06 de noviembre de 2016
06.11.2016
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Volodos, exquisitez en cada nota

El intérprete ruso inaugura las Jornadas de Piano de Oviedo con un - recital que concluye con el público en pie después de cuatro propinas

06.11.2016 | 04:24
Parte del público que asistió el recital de Volodos.

Oviedo, Andrea G. TORRES

El virtuosismo no está reñido con una gran expresividad. Esto fue lo que demostró anoche el pianista ruso Arcadi Volodos en la inauguración de la nueva temporada de las Jornadas de Piano en el Auditorio Príncipe Felipe de Oviedo.

Cada vez es más difícil ver a Volodos en las salas de conciertos, porque en los últimos años este pianista, uno de los grandes intérpretes del momento, ha reducido de forma considerable sus actuaciones por todo el mundo. No obstante, Oviedo sigue en su agenda. Es una de las ciudades que le ha visto crecer como artista. En los inicios de su carrera la crítica le tachó de hacer alarde de un virtuosismo gratuito que no convencía a todos, pero en la actualidad sus interpretaciones derrochan una expresividad y madurez que no muchos le auguraron entonces. El público asturiano lo pudo comprobar anoche en la jornada inaugural de este ciclo pianístico patrocinado por LA NUEVA ESPAÑA.

La sala sinfónica donde se celebró el recital no estaba completamente llena, pero los que asistieron salieron más que satisfechos. Más de una hora y media de recital completamente de memoria ofreció el pianista ruso en la jornada de ayer. La selección de obras que eligió Volodos explora el romanticismo alemán desde tres enfoques pianísticos distintos, que él supo resolver de una forma brillante gracias a su técnica impecable y profunda expresividad.

A su salida al escenario, el público le recibió calurosamente, síntoma de sus pasados éxitos dentro de las Jornadas de Piano, y que el músico recibió con un gesto agradecido y tranquilo.

La primera de las tres obras que Volodos incluyó en su programa de ayer fue la "Suite Papillons" op. 2 de Robert Schumann, una sucesión de doce pequeños movimientos de danza y una introducción con carácter cíclico. Ejecutó el ruso una versión muy personal, en la que explota su gran potencia sonora, pero ofrece al mismo tiempo momentos de verdadera melancolía. En definitiva, una interpretación llena de contrastes que prestó especial atención al fraseo y las dinámicas de la partitura.

Exhibió Volodos una sobriedad al piano que cada vez es más difícil encontrar hoy en día, renunciando a movimientos exagerados que poco aportan a la calidad de las interpretaciones.

La primera parte de este recital concluyó con los 8 "Klavierstücke" op. 76 de Johannes Brahms. Una nueva sucesión de caprichos e "intermezzi" breves deudores del piano de Schumann, lo que le confiere al programa elegido por Volodos una coherencia estilística que siempre es de agradecer. La mayor densidad sonora y la textura contrapuntística de estas piezas sirvieron al pianista para mostrar un mayor grado de virtuosismo y ofrecer un nuevo timbre sonoro más oscuro, totalmente afín a la escritura de Brahms. Además, una de sus mayores bazas para mostrar su expresividad al piano fue la flexibilidad de los "tempi" elegidos.

Tras la pausa, llegó el turno para la Sonata D. 959 en la menor de Franz Schubert, su nº 20. A diferencia de otras sonatas del mismo autor, no es frecuente encontrarla entre el repertorio de conciertos de Arcadi Volodos. Es una sonata que refleja la madurez tanto del compositor como del intérprete, muy exigente, y con una extensión cercana a la de un concierto. Especialmente conmovedor fue el segundo movimiento, muy cantable, en el que arriesgó al ofrecer un "pianissimo" casi inaudible, pero de gran calidad sonora.

Tras ello el público le ovacionó de forma muy calurosa, inclusoponiéndose en pie. El concierto no había terminado, y como propina interpretó un "minuetto" de Schubert, la melodía en mi menor de Rachmaninov, ante cuyo anuncio un espectador mostró a pleno grito su efusividad. Quizá fue ésta la obra más intimista de todo el recital de ayer. Tras ella hubo una tercera propina, una adaptación de la Malagueña de Ernesto Lecuona, que consiguió arrancar bravos entre el público y que volviera a ponerse de pie. La propina que cerró el concierto, la cuarta de la velada, fue la adaptación de la siciliana de Vivaldi para violín.

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