Ciencias sociales

La economista que no cesa en su lucha contra la pobreza

Duflo cree que las desigualdades se deben a la falta de educación

23.10.2015 | 10:06
Arriba, Esther Duflo, en Ruanda. Sobre estas líneas, impartiendo una conferencia.

Hija de un matemático y una pediatra, de la ganadora del "Princesa de Asturias" de Ciencias Sociales, Esther Duflo, destaca su carácter extremadamente organizado y cerebral y su inteligencia superdotada. Duflo cursó el Bachillerato en el monumental Lycée Henri IV, uno de los viveros de la futura élite francesa, situado en la parisina plaza del Panthéon, y posteriormente en la laureada École Nórmale Supérieure, donde obtuvo sendos grados en Historia y Economía. En más de una ocasión ha afirmado que primero se interesó por las políticas de desarrollo y sólo después por la economía. En 1993, mientras trabajaba para el Ministerio de Hacienda ruso sobre la transición hacia la economía de mercado, se encontró con el también economista Thomas Piketty en Moscú (entonces en el MIT), quien le habló de las oportunidades que podría encontrar en Estados Unidos. Tras obtener un posgrado en Economía en la École des Hautes Études en Ciencias Sociales, cruzó el charco y se doctoró en el MIT. Allí sigue. Franco-americana, actualmente es profesora de Economía y trabaja en el Jameel Poverty Action Lab (laboratorio de acción contra la pobreza conocido como J-PAL), institución que ella misma contribuyó a fundar en 2003 junto a su pareja, el economista indio Abhijit Banerjee, y donde conduce investigaciones sobre el comportamiento de los hogares, la escolarización, la evaluación de las políticas de ayuda al desarrollo y la microfinanciación.

Sus proyectos en materia de educación se han centrado principalmente en luchar contra las bajas tasas de asistencia escolar, tanto de profesores como de alumnos, uno de los principales problemas en las escuelas del mundo en vías de desarrollo. Estos trabajos han permitido demostrar cómo entregar un simple tratamiento contra los parásitos en las aulas, o unas charlas informativas a los padres sobre los beneficios de la educación pueden elevar las tasas de asistencia a un coste muy bajo. Sin embargo, aseguran, también se ha demostrado que proveer de materiales como libros de texto, cuadernos o lápices tenga algún impacto en el aprendizaje y exige un desembolso económico mucho mayor.

Duflo ha recibido numerosos premios y distinciones, entre los que destaca la medalla John Bates Clark en 2010, que distingue al mejor economista estadounidense menor de 40 años. La mitad de cuyos galardonados termina por recibir el Nobel dos décadas después, y el reciente "Princesa de Asturias" de Ciencias Sociales. En 2011 la revista "Time" la incluyó en la lista de las 100 personalidades más influyentes del mundo. A sus 42 años, es doctora honoris causa por las Universidades de Yale, Libre de Lovaina y la London Business School, miembro de la Academia Americana de las Artes y las Ciencias. Además, es autora, junto con Banerjee, de "Poor Economics: A Radical Rethinking of the Way to Fight Global Poverty" ("La economía de los pobres: un replanteamiento radical de la forma de luchar contra la pobreza global", con el que ganó el premio al libro económico del año de Financial Times y Goldman Sachs.

Estos numerosos reconocimientos a la economista franco-estadounidense se deben a su trabajo en el ámbito de la microeconomía experimental, disciplina que parte de la observación cotidiana de problemas concretos a los que trata de dar respuestas sencillas y prácticas. Desde este punto de vista, las investigaciones de Duflo sobre la pobreza y el desarrollo se asemejan a las que realizó Elinor Ostrom (única mujer en haber recibido hasta la fecha el Nobel de Economía) en la década de los 90 sobre la teoría de la acción colectiva y la gestión de los bienes comunes. Duflo argumenta que gran parte de las políticas de lucha contra la pobreza no logran sus objetivos debido a una comprensión inadecuada del problema. Se pregunta, por ejemplo, por qué alguien que no tiene lo suficiente para alimentarse se compra un televisor o por qué el aprendizaje de los niños en situación de miseria es difícil incluso cuando asisten a la escuela. En su opinión, la pobreza no es solamente una cuestión de ingresos, "sino también de falta de educación, de sanidad y de control sobre la propia vida".

Junto a otros miembros de J-PAL, Duflo ha trabajado en decenas de países durante años, estudiando sobre el terreno los determinantes de la miseria y experimentando la mejor manera de resolverlos en cada caso. Cree que los políticos, como los investigadores, son prisioneros de la ambición de querer hacer demasiado y resolver el problema de una sola vez. La batalla contra la pobreza se puede ganar, en su opinión, a condición de respetar tres condiciones básicas: tener paciencia, trabajar de manera rigurosa y aprender de la evidencia empírica.

Sobre el papel de los economistas a la hora de analizar el problema de la pobreza, Duflo opina que su labor principal debería consistir, por un parte, en identificar y proponer soluciones concretas y, por otra, en evaluar su aplicación de una manera rigurosamente científica. En este sentido preconiza la evaluación aleatoria de las políticas de ayuda al desarrollo, metodología que J-PAL aplica de manera sistemática. En 2012 se incorporó al Global Development Council, institución encargada de asesorar al presidente de los Estados Unidos sobre la ayuda a los países en desarrollo. Eso no implica que quiere trabajar en política. "Eso exige que una esté convencida de su verdad o que sea completamente cínica", comentó en una entrevista. Duflo no se prodiga en los medios de comunicación. Es una "carga" que acepta como parte de su trabajo, con una sonrisa apretada en la comisura de los labios. Es una economista, científica social, que disfruta con su trabajo y no necesita pregonar lo que hace.

Sus colegas aseguran que Duflo es "el icono de cómo deberían ser todos los economistas hoy en día". No es sólo una mente brillante, que ha destacado en las prestigiosas aulas de MIT, sino que ha roto con la imagen de "economista encerrado en su despacho" y "ha bajado al barro", a la realidad de los países más pobres, para probar sobre el terreno las más novedosas fórmulas econométricas desarrolladas en las universidades. Aunque ella no se considera una revolucionaria. "Yo diría que en muchos sentidos nuestra postura es justo lo contrario a una revolución. Hay mucha gente en la lucha contra la pobreza que quiere ser revolucionaria, lograr un objetivo que resuelva todo el problema. Y nuestra aproximación es más gradual", explicó en una entrevista en 2012.

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