Aquel maldito tren blindado ¡Indignaos! De lluvia y sangre

Una mirada retro al «Capitán América» en clave de aventuras que se tambalea tras un gran arranque
Una inteligente precuela de «El planeta de los simios» como crónica de una rebelión en las ramas
Dos cortos de estudiantes asturianos a tener en cuenta

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Aquel maldito tren blindado ¡Indignaos! De lluvia y sangre
Aquel maldito tren blindado ¡Indignaos! De lluvia y sangre  
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TINO PERTIERRA T. P. T. P. Tras el fiasco de Linterna verde, ridículo superhéroe donde los haya y una de las peores películas del subgénero, la llegada de Capitán América puede considerarse una cura de desintoxicación, con el riesgo evidente de ver en ella mayores cualidades que las que realmente tiene. Ya saben, las comparaciones no siempre son ociosas. Así que olvidemos el desastre verdoso para intentar ver con frialdad lo que ha hecho Joe Johnston con el patriótico capitán de escudo letal. Está claro que no le reclutaron por casualidad: en lugar de darle el proyecto a cualquier promesa imberbe que llenara la pantalla de planos y planos al estilo mareante de Michael Bay (aún duran los mareos de la insufrible Transformers 3), se optó por un artesano de carrera más bien comodona, pero al que no se le puede negar un cierto gusto a la hora de narrar las historias mimando los detalles, moviendo la cámara con sentido común y sacando el mejor provecho posible a sus actores, no siempre brillantes. Así funciona Capitán América como último eslabón antes de que nos suelten encima los vengadores al completo: una obra correosa en su planteamiento, irreprochable en su primera parte a la hora de colocar a los personajes en su sitio, dándoles la entidad suficiente para que no sean marionetas de rodar y tirar. La presentación del malvado antes de que se convierta en una calavera roja francamente asquerosa, con un acertado regusto gótico en escenarios turbios, o los intentos angustiados del debilucho aspirante a héroe por enrolarse en el ejército y su primera etapa de seudomonstruo de feria propagandística se desarrollan en una atmósfera muy lograda que traslada al espectador a aquellos tiempos de horror y furia en los que los nazis querían hacerse con el mundo. La transformación del chaval en todo un fortachón de fuerza descomunal y aspecto imponente (aunque los efectos especiales tengan su momento fuerte justamente antes, a la hora de convertir a Evans en un tipo más bien quebradizo), el tibio romance y la siempre atractiva irrupción de Tommy Lee Jones se combinan con mesura y cierta elegancia, dando primacía a la emoción sobre la acción. Todo tiene un aire a añeja película de aventuras, y por momentos parece que la historia vaya más por los caminos de aquellas vetustas cintas de comandos (quién las pillara) que por las parafernalias de superhéroes al uso. Sirva como ejemplo el notable episodio del asalto al tren blindado. Lástima que la necesidad de hacerse más espectacular por aquello de escarbar a fondo en la taquilla haga que las peripecias se acumulen atropelladamente y que el «tour de force» con el malo no tenga la fuerza que sería deseable. Menos mal que la secuencia final, virtuosa y turbadora, pone el escudo en sitio.

Seguramente El planeta de los simios no sería una película tan recordada e icónica sin ese insuperable final en el que Charlton Heston descubre la estatua de la Libertad decapitada y grita: «¡Maniáticos! ¡Os maldigo a todos!». Luego se hizo una secuela que no estaba mal y después llegó el desastre, hasta que a Tim Burton le dio por revisitar el clásico para hacer una de sus películas más lamentables. Así que es humano, muy humano, desconfiar de esta precuela dirigida por un señor que sólo tiene una película en su haber (y poca cosa, por cierto) y que basa sus mayores bazas promocionales en los adelantos técnicos que permiten a un actor de carne y hueso encarnar con asombrosa precisión a un simio. Y, ciertamente, la «interpretación» de Andy Serkis deja con la boca abierta, pero, por fortuna, no es lo único bueno. Puestos a buscar cruces de influencias se podría recordar Link, aquel simpático thriller en el que un simio también «reeducado» acababa espiando con ojos lascivos a Elizabeth Shue, o el Tarzán con Christopher Lambert (Greystoke) en el que el hombre mono mantenía una emocionante relación con su abuelo, el gran Ralph Richardson, y cuya muerte desencadenaba los acontecimientos. Ese crecimiento de la inteligencia del simio y esa fidelidad hacia un ser humano que le muestra cariño y respeto anidan en El origen del planeta de los simios y hacen de la propuesta algo bastante distinto a lo que podía esperarse en los tiempos que corren. Sin apenas escenas de acción durante la mayor parte de su desarrollo, con retratos creíbles de sus personajes, sin descuidar la reflexión sobre la humanidad cada vez más deshumanizada, y arropada por una modélica banda sonora de Patrick Doyle, un compositor poco dado a seguir las modas, la película transcurre por una senda más bien plácida y discursiva en la que importa, más que sembrar la inquietud o el miedo, mostrar con respeto e inteligencia la evolución de ese simio que acabará convertido en una especie de Espartaco de las ramas, un líder llamado a encabezar la revolución contra los humanos (y que no entronca, de momento, con el final apocalíptico de la película original, que más bien culpaba a un desastre nuclear). El tramo final sí da paso a un despliegue de acción tan vistosa como previsible (y poco creíble, para qué engañarnos) antes de un plano final que, como mandan los cánones simiescos, también se grapa a la memoria.

Madres. Hijos. Besos. Disparos. Lluvia. Sangre. Caricias. Horror. Así palpitan dos de los cortometrajes nacidos en el primer curso de técnicos audiovisuales polivalentes impartido en los estudios Gona de Argame. Rodados a toda velocidad y sin perder ni un segundo de tiempo. Hay que apuntar los nombres de dos de los alumnos que los han dirigido, y que ayer fueron exhibidos en Bueño: Ana Francisco y su Seré la lluvia, y Jaime Fiestas y El incidente. Muy distintos en su planteamiento, distantes en su estilo, pero con puntos comunes, tanto de fondo (la vida que te espera) como de forma (muy breves, la intensidad al poder).


Seré la lluvia es, esencialmente, un poema visual que, más que contar una historia, se ocupa de convertir cada plano en un nido de sentimientos y emociones: una madre que habla a su hija recién nacida, una madre que escribe una carta de futuro para cuando ella sea pasado, una madre que escribe diez mandamientos de libertad y belleza. Tras los pasos de la lluvia, entre latidos de inocencia, polvos de estrella, sonrisas de carmín, besos de fresa e inodoros donde cruzar pasiones, del blanco y negro al rojo pasión. Ana Francisco extrae el máximo provecho a la escasez de medios (fondos negros, atrezzo imaginativo, fotografía carnosa) para hilvanar, con buen gusto y sensibilidad no exenta de voluntad de transgresión (siendo un poema de amor materno evita cuidadosamente la cursilería y apunta cierto desgarro y ganas de dar guerra en este mundo guarro) una historia menuda, íntima, de dolorosa ternura.


El incidente evita la ternura por obligación hasta el último plano, revelador del drama en toda su extensión. Fiestas rueda su historia dando marcha atrás, un ejercicio de virtuosismo airado del que sale airoso y que da la vuelta a un suceso convencional para invertir sus términos y rodearlo de una atmósfera irreal, una pesadilla con moviola dominada por un arrebato inesperado. Fiestas tiene el buen gusto de incorporar la melancolía sangrante de Beethoven en su séptima sinfonía, que ya utilizó John Boorman en su Zardoz.

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