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Un mar de palabras

26.02.2012 | 17:40

«Parece que no todo el mundo está de acuerdo con lo que tú piensas», me dice un amigo. «Me deprimiría que ocurriera lo contrario», le respondo. «¿Has visto lo que escribe hoy en el "Abc Cultural" Luis García Jambrina de la edición de Rosales que tú pusiste por los suelos el otro día? Todo son elogios». «Me alegro. Conocí a Xelo Candel Vila en Valencia. Fue muy amable conmigo. No entendía muy bien mis reparos. Yo, en lugar de atenuarlos, le añadí otros muchos que no había puesto por escrito. La verdad es que su edición de los poemas primeros de Luis Rosales es el mejor modelo de lo que no debe ser una edición. ¡Con lo que yo trabajé en el Archivo Histórico Nacional!, se disculpaba. Recordé aquel capítulo de la serie Big Bang, en el que Penny, la ingenua vecina de los destacados jóvenes físicos del Instituto Tecnológico de California, le pregunta a Sheldon si Leonard siempre ha salido con mujeres superdotadas intelectualmente, si no le gustan las chicas normales (ella es camarera y aspirante a actriz), y Sheldon, después de pensar un momento, responde: bueno, una vez tuvo una novia que era doctora? en literatura».


«¿Ves "Big Bang"? Yo creo que tú te pareces un poco al protagonista». «Hombre, gracias». «¿Gracias? Es soberbio, siempre quiere tener razón, carece de empatía, está obsesionado con el orden, se sienta siempre en el mismo lugar, es incapaz de guardar secretos, no tiene ningún interés en el sexo opuesto (ni quizá en el propio), no soporta que le toquen, trata de aplicar la lógica científica a todo, es un inútil para cualquier actividad práctica, no tiene carné de conducir, hace siempre lo mismo a la misma hora del día, sus amigos no le aguantan, padece un trastorno obsesivo compulsivo? En fin, no sigo. ¿Y me das las gracias porque te comparo con él?». «Olvidas que es intelectualmente brillante, y que se cree un genio, y que lo es». «En eso también se parece a ti. En creérselo, no en serlo».


Leo de un tirón «El Sunset Limited» , de Cormac McCarthy, diálogo entre un profesor que ha intentado suicidarse arrojándose al tren y un negro predicador que le ha salvado la vida. Qué secas, escuetas, precisas palabras finales: «Si la gente viera el mundo como lo que es. Si viera lo que la vida es realmente. Sin sueños y sin ilusiones. Dudo mucho que nadie pudiera aportar una sola razón para no elegir la muerte lo antes posible».


Me temo que vamos a tener que cambiar de lugar de la tertulia. Recuerdo la manía de Víctor Botas con las corrientes de aire. A mí eso me parecía cosa de viejos. Ahora el viejo soy yo. Me he traído esta tarde, para pasar el rato que voy a estar con un café, los poemas últimos de Vicente Gallego, unos ejercicios para corregir y «Mi infinito», de Margherita Hack, que tiene un sugerente subtítulo: «Dios, la vida y el universo: reflexiones de una científica atea». Releo los sabios versos de mi amigo Vicente, corrijo los trabajos de los alumnos, subrayo una frase de la estudiosa de la astronomía: «Creer en Dios es un modo infantil de explicar todo aquello a lo que la ciencia no puede dar respuesta, y nace de la necesidad de tener un apoyo, un guía, alguien que nos explique cuál es el sentido de la existencia».


Estoy en la cafetería de la calle de Santa Susana exactamente cincuenta y siete minutos y en ese tiempo la puerta de la calle se ha abierto y cerrado (gente que llegaba, marchaba, salía a fumar) exactamente cuarenta y tres veces. Como no tiene protección ninguna, son exactamente cuarenta y tres siberianas corrientes de aire, separadas cada una de ellas por poco más de un minuto. Al resto de los clientes no parece importarles. Debo de ser el único sensible al frío. Y yo que me reía tanto de Botas y su temor a los resfriados... Habrá que buscarse otro lugar. ¡Un nuevo cambio en menos de un mes! No sé si podré resistirlo. Me temo que no estoy hecho para tantas aventuras.


«¿Así que estuviste en Valencia el martes pasado? ¿Y volviste el miércoles? ¿Y fuiste invitado a leer poemas? ¿No tienen dinero para pagar la calefacción de sus colegios y lo tienen para invitarte a ti? ¿Y nada más llegar tú las protestas de los estudiantes se hicieron más violentas?»


Respondo a las preguntas de mi amigo con otra pregunta: «¿Qué quieres insinuar, que yo fui el enviado secreto de Rubalcaba para atizar las revueltas?». «Yo no digo nada, pero me parece mucha coincidencia».


Sonrío. Mi amigo Paco es un fino analista de la realidad política; anduvo acampado en la plaza de la Escandalera, cuando lo del 15-M, y luego votó a Álvarez-Cascos porque estaba harto de los políticos tradicionales. Ahora me ve como un peligroso radical que, para vengarse de la derrota electoral, quiere convertir a España en Grecia. Me confunde con Aznar. Yo no me vengo denigrando y tratando de hundir a mi país. A Valencia solo fui a leer poemas y a pasearme por las calles fotografiando pintadas y otras muestras de arte urbano. Ya me gustaría a mí que alguien me hubiera encomendado alguna secreta misión. Yo creo que manipular e intrigar son actividades que se me dan bien, aunque las practique poco. Debería haberme dedicado a la política, como mi admirado Víctor de la Concha, en lugar de a la vana ociosidad literaria.


