12 de junio de 2016
12.06.2016
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BEATRIZ DÍAZ | Soprano

"Siempre digo que quiero cantar con los mejores aunque yo sea la peor"

"Me siento preparada para interpretar a la Mimí de 'La Bohème'; Puccini, a quien adoro, es un compositor que necesita madurez"

12.06.2016 | 05:25
Beatrz Díaz.

Oviedo, Pilar RUBIERA

El 11 de noviembre de 2002, fiesta de los nabos de San Martín, la soprano allerana Beatriz Díaz debutaba en el Campoamor en la ópera "L'amico Fritz" de Mascagni, en el rol de la criada Caterina, "diecisiete compases que para mi eran la bomba", afirma. Tenía 21 años. Primer premio en el concurso de canto "Francesc Viñas" en 2007, el próximo año celebrará los quince de aquel debut, en el mismo escenario, pero lo hará en un rol principal, el que interpretó en su presentación en La Fenice de Venecia. La cantante asturiana se ha convertido "de forma natural y muy libre" en una de las mejores voces de la lírica internacional, con actuaciones en algunos de los principales escenarios operísticos y dirigida por grandes maestros. Su voz y su carácter interpretativo han dado vida a mujeres como Musetta en "La Bohème", Diane de "Iphigénie en Aulide", Zerlina de "Don Giovanni", Liú de "Turandot" o la cantata "Carmina Burana". Aquella niña de tres años a la que una rara enfermedad llevó a la cama del hospital y que cantaba a la enfermera las nanas que ésta, previamente, le había cantado a ella, y que con sólo seis años sorprendió, primero a sus padres, y después a todo Boo, interpretando en el concurso anual para niños "El pintor que pintó a Xuana", la tonada que había escuchado cantar a su padre, Ricardo Díaz, es hoy una intérprete solicitada, que tiene contratos firmados para los próximos tres años.

Alumna fija de la mierense Elena Pérez Herrero, a quien considera su maestra, ha recibido clases magistrales de personalidades de la lírica como Montserrat Caballé, Mireia Freni (estuvo entre los 15 seleccionados en una audición de 300 intérpretes), Elena Obraztsova y Mady Mesplé. Hija y nieta de mineros, apasionada, alegre, siempre con una sonrisa y muy tenaz, Beatriz Díaz está a punto de dar a luz a su primer hijo, a quien ella y su marido han decidido llamar Luca. "Me fascina la idea de poder criarlo viajando, viajar enriquece, te abre la mente a nuevos horizontes". Sigue soñando con dar voz y vida en el escenario, algún día, a Mimí, de "La Bohéme". "Me siento preparada y me apetece; Puccini, a quien adoro, es un compositor que necesita madurez".

-Actuaciones en los teatros operísticos de Roma, Génova, Venecia, París, Buenos Aires, Tokio, Madrid y, por supuesto, Oviedo. Da la impresión de que ha dirigido con gran acierto su carrera. ¿Cual es el secreto?

-Detrás hay mucho sacrificio, mucha audición y mucho trabajo. La de cantante es una carrera que te obliga a tener una gran disciplina y aunque yo trato de darle una cierta normalidad para que no se adueñe de mi vida, has de estudiar continuamente y estar siempre preparada. Hay también muchas horas de soledad aunque las nuevas tecnologías ayudan, y mucho dinero, primero de mis padres y luego mío. Cantar es estudiar, trabajar y cuando estás parada seguir estudiando.

-¿Cuántos montajes suele hacer al año?

-Cinco o seis, a veces siete. No me importan que sean clásicos o modernos, no soy miedosa, soy bastante participativa y juguetona, pero también soy muy seria. Me gusta llevar los deberes hechos.

-Está a punto de dar a luz y ha trabajado hasta hace tres semanas. ¿Cómo ha influido el embarazo en su voz?

-Hasta el momento, lo he llevado genial. Fisiológicamente cambias mucho pero el mayor problema es que el diafragma, que es el pilar donde se basa toda tu estructura de respiración, asciende mucho. Tienes que acostumbrarte a nuevas sensaciones, también es cierto que tienes más capacidad pulmonar, y la voz está mucho más brillante, mucho más armónica; el embarazo suele ser una experiencia positiva para la voz.

-¿La niña Beatriz cantando "El pintor que pintó a Xuana", de la que se conservan imágenes televisivas, es el momento clave que marca su futuro como intérprete?

-Nada en mi vida estuvo planeado, todo surgió de una forma natural y muy libre. Tuve la inmensa suerte de que, por entonces, arrancó el conservatorio de Moreda y como mi padre me vio aptitudes, me inscribió, pero sin esperar que yo me dedicara a cantar. En los conciertos de fin de curso, siempre cantaba, pero el piano nunca me gustó. Hice el grado elemental en Moreda.

-Intentó seguir el grado medio en Oviedo, pero no pasó la prueba, ¿qué pasó?

-Tenía 14 o 15 años y aunque cantaba bien y tenía buena voz, apenas tenía nociones de canto. Cantaba al estilo de Whitney Houston o Maríah Carey. Habíamos elegido dos obras, una en italiano y la otra era un lied de Schubert al que nosotros habíamos puesto una letra en español porque no sabíamos que ya tenía letra. En la prueba estaban tres chicos de 28 años, que imagino que, por edad, ya tendrían una base, y yo. A mi me habían dicho que no hacía falta acompañamiento de pianista, pero ellos lo llevaban. Canté las dos cancioncillas, obviamente sin ningún tipo de preparación, y no me cogieron. Pero esto me llevó a la que ha sido y es mi profesora Elena Pérez Herrero.

