Areces», y el trabajo de gerentes como Inmaculada Quintanal, Encarna Rodríguez y Ana Mateo, el maestro miró más allá. Antes de que alguien se arrancara con el himno de Asturias», Valdés hizo hincapié en lo que los representantes de las instituciones reunidas anoche para despedirle podían hacer «por el futuro de Asturias». «Amigos», añadió, «ahora la orquesta os pertenece».