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La evolución humana vista desde una nueva perspectiva
 

La innovación salvó al débil

El paleontólogo Clive Finlayson explica cómo los individuos menos aptos superaron los períodos de crisis mejor que los más dotados gracias a su resiliencia

 07:27  
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Clive Finlayson sostiene un cráneo datado en la Edad del Bronce hallado en una cueva del peñón del Gibraltar.
Clive Finlayson sostiene un cráneo datado en la Edad del Bronce hallado en una cueva del peñón del Gibraltar. efe

Oviedo, Andrés MONTES
«La vida en los territorios marginales seleccionó a los individuos inventivos entre el resto». El paleontólogo Clive Finlayson, director del Museo de Gibraltar y experto en «el mundo perdido de los neandertales del Mediterráneo», sintetiza en esa frase su idea de lo que, irónicamente, llama la «supervivencia de los más débiles», un planteamiento que parece chocar sin conciliación posible con el postulado darwinista de que sólo los más aptos salen adelante.

Pero Finlayson no trata de subvertir el cuerpo de conocimiento del evolucionismo. Su pretensión es advertir de que junto a leyes generales operan otras que tendrían la capacidad de explicar cómo se produjeron ciertas innovaciones biológicas y de comportamiento, mostrar cómo esas leyes generales se ven sujetas a la excepción en circunstancias extraordinarias.

Clive Finlayson, cuya especialidad es la paleontología, el estudio del entorno natural donde desarrollaban su vida los habitantes del pasado remoto, sostiene que «no siempre fueron los más fuertes y los mejores a la hora de sobrevivir en situaciones particulares los que mejor se desempeñaron en ambientes impredecibles y cambiantes». El paleontólogo expone en su libro «El sueño del neandertal» (Editorial Crítica) que «las poblaciones exitosas que en último término condujeron hasta nosotros fueron siempre las que vivían en la periferia de otras que monopolizaban el territorio de buena calidad». La nuestra es una humanidad periférica y «nacimos de los pobres y débiles que tenían que gastar cada gramo de energía buscando las sobras que los mantuvieran vivos», relata Finlayson.

Esta condición marginal «puede parecerles poco digna a aquellos que nos ven como el pináculo de la evolución, pero tal es la solemne realidad de nuestra historia». Y a continuación hace una relación de esos «innovadores» que arranca con «los simios que empezaron a comer hojas y nueces en bosques estacionales porque no tenían acceso a la pluviselva de primera calidad y a su abundancia de frutos» y concluye con nuestros ancestros en el Asia central que «se adaptaron a la estepa y sacaron el máximo partido» a ese hábitat.

«Si viajáramos hacia atrás en el tiempo, no concederíamos a ninguna de estas gentes una buena probabilidad de sobrevivir. Es seguro que todos habrían sido erradicados por la selección natural, pero no lo fueron, y estamos aquí gracias a su resiliencia (disposición humana para asumir con flexibilidad situaciones límite y sobreponerse a ellas) y a su suerte»?

Pero ¿en qué consiste su capacidad de innovación? «Estos supervivientes podían resolver mejor el riesgo de suministro impredecible de comida o agua que cualesquiera otros de su especie, de modo que cuando el clima cambió e hizo que todas las cosas empeoraran, fueron ellos y sus descendientes los que salieron mejor parados», explica Finlayson.

«La forma más temprana de gestión del riesgo parece haber implicado vivir en el borde de dos o más hábitats», circunstancia que favorecía «explotar una variedad más amplia de alimentos que si hubieran vivido en un único hábitat».

En lo que a nosotros respecta, «la conquista de la estepa euroasiática por parte de los ancestros hace 30.000 años marcó un cambio espectacular en las fortunas de una población que iba a inundar toda Eurasia y las Américas».

Estos grupos reunieron muchas «destrezas culturales, tecnológicas y sociales que ya estaban presentes en otros humanos. Su talento residía en poner todos esos elementos juntos en un único paquete». Su expansión y consolidación poblacional fue «la consecuencia de tener que gestionar el riesgo de manera mucho más eficiente de lo que nunca habían hecho antes». En definitiva, concluye Finlayson, «no hemos de olvidar que somos el producto de gentes marginales que tuvieron que improvisar mucho para salir adelante».

Éste es un cambio de visión que introduce fuertes dosis de humildad en esa concepción de especie suprema, con el éxito ya marcado en los genes, desde la que nos relacionamos con el resto del mundo. Y es también el arranque de un debate en una ciencia tan sujeta al cambio como la paleontología.

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