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HEMEROTECA » EL TIEMPO » |
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TINO PERTIERRA Cronenberg deja muchas veces para el final la razón de ser de sus películas. La verdadera, la que le motivó a elegir ese proyecto, y no la que los analistas intentan endilgarle después, a menudo con teorías rocambolescas que distorsionan las intenciones del director. En los estertores de Un método peligroso (digamos ya mismo que es una de las mejores cintas estrenadas este año) hay una emoción contenida, una melancolía hasta cierto punto desgarradora (siempre con el pudor habitual del director) que concluye en el último plano de Keira Knightley con ecos de Esplendor en la yerba. Y es que el autor de La mosca ha querido rodar una historia de amor sin renunciar a enredarse con hilos cosidos a algunas de sus habituales constantes como autor. Obsesión, pasiones ocultas, sexo liberador, almas en choque, pieles corrompidas por la frustración, mutaciones íntimas que invitan a la transgresión, a cruzar líneas rojas tras las que espera el conocimiento, y tal vez la destrucción.
Decir que Cronenberg se ha pasado al cine de época porque la historia transcurre hace un montón de años es como calificar Ciudadano Kane de cine navideño porque sale un trineo. Es más: Cronenberg no pierde ni un segundo luciendo su solvente diseño de producción porque lo único que le interesa es enjaular a sus personajes entre cuatro paredes (incluso dentro de un velero, aparentemente liberador) y escarbar en sus intimidades para extraer de ellos lo que ellos mismos ignoran. Desde el trauma infantil hasta la represión autoimpuesta pasando por los celos, la impotencia, los sentidos vergonzantes, los sentimientos liberadores. Apoyado en dos actores formidables que controlan cada gesto para no gastar ni uno solo en vano (Mortensen y Fassbender), e introduciendo el elemento más punzante con la sobreactuación inevitable de Knightley y la chulería obscena de Cassel, Cronenberg convierte cada escena en un prodigio de tensión e intención, sin más armas que un guión de diálogos concisos y reveladores, un reparto magnífico y su talento para que la cámara, sin ningún tipo de alardes ni florituras, recoja hasta el menor detalle de esas relaciones peligrosas. Si la historia de amor imposible entre Fassbender y su paciente recuerda otras pasiones devastadoras en la obra del cineasta canadiense, que detesta eso de los finales felices, el conflicto entre Freud y su discípulo es, a su manera, otra historia de amor atravesada por corrientes subterráneas que van más allá de la pura amistad o la simple colaboración entre maestro y alumno. Y esa aparente distancia que suele mantener Cronenberg hacia sus criaturas se rompe, como en La mosca o Inseparables, en su hermoso, conmovedor e inolvidable desenlace de miradas tristes.
Agotada por completo la franquicia de Shrek con entregas cada vez más vulgares y previsibles, las mentes pensantes de DreamWorks decidieron volver sobre sus planos y rescatar a un personaje que había salvado de la quema a la segunda entrega gracias a sus ya míticos planos de sus ojos llorosos. Y así nace El gato con botas, que, en realidad, parece El zorro con botas si tenemos en cuenta la abrumadora relación que los guionistas establecen entre el minino y el personaje que más fama y dinero dio a Antonio Banderas en Hollywood. Es decir: pocas veces un personaje de animación depende tanto del actor que lo dobla a la hora de ser llevado a la pantalla, no sólo por el doblaje de chispa andaluza con el que se luce el actor malagueño sino por los guiños constantes, y a veces tan explícitos que chirrían, al zorro que le puso en órbita.
Dicho esto, El gato con botas se puede considerar una película aceptable en cuanto a entretenimiento (lo que no pasaba con Shrek en sus tropiezos finales), técnicamente merece un aprobado alto (sin que aporte nada novedoso ni mejore las prestaciones de cualquier título de medio pelo) y su guion es una revoltosa y más bien torpe mezcla de ingredientes que parecen más dirigidos al público adulto que al infantil. Puede que la idea de fundir el western (en su variante spaguetti con salsa rosa) con los cuentos de hadas fuera interesante si se hubiera hecho con más gracia e imaginación, pero aquí sólo hay una sucesión de escenas de acción que nos sabemos de memoria y algunas incursiones al mundo de la fantasía que resultan, como poco, inoportunas. Tampoco funciona como debiera la historia de amor conflictivo entre el minino y la acrobática y respondona gata, que en su versión española soporta un doblaje pésimo. Y si el personaje del huevo parlanchín te cae mal, entonces el daño ya es irreparable. En cualquier caso, los niños no se aburrirán demasiado, los adultos pueden disfrutar con alguna escena bien rematada (casi todas con tufillo western) y no falta el plano de los ojillos tiernos del lindo gatito.
Rafael Azcona, un hombre clave de la historia del cine español. El mejor guionista, sin duda. Prolífico y casi siempre perfecto, salvo que sus guiones cayeran en malas manos. No fue el caso de El pisito y El cochecito, dos obras maestras que dicen más de la España de la época que una biblioteca entera de libros de Historia. El esfuerzo del productor asturiano Juan Gona ha hecho posible cerrar una trilogía necesaria con Los muertos no se tocan, nene, título ciertamente sorprendente con el que el veterano José Luis García Sánchez rinde homenaje al gran Azcona con un desembarco de actores que van desde los más veteranos hasta los más jóvenes, en abigarrada y torrencial mezcla de registros.
Ambientada en el Logroño de finales de los años 50 y filmada en un arriesgado blanco y negro que permite cerrar con coherencia el círculo iniciado con las dos obras anteriores, Los muertos no se tocan no deja títere con cabeza a la hora de parodiar a la sociedad española del momento, recurriendo en planos secuencia muy berlanguianos a todo tipo de humores para conseguir sus objetivos, desde los brochazos escatológicos hasta el gag delirante, pasando por diálogos incisivos y situaciones rocambolescas con las que despellejar a unos personajes que dan grima en muchos casos, pena en otros y risa en casi todos. Ese retrato despiadado de la España franquista en el que los papeles están repartidos con injusticia y la moral más rancia campa a sus anchas, protegida por las autoridades incompetentes, hace de la película un título insólito en el actual cine español, que va a contracorriente de las modas y modos imperantes, y que sirve para recordar con nostalgia a ese genio llamado Rafael Azcona, el hombre que supo mejor que nadie abrir en canal a la sociedad que le tocó sufrir.
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