03 de noviembre de 2016
Regreso al futuro

Son los robots, estúpido

El 88% del empleo perdido en EE UU se debe a la automatización, no a México o a China, como afirma Trump

06.11.2016 | 16:31
Donald Trump, anteayer, en Miami.

Donald Trump se busca un enemigo extranjero para atraer los votos (la ira) de los norteamericanos desempleados. Culpa a México y a China de robar millones de empleos a EE UU. Si quisiera decir la verdad, Trump debería echarle la culpa a los robots. Tal y como acaba de publicar el "Christian Science Monitor", un análisis del centro de Estudios Empresariales y Económicos de la Ball State University constata que los procesos de automatización han sido más determinantes en la destrucción de empleo que la competencia del comercio exterior. A tal punto que la competencia de la mano de obra más barata supuso el 13 por ciento de los puestos de trabajo perdidos y la entrada de robots en las cadenas de producción ocasionó el 88% de los empleos humanos recortados.

Son los robots, Donald, los que están entrando con fuerza en un mercado de trabajo antaño monopolizado por tus airados votantes. Según el Boston Consulting Group, la inversión en robótica se va a disparar en los próximos años. Crecerá un 10 por ciento anual en los 25 principales países exportadores hasta 2025. En los últimos años esa inversión se incrementaba un 2 o un 3 por ciento. Los cálculos de esta consultoría indican que los robots generarán una reducción del coste de mano de obra del 22% en Estados Unidos, del 25% en Japón y del 33% en Corea del Sur.

Es probable que Trump sepa que está mintiendo a sus votantes. O puede que ya no diferencia la verdad de la mentira. Un reciente estudio del University College de Londres acaba de describir qué ocurre en el cerebro humano cuando cae en una escalada de falsedades. Tras escanear el cerebro de 80 voluntarios, se constó que una parte del cerebro asociada con la emoción, la amígdala, se activaba cuando se contaba una mentira a cambio de lograr un beneficio. El cerebro producía una sensación negativa, de alguna manera dejaba patente su "aversión a los actos que consideramos malos o inmorales", indicó a la agencia "Sinc" uno de los investigadores, Neil Garret. Sin embargo, si los voluntarios del experimento seguían contando mentiras la respuesta de la amígdala se hacía cada vez más reducida y, al mismo tiempo, las mentiras se hacían cada vez más gordas. Los autores del experimento añaden que ellos se centraron en la "insinceridad", pero creen que el mismo principio podría aplicarse a otras acciones "como los actos de riesgo o los comportamientos violentos". Trump ha quemado su amígdala.

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