11 de marzo de 2017
11.03.2017

Mateo Feijóo choca en Madrid con la misma piedra que en Gijón

El director, criticado por el teatro asturiano en sus tres años al frente de Laboral, pasa por idéntico trago en Matadero

11.03.2017 | 03:32
Mateo Feijóo y Rosina Gómez Baeza, en julio de 2007, en la planta del reloj de la torre de la Laboral.

Aquí nadie le dio puerta. Es más, la impresión era que tenía el apoyo del Gobierno del Principado que presidía Vicente Álvarez Areces, por no hablar del de una entusiasta Mercedes Álvarez al frente de la Consejería de Cultura. Pero Mateo Feijóo, el orensano al que ahora se le rebelan las gentes del teatro por lo que quiere hacer en las salas del complejo municipal Matadero, en Madrid, comunicó en junio de 2010 que renunciaba a su renovación como director del teatro de Laboral Ciudad de la Cultura. Un adiós un poco insólito: alguien que marcha sin que le echen. Estaba harto, quizás, de remar contracorriente de una adversa opinión instalada: miraba poco hacia lo que se cocinaba a este lado del Pajares. Y, además, en medio de alguna denuncia por supuesto nepotismo: contratar a su compañera sentimental.

Había llegado tres años antes a Gijón. Y con las bendiciones del sanedrín cultural socialista asturiano de entonces, en el que tenía bastante predicamento Rosina Gómez Baeza, a la sazón elegida para comandar Laboral Centro de Arte y Creación Industrial. La vanguardia asomaba por los altos de Cabueñes. Y las reacciones, como suele suceder cuando las cosas se explican mal y los de casa se sienten preteridos, no se hicieron esperar. La arribada de Mateo Feijóo a los mandos del teatro de la Laboral, el mayor coliseo asturiano (el Gobierno del Principado invirtió un billetaje en su recuperación), estuvo estrechamente relacionada con la ruidosa dimisión de Daniel Gutiérrez Granda. Al socialista que había puesto a Gijón en la mediática ruta de los grandes conciertos de tronío cuando era concejal, le buscaron un puesto agradecido en Laboral Ciudad de la Cultura.

Una compensación, tal vez, al no repetir como director general de Deportes del Principado. Cuando Gutiérrez Granda vio que quien iba a mandar de verdad era Mateo Feijóo, no quiso hacer de gran jarrón chino en las historiadas esquinas del imponente edificio de Luis Moya. Así que optó por decirlo claro y volvió a la siderurgia, su trabajo antes de la dedicación a la política y los contratos con las rutilantes estrellas del cielo del rock.

La mano de Mateo Feijóo, que había sido asesor del Centro Coreográfico Galego hasta el mismo 2007 en que le ficharon para Laboral, se notó rápido. Fue coherente hasta el extremo e hizo suya una frase que nos repetía a los periodistas cuando lo entrevistábamos: hay que evitar lo prejuicios ante lo que se desconoce. En los tres años que llevó las riendas de la escena de Cabueñes apostó con constancia por los nuevos lenguajes creativos y espectáculos con formatos alternativos.

Por Gijón pasaron desde Marina Abramovic, la reina de las "performances", hasta Philip Glass o Michael Nyman; de la fotografía de Erwin Olaf a los bailes de Rocío Molina, junto con producciones de piezas de la catalana Angélica Liddell o lecturas del escocés Irvine Welsh. El carismático autor de "Trainspoting" compareció en Laboral ataviado con una camiseta sportinguista. Tras el adiós de Mateo Feijóo, la Consejería de Cultura emitió un comunicado que aún se recuerda: "Ha sabido tender un puente que nos conecta con la cultura como centro de experimentación...". Y por ahí ha eguido. Y si aún se comenta es porque Laboral se encomendó, tras la marcha del orensano, al inefable ventrílocuo madrileño José Luis Moreno. Creador de los muñecos Monchito, Macario o el cuervo Rockefeller, el también empresario anunció entonces que quería hacer del inmueble de Moya un "Zara de la cultura", con Isabel Pantoja al frente. Duró medio año.

La interesante etapa gijonesa de Mateo Feijóo encontró desde el primer momento las resistencias -y las críticas abiertas, para qué engañarnos- de las gentes del teatro asturiano. La exclusión de las compañías del Principado de la programación de Laboral provocó ronchas. Lo mismo que, según vemos estos días, ocurre en Matadero. La presentación, el pasado lunes, de la programación de la salas municipales madrileñas ha abierto un profuso y militante debate. La apuesta por los formatos y disciplinas experimentales, en la línea que siguió Laboral Ciudad de la Cultura desde 2007 a 2010, cosechó las reticencias de los grupos que han venido actuando hasta la fecha en salas de las que (otra controversia) se quiere eliminar los nombres de Max Aub y Fernando Arrabal. Una caldeada polémica cultural con antecedente gijonés. ¿Y de lo nuestro qué?

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