JUAN ANTONIO FRAILE | Misionero comboniano en el Congo

"Lo bueno de Manos Unidas es que nadie puede trapichear con el dinero que recogen"

"En el Congo se decidió que - la mejor forma de dominar a un pueblo es mantenerlo inculto - pero creyendo que sabe"

14.02.2016 | 04:55
Juan Antonio Fraile, esta semana, en Oviedo.

Juan Antonio Fraile Gómez, miembro de los Misioneros Combonianos, trabaja en la República Democrática del Congo desde 1994. Madrileño de 55 años, acudió a Asturias esta semana para colaborar en la campaña de Manos Unidas, que hoy culmina su recogida de donativos para financiar nueve proyectos de desarrollo en África y Asia.

-¿Cómo es la colaboración de Manos Unidas con el Congo?

-Conozco varios proyectos, por ejemplo, de construcción de escuelas o institutos. Una de las características es que en esos proyectos y obras se cuenta con la colaboración de las personas de allí, que aportan lo que pueden. Por ejemplo, la piedra, la fabricación de ladrillos o la mano de obra. El resto, que es carísimo allí, como el cemento y otros materiales, se cubre con el dinero que llega de Manos Unidas.

- ¿Por qué esa carestía?

-A pesar de ser pobre la zona en la que yo estaba, el que ganaba 30 dólares podía considerarse en una situación relativamente buena, sobre todo si trabajaba una pequeña tierra propia. Y todo ello contando con que no cayera enfermo, porque allí no hay Seguridad Social. Pero otro inconveniente es que los precios no están bajos. Por un saco de cemento se llegan a pagar 50 dólares, mientras que aquí viene a costar seis euros, diez como máximo. Allí cuesta 15 en la capital, pero como no hay carreteras ni transporte, en la estación de lluvias llega a esos 50 dólares. Así que la construcción es más cara que aquí.

-¿Cómo llega el dinero de Manos Unidas?

-Lo bueno que tienen sus proyectos es que son muy concretos y siempre dedicados al desarrollo. Además, Manos Unidas realiza un seguimiento, de manera que no consiste en "ahí va esta ayuda", sino que hay un control muy serio para que el proyecto se culmine y para que nadie pueda trapichear con ese dinero.

-Además de la educación, ¿cuáles son los otros proyectos?

-La Iglesia es la institución que más lucha allí por la educación, la sanidad y la promoción de los derechos de las personas. En cuanto a la sanidad, por ejemplo, en la población de Mungbere, en la provincia oriental, tenemos el único hospital en 150 kilómetro a la redonda, además de una parroquia y 16 escuelas, tres de ellas de secundaria. A ese hospital traen a la gente en bicicleta desde 50, 100 o 200 kilómetros de distancia y reciben una buena sanidad.

-El Congo es el país del coltán, el mineral que se utiliza en la fabricación de casi todos los dispositivos electrónicos.

-Más del 80 por ciento de coltán del mundo está en el Congo y es fuente de terribles guerras económicas. En el este, que tiene frontera con Ruanda y Uganda, es donde están los problemas más serios. Ruanda es el mayor exportador de coltán del mundo y no tiene minas de coltán. ¿De dónde lo sacan? ¿De una chistera gigante? No. Lo que pasa es que hay grupos armados que se definen como los Tutsis ruandeses que viven en el Congo y que están armados y dirigidos por el gobierno de Ruanda. Provocan desordenes con matanzas y violaciones y la gente huye. Entonces, cogen gente para extraer el mineral y les pagan una miseria, o prácticamente nada, y ese mineral pasa a la exportación. A las multinacionales les interesa este tipo de comercio. Y pasa lo mismo con el oro o los diamantes.

-¿Qué hace el Gobierno del Congo?

-Prácticamente no tiene un poder táctico, como entendemos en Europa, sobre la situación. Hay un ejército en el país que está mal pagado y que se dedica a saquear periódicamente a la gente. Eso hace que el país viva en una inseguridad y una miseria crónica.

-¿Otras situaciones de alarma?

-El nivel de educación es bajísimo desde Mobutu, que solía decir que la mejor forma de dominar a un pueblo era mantenerlo inculto, pero creyendo que sabe. Es decir, Mobutu, que fue derribado en 1997, nunca prohibió las escuelas, ni las suprimió, pero dejó de pagar a los maestros. Muchos dejaron sus puestos porque tenían que mantener a sus familias. A la vez, la corrupción entró en las escuelas de una manera descarada. Los niños acaban trabajando en las tierras del maestro, por orden de este. Otros maestros piden dinero a los padres y a los alumnos diciendo: "Si quieres seguir, tienes que pagar, y si no es en dinero, en especie". Y al final del año se dan las puntuaciones, o los títulos, y los chicos creen que habían adquirido conocimientos y por eso nunca buscan mejorar en lo que saben.

-¿Cómo llegaron los Combonianos al Congo y cuántos son?

-Nuestro fundador, Daniel Comboni, fue el primer obispo del África Central y murió en Sudán. De allí expulsaron a los Combonianos en los años sesenta y siguieron a los refugiados hacia los países limítrofes, entre ellos, el Congo. En el presente somos unos 80, incluyendo a nuestros estudiantes de Teología. Es un buen número, y si al principio la mayoría éramos europeos o americanos, en el presente hay muchos africanos.

-Ochenta en una población de...

-Es un misterio, porque no hay censo. Cuando yo llegué eran unos 33 millones de congoleños y hoy deben de ser unos 80 o 90 millones. Pero ya digo que no hay ningún censo oficial.

-¿Tienen ustedes problemas políticos?

-Siempre hay que andar con cuidado porque no gusta que digas que algo no es justo. Pero la Iglesia siempre se ha involucrado. En el proceso de paz y en las primeras elecciones democráticas, en 2004, la Iglesia jugó un papel fundamental, con el obispo Monsengwo, elegido por católicos y no católicos como presidente de la conferencia de paz de 1991 y del Consejo de la República en 1992.

-Ustedes trabajan con los Pigmeos.

-Querían excluirlos de las elecciones. Decían que no sabían votar e incluso se les desprecia considerándolos entre el chimpancé y el hombre. Pero la Iglesia organizó una marcha con ellos en la que decían: "Nosotros somos congoleños". En una parroquia en la que yo estuve, se llevaba 30 años trabajando con ellos. Al principio se retraían, pero después se les ofreció un internado -ahora hay cinco-, para que sus hijos estudiaran, porque en la estación seca las familias se desplazan al interior de la selva para cazar y pescar, pero dejan a los hijos para que reciban educación. Así, el salto que dan es el de reconocerse como personas iguales a los demás, ni menos ni más, y de esa forma valoran su propia cultura y a la vez van a poder reclamar sus derechos y sentirse miembros de la sociedad.

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