01 de mayo de 2012
01.05.2012

La escuela de un gran conversador

Un hombre de bien, invulnerable en sus convicciones y con un instinto infalible para la noticia

01.03.2012 | 04:37
La escuela de un gran conversador

Podía ser muy divertido y muy pesimista sin solución de continuidad. Así se comporta el verdadero sentido del humor, genuina seña de Juan Ramón, al igual que su lealtad a los amigos. No coincidimos en la redacción de LA NUEVA ESPAÑA porque él ya había salido cuando entré, pero incluso entre periódicos competitivos separaba el vinculo personal de las tensiones por la noticia y por la audiencia. Entre muchos recuerdos estupendos, es muy vívido el ruido que armaba tocando la batería en los bajos de una famosa cafetería ovetense. Me despedían la primera vez que me alejé profesionalmente de la ciudad, y eran más los compañeros de este periódico que los del mío. Han pasado 46 años y sigue clara la memoria de aquella noche que selló amistades para toda la vida.


La capacidad de pasarlo bien entre colegas y el sentimiento trágico de casi todo escindían su discurso entre sonoras carcajadas y encendidas criticas. Podía indignarse hasta la iracundia con los hechos y las ideas, pero salvaba a las personas incluso en el error. Era culto y castizo a la vez, sinceramente conservador y, sin embargo, muy contemporáneo. Inspiraba siempre la confianza del hombre de bien, tan invulnerable en sus convicciones como abierto a otras, caballeroso y con calidad dialéctica fuera de serie. De Oviedo a Madrid, a La Habana, Lisboa, de nuevo Madrid y finalmente su Gijón esencial, la trayectoria periodística de Clotas fue envidiable en aquel tiempo, como también la independencia de su estilo de vida, el descapotable deportivo de cuna «british» que nos epataba en la era del seiscientos y el humor de una pose amable que caía bien a tirios y troyanos.


Los periodistas valoramos primordialmente el instinto de la noticia, infalible en Juan Ramón y asociado a una memoria descomunal de cuantos temas movilizaban su interés, todos o casi todos. Su conversación estimulaba el afán de ponerse a la tarea con rigor. Así dirigía el periódico, y ésa era la pauta inductiva de su enseñanza. Confiaba en los profesionales jóvenes y a su vera trabajaron algunos que, después, fueron líderes. A su manera desenfadada y elegante, se sabía mayeuta y ejercía. Nunca dejó de trabajar inspirando, sugiriendo y escribiendo. Aunque muy escasos en los últimos años, los encuentros con Clotas dejaron huella en mí. Sentiremos muchos su ausencia en esos instantes perplejos que, a cualquier edad, nos hacen volver la mirada interior en busca del maestro.

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