Sello inconfundible a la orilla del mar

La historia del proyecto del mural riosellano

 
Isabel Vigliola, esposa de Mingote; Silva, Antonio Mingote y Miranda, en la casa del dibujante en S. Pedro de Alcántara.
Isabel Vigliola, esposa de Mingote; Silva, Antonio Mingote y Miranda, en la casa del dibujante en S. Pedro de Alcántara. 

TONI SILVA En más de una ocasión Pepe Miranda y yo habíamos hecho planes para ir a visitar a Antonio Mingote a Madrid y recordar los buenos ratos que habíamos pasado con él durante sus varias visitas a Ribadesella, una villa que le sedujo desde el primer momento y sobre la que acuñó aquella frase: «Estaba diseñada por un diseñador de pueblos». Una vez más la vida -y su envés, la muerte- nos ha dado la suprema lección: si de verdad quieres hacer algo, hazlo cuanto antes y no lo fíes insensatamente al tiempo, pues no somos dueños de casi nada.

Mi experiencia particular con Mingote fue muy agradable, pues Antonio Mingote era, entre otras cosas, un señor muy agradable. Cuando el entonces alcalde me dijo que ya tenía un dibujante para realizar los murales sobre la historia del puerto de los que yo había hecho un guión narrativo, no me podía creer que el dibujante elegido fuera nada menos que Mingote, el más ilustre de los humoristas gráficos españoles. Y cuando Mingote aceptó humildemente mi guión y se puso a trabajar con entusiasmo sobre él, me dejó realmente impactado. Como era de esperar, no lo siguió al pie de la letra y transformó algunas cosas, creó otras y lo impregnó todo de una comicidad que no estaba en el guión, dejando su sello inconfundible para mayor gloria del puerto riosellano, cuya historia quedó contada en esos murales, no a mi manera, sino a la suya.

Yo le agradezco infinitamente que me haya caricaturizado como gacetillero en el más bello de los murales, el de la emigración, que es precisamente el que más se ajusta al guión que yo había escrito. Y sé que Pepe Miranda también le agradece que lo haya caricaturizado en otro magnífico mural, el de la Guerra de la Independencia, tirando de un cañón en la antigua batería de Guía, como implícito homenaje a su iniciativa de haber devuelto los cañones desde el mar hasta su emplazamiento original.

El momento más entrañable que viví con Mingote fue en el viaje relámpago que Pepe y yo hicimos a San Pedro de Alcántara, en la costa malagueña, donde el artista pasaba los veranos aunque no precisamente para descansar, pues aquel verano de 2006 lo dedicó a realizar los bocetos de los murales para Ribadesella. Digo «tuvimos que hacer» porque Mingote se negó a pasar el trabajo a limpio si el Alcalde y yo no le dábamos el visto bueno a sus bocetos, y nunca se me olvidará cómo espiaba (casi como un escolar presentando su ejercicio) nuestras reacciones cuando nos iba enseñando uno a uno los bocetos y la satisfacción que le produjo nuestro agrado -nuestro entusiasmo- ante aquella obra extraordinaria. También fue allí cuando nos hizo la confesión de que, a sus 87 años y con una carrera como la suya a sus espaldas, era la primera vez que aceptaba un guión de alguien, pues siempre había hecho lo que le había dado la real gana. Impresionante, la verdad.

Aquellas horas malagueñas, inolvidables, fueron ricas en confidencias. No voy a decir que descubrimos allí su faceta humana, pues el rasgo más notorio de la personalidad de Antonio Mingote es (bueno, era) su humanidad, su humildad, su cercanía. Nos contó algún chiste, disfrutando él el primero. Y nos habló con emoción de su tierra aragonesa y de sus padres, de sus recuerdos de la guerra en Barcelona y de sus amigos y compañeros del mundo de las artes y sobre todo del cine, con cuyas gentes tuvo relaciones muy estrechas, desde Analía Gadé a Vicente Parra, Antonio Ferrandis, Gracita Morales, Alberto Closas, Tono, Edgar Neville y el productor Benito Perojo, casi todos ellos veraneantes en San Pedro de Alcántara desde los años sesenta. «Y sólo quedo yo vivo...», nos acabó diciendo con voz queda.

La humildad de Antonio Mingote no era una pose, como tantas veces se detecta en los humildes de cartoné y trampantojo. A él le cansaban los halagos y creo que si los aguantaba durante un rato era para no ofender a sus interlocutores. Cuando en una ocasión, desde un micrófono, me puse a ensalzar su obra y su persona, me cortó graciosamente poniéndome un vaso de agua ante las narices y diciéndome: «¡Toma, bebe!» Y no me quedó más remedio que beber y reírme. O reírme y beber, no recuerdo bien. Lo que no le cansaba era estar con la gente, escuchar y, si venía a cuento, opinar. Sin pelos en la lengua, porque tenía opiniones de las cosas, como siempre dejó claro en sus chistes gráficos, mucho más que meros chistes. Y tenía una paciencia asombrosa, como pudimos apreciar durante sus visitas a su querida Ribadesella, donde firmó con gracia y esmero todo lo que le pusieron por delante, que no fue poco.

Su obra, ingente, está en las hemerotecas, bibliotecas y filmotecas, pero también al aire libre, pues en Ribadesella ha dejado su obra pública más relevante: los murales sobre la historia de este puerto, inaugurados en enero de 2007. Pienso que en los últimos años Ribadesella no ha sabido darle a esta obra toda la importancia que tiene y ha estado como escondida allí, entre los plátanos del paseo de la Grúa y sin una promoción ni señalización adecuadas.

Quizás ahora las cosas empiecen a cambiar, pues me consta el interés de la actual Corporación por la figura de Antonio Mingote, a quien se le llegó a encargar hace unos meses una obra sobre Agustín Argüelles que -aunque quiso hacerla- el declive físico le impidió realizar. Quizás a partir de ahora Ribadesella vuelva a querer a su Antonio Mingote tanto como Antonio Mingote quiso a su Ribadesella.

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