Oviedo, María LASTRA
Un ciudadano de un país rico se traslada a un país pobre y, al cabo de cierto tiempo, regresa... equipado con un órgano vital nuevo.
Países como Irán, Pakistán o la India conviven con el tráfico de órganos sin que nada ni nadie se lo impida. La comercialización de los trasplantes se lleva a cabo, por lo general, «con el visto bueno de los propios gobiernos, que no introducen barrera legislativa alguna», denuncia Beatriz Domínguez-Gil González, médica de origen asturiano que trabaja para la Organización Nacional de Trasplantes (ONT) y que ha investigado este complejo y, a menudo, dramático panorama en el marco de un meticuloso estudio elaborado por la Organización de las Naciones Unidas (ONU).
La doctora Domínguez-Gil es una de las corresponsables de que la ONT y la entidad The Transplantation Society hayan sido galardonadas recientemente con el premio «Príncipe de Asturias» de Cooperación Internacional, distinción que recibirán el próximo mes de octubre. En su fallo, el jurado subrayó «la cooperación internacional entre ambas instituciones en el plano ético, para erradicar el tráfico ilegal de órganos en el mundo, un drama que afecta a un número creciente e inquietante de seres humanos, con especial incidencia en la infancia en los países más desfavorecidos».
Es bien conocido el turismo sexual, pero también existe un turismo de trasplantes que constituye la forma más fácil de traficar con órganos. Beatriz Domínguez-Gil aclara: «Normalmente, el paciente de un país rico se traslada a uno pobre, en el que una persona desfavorecida, a través de una transacción económica, se convierte en donante». El resultado es una práctica que no sólo viola los derechos éticos, sino que también pone en serio riesgo «tanto la calidad de la intervención como la seguridad del paciente, que nunca pueden llegar a garantizarse», precisa.
En el informe de la ONU sobre el tráfico de órganos, sus autores realizaron «una evaluación de la situación y descubrimos las grandes consecuencias que conlleva», explica la doctora. España no padece este problema. Según la doctora Domínguez-Gil, en nuestro país son impensables situaciones de este tipo, si bien es cierto que pueden encontrarse casos aislados. «Las últimas encuestas hablan de seis personas (cuatro para trasplante renal y dos para trasplante hepático), la mayoría provenientes de países extranjeros, donde la práctica está legalizada, a los que regresaban para efectuarla. Pero podemos decir que, en comparación con otros países, nuestros números son anecdóticos», subraya.
La doctora Domínguez-Gil constituyó, junto con Rafael Matesanz, director de la ONT, la representación española en el citado informe de Naciones Unidas. Las recomendaciones que de éste se extraen son claras. «Tanto las ONU como el Consejo de Europa y, en general, todos los países del mundo deben tomar medidas desde un punto de vista legislativo, hacer un esfuerzo en la cuantificación de esta práctica y saber diferenciar entre el tráfico de órganos y el tráfico con seres humanos con motivo de la extracción de órganos», afirma Domínguez-Gil, quien, aun admitiendo que «se están consiguiendo avances», añade que «debemos seguir esforzándonos».
Esta singular tarea detectivesca no resulta sencilla. Las cifras son de difícil cuantificación. No se conocen números ni perfiles de receptor y donante. A juicio de la doctora, la solución reside en los profesionales de la medicina: «Cuando se conoce el caso de pacientes que han sufrido un trasplante de estas características debería comunicarse», indica. Y añade: «Es necesario promover la idea de ser autosuficientes en materia de donación, como lo hemos conseguido en España. Así el turismo de órganos podría desaparecer».
Beatriz Domínguez-Gil tiene sus raíces paternas en Gijón. Forma parte del equipo del doctor Matesanz en la ONT, donde se encarga fundamentalmente del área dedicada a la cooperación internacional, precisamente la enfatizada por el premio «Príncipe de Asturias». Entre sus objetivos figuran no sólo la batalla contra el tráfico de órganos, sino también la posibilidad de ofrecer mejor acceso del paciente al trasplante «con los mayores niveles posibles de calidad y seguridad».
«Son fundamentales los principios éticos tan sólidos de los que estamos dotados, también defendidos por la Organización Mundial de la Salud (OMS)», manifiesta la experta, quien añade: «Hay que instaurar en todo el mundo los principios de donación voluntaria y no remunerada vigentes en nuestro país, y la ONT se está esforzando en ello».
La Organización Nacional de Trasplantes ha conseguido convertir España en líder y paradigma mundial en materia de donación y trasplante. Por todo ello, el próximo otoño recibirá el premio «Príncipe de Asturias» de Cooperación Internacional, una distinción que Beatriz Domínguez-Gil agradece: «Supone el reconocimiento al esfuerzo realizado durante muchos años. Hemos intentado ayudar a otros países, dándoles a conocer nuestra experiencia».
El modelo de trasplantes español difundido por la ONT, dependiente del Ministerio de Sanidad, se fundamenta en una estructura organizativa en tres niveles: la propia Organización Nacional de Trasplantes, las instituciones autonómicas y regionales, y los coordinadores de trasplantes. Asimismo, son relevantes la relación con los medios de comunicación y la formación. «Estas bases son las que ahora se siguen en toda la Unión Europea, debido al éxito conseguido en nuestro país», destaca Domínguez-Gil.
«Con estas medidas básicamente organizativas hemos conseguido duplicar las donaciones: de 14 donantes por millón de habitantes al año en 1989 se pasó a 33 o 35 personas por millón en los últimos años. Hay que tener en cuenta que se realizan 85 trasplantes por millón de habitantes en un año», explica la médica, quien, no obstante, subraya la imperiosa necesidad de aumentar la disponibilidad de órganos. «En el año 2008, de 60.000 pacientes en lista de espera sólo recibieron un órgano 25.000», advierte.
España también se sitúa a la cabeza del mundo en materia de regulación de trasplantes y en la batalla contra el tráfico de órganos. El saber hacer, el buen funcionamiento, la ayuda al prójimo y la solidaridad son los cimientos de un sistema que, según Beatriz Domínguez-Gil, debe ser imitado en todos los países «si se quiere poner fin a un negocio cuya existencia no se puede permitir».