21 de abril de 2017
21.04.2017
Hablemos en serie

"Incorporated", un caso muy claro de adiós a primera vista

La serie de los Pastor tiene un inicio prometedor, pero a partir del segundo capítulo llegan el sopor y el desinterés

21.04.2017 | 09:09
Una escena de la serie "Incorporated".

Hay series tan pensadas en entretener al espectador liándole cada dos por tres que terminan haciéndose ellas mismas un lío. Incorporated es una de ellas. Y no es que sea un defecto que lo arruine todo (el cine y la televisión están llenos de títulos que hacen de enroscar el argumento un pequeño arte) pero cuando no hay unas manos geniales detrás el resultado suele ser disuasorio, y más en estos tiempos en los que se estrenan tantas propuestas cada semana (primeras temporadas o continuaciones) que no hay tiempo material para estar al tanto de todo y como mucho se pueden conceder dos oportunidades. Esas son las que di a los hermanos Pastor, más que nada porque sus largometrajes Infectados y Los últimos días demostraban que eran capaces de conseguir imágenes de indudable brillantez, dañadas, eso sí, por unos guiones que dejaban mucho que desear en cuanto a construcción de personajes, andamiaje del argumento y, sobre todo, escritura de unos diálogos que no invitaran a taparse los oídos.

Su salto a la industria norteamericana de la mano de Ben Affleck y Matt Damon para SyFi tiene la peculiaridad de que se inspira (muy) lejanamente en una poco conocida y espléndida película de Akira Kurosawa, Los canallas duermen en paz, de 1960, con el gran Toshiro Mifune encarnando a un hombre que se casa con la hija de su jefe para trepar en la empresa? para vengarse de algo que sucedió con su padre. El segundo capítulo ya se engarza sin disimulos con esa idea pues nuestro protagonista vio cómo su padre se suicidaba ante sus ojos antes convertirse en un superviviente en la zona donde viven recluidos los pobres. Porque Incorporated muestra un mundo devastado por el cambio climático (ahí tocó el corazoncito de Damon y su socio), donde la buena comida escasea (de ahí el éxito del porno gastronómico, mujeres teniendo orgasmos mientras devoran un buen filete, o lo que sea), coches inteligentes, autopistas flanqueadas por un paisaje idílico y a los pocos metros por las ruinas, o caras de goce ante la visión de unas rodajas de beicon auténtico. Estamos en 2047, los gobiernos se han ido al garete por las deudas contraídas para paliar los desastres ecológicos y las multinacionales se hacen con todo el poder. En ese mundo de ricos y pobres, sin zona media, el protagonista se convierte en un trepa por amor: cuando más poder, más posibilidades tiene de encontrar a la mujer que ama, y que no es precisamente con la que está casado, hija empeñada en autolesionarse (no es grave porque hay esprays que curan las heridas en un pispás) de la alta ejecutiva que encarna una casi irreconocible Julia Ormond. Y ahí empiezan los brotes de culebrón, subtramas en los bajos fondos con peleas salvajes controladas por villanos que parecen saberse al dedillo Uno de los nuestros, y la tensión habitual que se produce cuando el bueno de la historia tiene que andarse con pies de plomo para que no lo cacen. El primer episodio, con sus pinceladas de ese futuro distópico, tiene gracia y detalles ingeniosos, el segundo ya decae y cuando los Pastor dejan de conducir guiones y dirección el sopor se incorpora y ya no se detiene. Adiós, pues.

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