Esclava sexual de su propio padre
 

Un inquilino de Fritzl se percató de algo extraño en el sótano, pero no investigó

l La Policía aísla al «monstruo de Amstetten» para que otros presos no lo linchen l La sensación de ahogo en el zulo dificulta la labor policial

03.05.2008 | 00:00
Fritzl, el sexto de la fila superior, en una foto de sus años escolares, en 1951. Fritzl, el sexto de la fila superior, en una foto de sus años escolares, en 1951.

Viena, Efe

Un antiguo inquilino de Josef «Sepp» Fritzl, el hombre que convirtió a su hija Elisabeth en una esclava sexual y la mantuvo encerrada en un sótano durante 24 años, dice estar seguro de que mientras vivió en el edificio pagó sin saberlo la electricidad consumida por los habitantes del calabozo. Josep Leitner es un camarero que a principios de los años 1990 alquiló durante cuatro años un apartamento de 30 metros cuadrados en la planta baja de «la casa de los horrores», informó ayer el diario vienés «Die Presse».


Leitner afirmó que nunca oyó ningún ruido sospechoso, pero lo que sí le llamó la atención fueron sus exorbitantes cuentas de electricidad, por las que tuvo una pelea con Fritzl, aunque las pagó. Hoy se arrepiente profundamente de no haber indagado más, pues está convencido de que si lo hubiese hecho se habría descubierto mucho antes el macabro secreto del dueño del edificio.


Explicó así que su cuenta de electricidad correspondiente a un trimestre era de unos 5.000 chelines austriacos (unos 350 euros). Habló con otros inquilinos y al comparar las facturas dedujo que la suya no debería superar los pocos cientos de chelines. Apenas tenía electrodomésticos, ni siquiera una lavadora de ropa, y se solía ausentar durante varios días, pero se percató de que, aun cuando apagaba todas las fuentes de consumo eléctrico, el contador seguía marcando. Asegura que intentó averiguar las causas de tan extraño hecho con un técnico electricista, pero sin éxito.


«Si hubiese seguido escarbando hasta desvelar el secreto de las cuentas de electricidad, quizás hace mucho que se hubiese encontrado el escondite», se lamentó. Por otro lado, el camarero dijo haber visto con frecuencia a Fritzl «cómo entre las diez y las once de la noche entraba en el jardín, siempre con bolsas de compras». Contó que a los inquilinos les estaba prohibido usar el gran jardín, entrar en el sótano o utilizar la terraza, y también tener animales domésticos.


Pero, a pesar de ello, Leitner se compró un perro, pero el can llamó la atención al poco tiempo. Un nuevo motivo de pelea con el arrendador que finalmente lo llevó a dejar el apartamento. El camarero recuerda que el perro solía «asustarse mucho» por las noches y piensa ahora que fue porque el animal sentía a los habitantes de abajo. Asimismo, cree saber ahora la razón de otro misterio: muchas veces desaparecía comida de su refrigerador, y lo mismo les ocurría a otros inquilinos. Sabían que el dueño tenía una llave que abría todos los apartamentos, pero no podían imaginarse que tuviera necesidad de robar comida.


Ayer también se supo que las autoridades austriacas han aislado a Fritzl en una celda, para evitar que otros presos lo linchen, tanto odio ha generado en la cárcel. Por otro lado, la Policía está encontrando dificultades para completar su trabajo de acopio de pruebas en el interior del sofocante zulo en el que vivieron Elisabeth y sus tres hijos, por lo que deben abandonarlo cada poco tiempo. La sensación de ahogo es insoportable.

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