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Cuando los muebles cobran vida

El escritor asturiano Paco Abril relata sus ataques de vértigo, una enfermedad que se asemeja a «un terremoto interior que estuviera zarandeando el exterior»

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El grupo de investigadores de la Universidad de Oviedo que lidera Carlos López Otín acaba de identificar las claves moleculares del vértigo. Este hallazgo promete la apertura de nuevas vías de desarrollo de tratamientos eficaces para las pérdidas de equilibrio y otros trastornos del oído interno, patologías de elevada frecuencia. Paco Abril, escritor y responsable de «La Oreja Verde», suplemento infantil de LA NUEVA ESPAÑA, relata su experiencia con los ataques de vértigo.

PACO ABRIL Vértigo. Sólo oír este vocablo me entra un hormigueo en las piernas y pierdo el equilibrio. Y es que la palabra en sí ya me provoca mareo. Quienes hemos padecido este síndrome sabemos bien de sus indeseables efectos.

La primera vez que tuve un ataque vertiginoso, me asaltó de repente, sin aviso alguno. El vértigo es así, se presenta sin que nadie lo llame. Es un atracador insidioso que te roba la estabilidad. Cuando me sorprendió, vivía solo. Ocurrió hacia las diez de la noche. Me preparaba para ver una película mientras pelaba una manzana. De pronto sentí un pequeño malestar: mareo, náuseas y sensación de pérdida de equilibrio. No le di mayor importancia. En vez de preocuparme por aquella necedad del cuerpo, me entró la obsesión de tirar a la basura las mondas de la manzana. Lo conseguí, pero ya no pude hacer nada más.

Al regresar a la sala, todo se tambaleaba y tuve que tirarme al suelo con la mejilla apoyada sobre la moqueta para sostener el piso del apartamento. Era como un terremoto interior que estuviera zarandeando el exterior. Sólo se aquietaba si yo permanecía inmóvil. Allí tendido, vigilaba de reojo los muebles. Sentía como si aquellos objetos hubieran cobrado vida, me amenazaran y quisieran venírseme encima. Todo me daba vueltas, como cuando de niño, con sólo 7 años, me metieron en un tren de madera, al cuidado de unos desconocidos, y me llevaron desde Torrelavega hasta Barcelona. Siempre recordaré el paso por Zaragoza. Vomitaba tanto al leer el letrero de la estación que durante mucho tiempo creí que aquella ciudad se llamaba Zagoza. La niebla del mareo me borró la sílaba que faltaba.

Vuelvo al suelo. Quería llamar a una amiga para que me llevara al hospital, pero el más mínimo movimiento convertía la casa en un agujero negro que me engullía en un malestar insoportable. Tardé casi tres horas en llegar al teléfono, situado a un metro y medio de donde me encontraba. Estaba preso en la cárcel de aquella tremenda sensación. Realicé la única llamada que se les permite a los detenidos. Pero me surgió una nueva preocupación: ¿cómo llegar hasta el portero automático y, después, cómo conseguir abrir la puerta de la casa?

Hice mucho rastreo esa noche, pero al fin logré lo que se me presentaba imposible. En el hospital me devolvieron el equilibrio perdido, es un decir.

La segunda vez que me asaltó el vértigo fue dirigiendo el periódico «A quemarropa», que había creado para la primera «Semana negra». En esta ocasión fui avisado. Un trabajo agotador de más de doce horas diarias, unido a la tensión de tener que soportar los virulentos y desmesurados ataques que se desataron contra aquella inolvidable, por primera y original, edición, provocó esta segunda crisis. Hubo más agravantes, como las críticas constantes desde la prensa local, o los reproches venidos desde la izquierda más radical, que hasta imprimió pasquines con nuestras fotos en los que venían a decir que nos estábamos forrando a costa de los ciudadanos o que despilfarrábamos el dinero público. Incluso llegué a recibir llamadas anónimas insultantes a las tantas de la mañana, y hasta fui abordado en el inolvidable café San Miguel acusándome de beneficiarme de todavía no sé qué. Fui, fuimos difamados, acusados y condenados sin jamás tener oportunidad de ser escuchados. Fue un acoso brutal que casi acabó en derribo.

Que casi, no, que finalizó en derribo. El vértigo, contratado por los anónimos delatores, se presentó una mañana pertrechado con todas sus armas. Vino a ejecutar la sentencia sin piedad. Me arrojó al suelo de El Musel, de donde no podía despegar la cabeza. Sin embargo, y muy a su pesar, no pudo rematar la faena, porque conseguí ser trasladado al hospital, donde, de nuevo, es un decir, me recompusieron. En el número uno del periódico «A quemarropa» apareció, en una sección titulada «La ventana indiscreta», la noticia de aquel atentado, relatada así:

«Paco Abril, miembro del comité ejecutivo, ha pagado su obsesiva dedicación a la "Semana negra". El informe del jefe de servicio del Hospital de Cabueñes, donde fue ingresado, hablaba de "crisis vertiginosa aguda de tipo periférico" y de "existencia de nistagmus horizonto-rotatorio". Afortunadamente, a los dos días le fue concedida el alta. Ya más centrado y con su norte bien definido. Continúa trabajando como un negro más».

Eso fue lo que escribieron mis colegas, pero la noticia tenía que haber aparecido así:

«Paco Abril sufrió un atentado ayer en El Musel, donde se celebraba la primera "Semana negra". Fue atacado por un mercenario que firma sus crímenes como señor Vértigo. Lo atacó desde el interior tras un largo acoso desde el exterior».

Me sorprende ahora que, a pesar de todo, en el hospital compusiera un poema que concluía así:

«Las aves, a pesar de algún vuelo desgraciado /

siguen arriesgando ilusiones de alas en el aire».

A lo mejor, el vértigo es una enfermedad de los ilusos cuando se desilusionan.

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