MARÍA JOSÉ IGLESIAS
En Atenas el aire huele a brasas. Aún se ven astillas por las aceras, el viento las arrastra por las calles. Pero las llamas se han ido. La sensación es chocante, como si un gigantesco castillo de fuegos artificiales hubiese sido lanzado al aire. Ahora queda lo peor. El sobrecogedor espectáculo de los inmensos montes calcinados rodea la ciudad como un negro cinturón de cenizas. Uno de ellos, el Penteli, es especialmente querido por los atenienses. De él se extrae el mármol blanco con el que se construyó el Partenón. Quizá por eso los dioses han ayudado a Atenas y han calmado el viento.
La ayuda internacional también ha puesto de su parte. Los dos aviones enviados por el Ministerio de Medio Ambiente español han realizado un buen trabajo. Los atenienses lo agradecen y tienen muy presente que España ha respondido a la petición de ayuda. Aunque Grecia es una República, en seguida nombran a la Reina Sofía, y hasta preguntan por la Princesa Letizia.
La calma regresa, pero el susto no ha pasado ni, mucho menos, el monumental cabreo contra el Gobierno heleno, al que acusan de falta de previsión y lentitud a la hora de reaccionar contra las llamas. Al menos es lo que se comenta en las calles de la ciudad que inventó la democracia. Así que algo sabrán de esto.
La Embajada de España, que dirige el asturiano Miguel Fuertes, confirma que todo está en orden. La colonia española, entre la que hay numerosos asturianos, respira aliviada. En el aeropuerto la sensación es de normalidad. No ha habido retrasos ni cancelaciones de vuelos. Los turistas tienen algo más de que hablar. Han sido testigos del gran incendio del siglo. Un honor que los griegos preferirían haberles evitado. En los hospitales aún quedan numerosas personas ingresadas por problemas respiratorios. Los asmáticos lo han pasado realmente mal, como los evacuados que ahora se enfrentan a la realidad que ha quedado al descubierto tras la retirada de las llamas: casas destruidas y terrenos arrasados.
El taxista Illias Margaditis lo resume al más puro estilo griego: «Era como una gran llama olímpica colgada de las montañas. El fuego no ha podido con Atenas. El caos de la ciudad sigue intacto».