No puedo dormir. Abro el libro de Cormac McCarthy y releo la respuesta del fallido suicida a los intentos evangelizadores del predicador negro, un expresidiario, que le ha salvado y quiere devolverle el amor por la vida: «Yo no creo en Dios. ¿Tan difícil es de entender? Mire a su alrededor, hombre. ¿Es que no lo ve? El griterío de los que sufren lo indecible debería ser para él, si existiera, el más agradable de los sonidos. Ese compañerismo, esa hermandad que usted defiende es una hermandad de dolor y punto. Y si ese dolor fuera colectivo de verdad y no meramente reiterativo, su propio peso arrancaría el mundo de los muros del universo y lo lanzaría en llamas a través de la noche hasta que no quedase de él ni ceniza siquiera. ¿La justicia? ¿La fraternidad? ¿La vida eterna? No me fastidie, hombre. Dígame una religión que prepare al hombre para la muerte. Para la nada. A esa secta quizá sí que me apuntaría. Su religión lo cifra todo en más vida. Más sueños, ilusiones, mentiras. Si fuera posible proscribir el miedo a la muerte de los corazones humanos, la gente no viviría ni veinticuatro horas. ¿Quién iba a querer esta pesadilla a no ser por miedo al día siguiente? Sobre cada alegría humana pende la sombra del hacha. Todo camino acaba en la muerte. Peor aún. Toda amistad. Todo amor. Tormento, traición, pérdida, sufrimiento, dolor, vejez, humillación, enfermedad horrenda y prolongada. Y todo ello con un solo final. Para usted como para todas las personas y cosas que ha elegido querer».


Eso es lo que pienso yo en las noches de insomnio: «Y no hay vuelta atrás. No se pueden arreglar las cosas. Quizá en otro tiempo. Ya no. Solo queda la esperanza del vacío. De la nada. Yo me aferro a esa esperanza. Ábrame la puerta. Por favor».


Eso es exactamente lo que pienso yo. Pero solo en las noches de insomnio. Cuando me levanto, ahí están de nuevo, sobre los tejados que me cercan, el cielo azul y las montañas nevadas y la dorada torre de la catedral.


Jueves, 23 de febrero


¿Por qué me fascinan tanto las casas abandonadas? Fui a ver «La dama de negro», una película de las de antes, y reviví los terrores de mi adolescencia. He soñado muchas veces con ese caserón que queda aislado cuando sube la marea, con ese jardín abandonado que es a la vez cementerio, con ese rostro de mujer que se difumina en la ventana ? Cuando yo tenía once o doce años, al salir del Instituto (entonces al final de Galiana), un grupo de amigos decidimos explorar un ruinoso caserón de indianos que estaba (todavía está, y sigue igual de amenazador) en Buenavista.


Saltaron todos la herrumbrosa verja, menos yo, que no fui capaz, y me quedé fuera, avergonzado, mientras mis amigos caminaban por el jardín hasta la casa. Les vi empujar el portón central y entrar? Me pareció que pasaba una eternidad, que no iban a salir nunca. Ya iba yo a marcharme para avisar a alguien cuando comenzaron a salir, uno tras otro, con el rostro desencajado, la ropa echa jirones. Pero no corrían, caminaban muy lentos, como ausentes. Saltaron la verja sin decir palabra, se fueron, cada uno por su lado, sin decirme nada.


Al día siguiente los volví a ver en el Instituto, parecían recuperados. Antes de formar filas les pregunté por lo que habían visto. No había nada que ver, dijeron. Polvo y telarañas.


Pero a mí no me engañaban. Algo había visto de lo que no podían hablar. Algo terrible. Nunca quisieron volver a pasar por aquel lugar. Yo sí, todos los días, al regresar a casa, porque poco después nos fuimos a vivir a la Carriona.


Perdí la pista de esos amigos. Hace poco supe que uno de ellos, después de rodar por el mundo, vive en Piedra Blancas. Me puse en contacto con él. Ni recordaba aquella aventura. Yo no la he olvidado. Sé que dentro de aquella casa, que todavía sigue ahí, sin acabar de caerse, en las afueras de Avilés, había algo. Algo. Espantoso. Aterrador. Sé que todavía sigue ahí.


Taresa Lorences ha preparado un libro con las historias, poemas y canciones que han escrito sus alumnos del Máster Erasmus Mundus en Biodiversidad Marina. Yo leo ese libro, «Un mar de palabras», con la fascinación del sedentario que nunca ha salido de casa. Martin Romain, belga, anduvo por la Polinesia francesa estudiando a los tiburones: «Mi trabajo consistía en bucear y tomar fotos de la aleta dorsal (que es como una huella digital) y en capturarlos y subirlos a bordo para anotar ciertos datos. Bucear con treinta tiburones alrededor no es fácil. Con el tiempo me acostumbré. Ellos también eran muy curiosos y a veces mordían mis aletas tratando de averiguar qué clase de comida era».


Escucho sus historias y poemas en el Aula Magna, y siento nostalgia de todos los lugares en los que nunca estuve, de todas las vidas que no he vivido. Sigo siendo el niño que viaja con un dedo sobre el mapa o con un libro entre las manos. Quizá la única manera de viajar, la única manera de vivir, que no nos defrauda nunca.

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