-¿Tiene alguna frustración por aquel rechazo?

-En absoluto. Ese rechazó me llevó hacia una persona que me abrió muchas puertas y me enseñó muchas cosas. No se cómo hubiera sido mi camino de la otra forma, pero el que fue me parece estupendo. Tienes que tener libertad para poder elegir la profesora o el profesor con el que te encuentres a gusto, llámese Elena Pérez Herrero, Montserrat Caballé o Mireia Freni. Considero que cuantos más títulos y más formada estés va a ser mejor, pero yo encontré mi camino casualmente. La idea inicial era estar un año con Elena y volver a presentarme a la prueba del conservatorio el curso siguiente.

-¿Y por qué no lo hizo?

-Durante ese tiempo avancé mucho, empecé a cantar de otra manera, como no lo había hecho antes, y decidí seguir un año más. Seguíamos evolucionando, fueron surgiendo cosas y a los 18 años empecé a hacer audiciones y a tener trabajo, hasta hoy. Cuando vuelvo a casa siempre pasó la ITV con Elena, como yo digo, porque ella conoce la voz, cómo empezó, cómo ha evolucionado, en qué estado está. En los escenarios coges vicios y necesitas una puesta a punto. Necesitas una oreja fuera que te escuche.

-¿Y qué le dice esa oreja de su voz actual?

-Llevamos un trabajo muy estricto, no voy a su clase para que me palmaditas en la espalda sino a sacar punta de todo, a intentar exprimir al máximo una partitura con el instrumento que tu tienes, que es la voz. En el canto como en la vida, cada uno tiene que encontrarse a sí mismo, sacar su personalidad y buscar su verdad dentro de su instrumento. Yo trabajo técnicamente, soy como un soldador de precisión. Obviamente, al cantar abres la boca y suena, lo difícil es ir más allá, jugar con las dinámicas, pianos, fuertes, un entramado de cosas que exigen un continuo aprendizaje. Yo siempre escucho a otros cantantes pero, por defecto profesional, visualizó lo que están haciendo internamente.

-¿Incluso con aquellos intérpretes que logran emocionar? ¿No le invade a usted también esa emoción?

-Hay momentos en los que te tienes que dejar llevar, pero siempre tienes ese defecto profesional. He tenido la suerte de estar sobre los escenarios con gente de gran nivel y, en esos casos, aparece también la admiración, cuando ves que por más que lo analices, lo que están haciendo es perfecto. Me pasó con Gregory Kunde, para mi uno de los mejores tenores de la actualidad, en "Un ballo in maschera". Estar encima de un escenario con esa gente te hace crecer. Siempre digo que quiero cantar con los mejores aunque yo sea la peor. Pasa un poco lo mismo cuando trabajas con grandes directores, a mi me lo decían cuando lo hice con Riccardo Muti, pero esa gente siempre intenta sacar la mejor versión de ti.

-¿El concurso "Francesc Viñas" y sus dos trabajos con Muti son los dos hitos de su carrera?

-Sin duda. Y tal vez añadiría mi debut en el teatro Colon de Buenos Aires.

-Defina en una frase sus dos trabajos con Muti, la interpretación de la "Misa Defunctorum" de Paisiello y la "Iphigènie en Aulide", de Gluck.

-Un sueño hecho realidad, en cierto modo una recompensa por el trabajo hecho. Verle trabajar, que me dirigiera, que me diera entradas, fue espectacular.

-¿Y el "Viñas"?

-Emoción, lágrimas y abrazos con mi padre, que me acompañaba. Canté muy tranquila y, pese a que soy muy autocrítica, ese día supe que lo había dado todo.

-¿Y el Teatro Colón?

-Canté "Gianni Schicchi" de Puccini con Joan Pons. En el disco que yo tengo en casa y que ponía para escuchar esta ópera, los cantantes eran Mireia Freni, la persona con la que estudié en Italia, y Pons. Verme allí, en aquel escenario, con ese grandísimo intérprete, fue espectacular. De cría jamás pensé que me iba a dedicar a la ópera, de hecho empecé a estudiar Biología. Asistí a la primera, "Romeo y Julieta" a los 19 años, en el Campoamor. La ópera entró en mi casa por mi, y mi primer disco me lo trajeron los Reyes Magos.

-¿Qué le decían sus amigos?

-Al principio me escondía, tenía una especie de pudor.

-¿Y qué le dicen ahora?

-Tengo mucha gente alrededor que me conocen a mi pero no conocen el mundo de la ópera, la mayoría de ellos fueron a ver una obra para verme y les gustó.

-Opine sobre la política cultural.

-La música está desapareciendo de la educación general, nunca ocupó el papel que le corresponde pero, al menos, te permitía saber que este mundo existía. A esto se une el grave problema del IVA, que ha obligado a cerrar teatros y cancelar programas, como la temporada de ópera de La Coruña, ya consolidada. Necesitamos ganar público joven. La música es educación universal, necesitamos nutrir el alma y la música ayuda. Y hay mucha gente que se dedica a gestionar la cultura y que no sabe lo que es. No acuden a los espectáculos.

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