Memoria de un hombre libre

Un periodista ejemplar que valoraba más los éxitos de sus discípulos que sus propios merecimientos

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Memoria de un hombre libre
Memoria de un hombre libre  

RUFO GAMAZO RICO Periodista asturiano en su tierra, en Madrid, en Lisboa, en La Habana, en Valladolid, en Santander. Mentor y padrino de jóvenes periodistas del abundante caladero de Asturias, Juan Ramón confesaba su condición nata de recomendador vocacional. Y valoraba sobre los propios merecimientos, los éxitos de sus patrocinados porque le demostraban que no había recomendado en vano. En todo caso, ayudar a subir en la escala profesional es obra de misericordia, rentable en gratitud. Al final de la jornada, todos desearíamos estar seguros como Pérez Las Clotas de haber sembrado gratitudes y no rencores. No creo equivocarme al afirmar que esa ganada tranquilidad de conciencia le ha ayudado a cerrar la biografía con entereza y confianza. Cuatro días antes de su fallecimiento le llamé por teléfono y tuvimos una conversación más larga que en otras llamadas. Lo encontré sereno y con ganas de hablar. «Sólo salgo -me dijo- en silla de ruedas; pero en casa me encuentro muy a gusto, atendido y mimado por mi querida familia. Y a la espera..., que estamos en tiempo de prórroga». Estamos, le entendí bien, éramos de la misma quinta, amigos desde 1945, compañeros de profesión y convecinos durante muchos años.

Salimos en la misma hornada -la quinta- de la Escuela Oficial de Periodismo. A la misma promoción pertenecían Eduardo García Marqués, gijonés como Clotas, y Paulino González Posada, de Mieres. Mi amigo Paulino, inteligente y de talante ingenuo y bondadoso, era hombre de raras doctrinas y vida un tanto bohemia. En cambio, Juan Ramón llegó a la Escuela de la calle Zurbano, acreditando seriedad, sensatez, bonhomía, trato cordial y educadas maneras que le venían de familia. Entonces ya había leído mucho, pues la lectura fue la gran pasión de su vida, y el que mucho lee mucho sabe. Con el título en la cartera volvió a sus «Asturies» y profesó de periodista en su tierra. Ejerció con manifiesta competencia las diversas especialidades de la profesión: redactor de mesa, informador, reportero, editorialista y sirvió con rigor los puestos de redactor jefe y director.

Corresponsal de Prensa en Lisboa, fue testigo y notario de los días exultantes de la Revolución de los Claveles. Intentó profundizar en el alma de la hermosa ciudad y se ganó el respeto y la amistad de sus colegas lusitanos. Tuve ocasión de comprobarlo durante una visita a la capital, en compañía de Cosmen Adelaida y Gómez Figueroa; Juan Ramón nos llevó por los lugares de mayor interés como el guía perfecto que dice sin titubeos la lección y responde con autoridad y suficiencia las preguntas del turista curioso. Más que liberal era hombre libre y probablemente harto de manifestaciones callejeras, decidió dejar la corresponsalía y regresar a Madrid. También por su libérrima voluntad cesaría como delegado de la agencia «Efe» en La Habana; ocurrió que cierto día se había citado con un famoso médico cubano en el salón de un hotel, el camarero se acercó a la mesa y Las Clotas pidió whisky para los dos, el camarero se lo sirvió al periodista, advirtiendo que el médico ya tenía en casa su ración; Juan Ramón repartió el suyo con el invitado y allí mismo resolvió no aguantar más impertinencias y groserías de la dictadura castrista.

En la que consideró la etapa burocrática de su carrera, la función de adjunto al director técnico de la cadena de Prensa y Radio (director de directores, al decir de Emilio Romero), Juan Ramón destacó por su eficaz dedicación y sacrificado cumplimiento de los largos horarios de mañana y tarde. Pero se ausentaba al llegar la noche, porque no quería perderse el «fantástico show», el animado espectáculo de la Gran Vía a la hora de salida de los cines. Quizás había encontrado el verdadero «genius loci» de la mitificada avenida, el dominguillo desenfado y elegante de los años cincuenta, los de su mayor esplendor. Desde una terraza, sentado ante el vaso de whisky aguado y en grata compañía, Juan Ramón disfrutaba de la animada algarabía y admiraba el gratuito desfile de elegancia y señorío. Entonces la Gran Vía era considerada como fiel trasunto de la Quinta Avenida neoyorquina (o viceversa). El espectáculo acabó por el cierre de los tradicionales cines y la invasión de zamarras, pantalones de pana y alpargatas deportivas, la indumentaria puesta de moda por una progresía muy creída en que el hábito hace al monje. La cosa es que Juan Ramón dejó de frecuentar la Gran Vía.

Cuando los altos jefes de Medios de Comunicación Social del Estado decidieron la eliminación de la empresa, Pérez Las Clotas fue destinado a la Administración de Loterías como encargado de Prensa. Toda ocasión puede ser aprovechada para aprender algo nuevo, comentaba resignado. Cuando le llegó el fin de su vida laboral, el momento de plegar que dicen los catalanes, se retiró a su Gijón para disfrutar de la «áurea mediocritas» que le proporcionaba la pensión. Todos los meses, con la disculpa de inspeccionar su piso de la Ciudad de los Periodistas y pagar los gastos de comunidad, se venía con un programa inalterable: a poco de llegar, me telefoneaba, ya estoy aquí, bajo, y parlábamos un whisky. A la mañana siguiente visitaba el oratorio del Niño del Remedio en cumplimiento de una promesa que había hecho a su madre, devota de la milagrosa imagen y que seguramente le recordaba su hermana Mari Carmen. Luego iniciaba el recorrido por las librerías de ocasión que lo consideraba cliente distinguido. Se había especializado en bibliografía de la Guerra Civil y política del siglo XX y había logrado formar una biblioteca bien surtida que donaría a una institución gijonesa. Lector exigente, se afanaba en separar el grano de la paja; prefería la verdad por dolorosa que fuera a la mentira complaciente. Así lo expresaba en sus artículos, poco propicios a polémicas, porque argumentaba con hechos fehacientes y citas contrastadas. Volviendo a sus cortas estancias en Madrid, recordaré que en ese primer día almorzábamos con Félix Morales, en la noche cenaba con un grupo de paisanos y dedicaba por entero una jornada a Ladis, su amigo del alma. Achaques de la edad le obligaron a suspender viajes y luego lo redujeron a la condición de viajante urbano en silla de ruedas. El caballero lo es en cualquier monta. Dios premie al ejemplar caballero don Juan Ramón Pérez las Clotas.

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