Visiones de la India

El Thyssen ofrece hasta el 20 de mayo en Madrid una mirada fascinante al arte del sur asiático, en colaboración con el San Diego Museum of Art

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Visiones  de la India
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JOAQUÍN RÁBAGO Con su nueva exposición «Visiones de la India» (hasta el 20 de mayo), el Museo Thyssen-Bornemisza de Madrid arroja una mirada fascinante a siete siglos de arte del sur de Asia gracias a un préstamo temporal del San Diego Museum of Art.

Conserva el museo de esa ciudad californiana de fuerte impronta española -hay en ella incluso una estatua del Cid Campeador- el legado del gran coleccionista Edwin Binney (1925-1986), cerca de millar y medio de piezas de arte de esa parte del mundo, que incluye, además de la India, otros países como Irán, Afganistán, Pakistán, Nepal y Camboya.

Y es que, como pone de relieve la exposición, una de las principales características del arte indio, evidente a través de su historia, es la singular capacidad de adaptación de los artistas, sobre todo en relación con otras regiones del Oriente Próximo o más tarde Europa, con la llegada de los Jesuitas o los comerciantes de la East India Company.

Como señala Sonya Rhie Quintanilla, comisaria de la exposición, los artistas indios supieron modificar hábilmente su forma de trabajar y adaptarse a la ilustración de libros y de álbumes al modo persa o europeo, según las circunstancias.

En las ciento seis piezas de la colección Binney que han viajado a la capital española, y que incluyen desde miniaturas destinadas a ilustrar los libros sagrados del budismo, el jainismo o el hinduismo hasta las obras realizadas para los funcionarios y comerciantes británicos vinculados a la Compañía de las Indias Orientales, destaca el extraordinario detallismo.

Ésa es una de las principales características, sobre todo en las pinturas del imperio mogol: los artistas solían utilizar para ejecutarlas finísimos pinceles que consistían sólo en dos pelos de gato joven o de la parte inferior de la cola de las ardillas.

Pintaban con lupa -también se ponen lupas a disposición de los visitantes-, muchos de ellos perdían la vista a edades tempranas por su incansable dedicación, y la continua exposición a los pigmentos tóxicos les acortaba además la vida.

Estaban, por otro lado, organizados en talleres: los maestros esbozaban la composición y les daban los últimos toques, mientras que sus colaboradores, de distinto nivel de especialización, pintaban los rostros, los árboles y otros elementos.

A diferencia de la tradición persa, que tanta influencia iba a tener en la India, la pintura autóctona no formaba parte de una cultura cortesana de élite.

La tradición de la iluminación de manuscritos comienza a florecer en torno al siglo XI: los artistas pintaban sobre hojas de palma y los libros por ellos iluminados se donaban a monasterios para mejorar el karma del donante.

En el siglo XIV, el budismo dejó de practicarse en la India, se erradicó de los monasterios, que fueron saqueados por los caudillos locales, y se desplazó al Norte, hacia lo que son hoy el Nepal y el Tíbet.

Cuando el papel sustituyó a la hoja de palma, en el siglo XV, se copiaron los mismos libros del budismo o el jainismo en el nuevo soporte, pero hacia la mitad de ese siglo se empezaron a iluminar nuevos títulos vinculados a los diferentes grupos del hinduismo para contar las historias de sus divinidades, como las victorias del dios Krisna, o ilustrar los textos filosóficos de la tradición shivaísta (rama del hinduismo que venera a Shiva como dios supremo).

Uno de los capítulos más fascinantes de la exposición es el dedicado a las pinturas, que a partir del siglo XV ilustran las narraciones persas más populares, encargadas por una clientela de élite que no busca ya, como ocurría en el pasado, incrementar sus méritos espirituales mediante las donaciones a los monasterios, sino mostrar esos trabajos como signo de educación, riqueza y sofisticación cultural.

Una de esas obras así ilustradas fue una versión del «Khamsa», un conjunto de cinco poemas persas escritos en el siglo XIII que relataban las conquistas de Alejandro Magno y las hazañas amorosas y épicas de diversos personajes históricos, ilustraciones de una exquisita sofisticación y un colorido bellísimo.

Para la historia del arte de esa parte del mundo es fundamental la figura del emperador mogol Akbar (1556-1605), que extendió sus dominios por el norte hasta Cachemira y se preocupó por la conciliación de las diferentes razas y religiones de su imperio, y creó una nueva forma de pintura. Era descendiente del gran Tamerlán, que instauró en Irán la dinastía timurí. Su padre, Humayun, había mantenido contactos en su exilio con los mejores pintores de la corte safaví de Persia.

El sha de Persia, convertido al Islam más estricto, prohibía a los artistas pintar figuras y despidió a los artistas de su corte, circunstancia que aprovechó Humayun para contratar a algunos de ellos.

A Akbar, que se convirtió en emperador con sólo 14 años por la muerte en accidente de su padre, le encantaban los relatos de acción, de aventuras e intrigas generosamente ilustrados por artistas tanto indios como persas en un estilo claramente nuevo, mucho más vital y tendente al realismo que el anterior.

Fue aquella una auténtica edad de oro del arte indio: Akbar contrató a un centenar de artistas para que trabajaran en el taller imperial bajo la dirección de siete pintores procedentes de la corte persa, y, como señala la comisaria de la exposición, «las obras realizadas conjuntamente por los artistas indios e iraníes, sometidas al realismo impuesto por el gusto del emperador, constituyen un excelente conjunto que revela un estilo nuevo, de una vitalidad sin precedentes».

Akbar acogió asimismo a los misioneros cristianos en Goa y Agra y fomentó además de las artes el comercio y la ciencia. Durante su reinado y los siguientes llegaron las estampas europeas que llevaban consigo los misioneros Jesuitas y que animaron a los artistas locales a recrear nuevos temas tanto cristianos como de inspiración europea.

Las obras realizadas por los artistas indios para los funcionarios y comerciantes británicos, de las que se muestran también algunas en la exposición del Thyssen-Bornemisza, reflejan el interés por los métodos de investigación científica del siglo XVIII y reproducen con un realismo hasta entonces inédito en esa parte del mundo ejemplos de la flora y fauna locales.

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