04 de noviembre de 2016
La columna del lector

Los capullos de Eton

04.11.2016 | 03:38

En el barrio pobre de Sidetyne en la ciudad de Newcastle-upon-Tyne se sitúa la acción del filme anglo-belga-francés "Yo, Daniel Blake", hoy en cartel, de los estudios londinenses Pinewood, y dirigido por el octogenario Kean Loach.

Versa sobre las desventuras de jubilados sin pensión, de parados o discapacitados sin ayuda, de sus humillaciones y esperas, de los trámites interminables e imposibles, de los currículos, de la necesidad de saber internet por los ancianos, de teléfonos con los operarios ocupados, espere (y pague). Todo informatizado, sin papeles ni direcciones a quien dirigirse por correo, etcétera. La dureza y realismo del relato se dulcifica y atempera por la flema tan inglesa de los maltratados y por dosis justas de gracia y humor entreveradas. Es una gran película como pocas este año.

Kate es una señora joven, de Londres, con dos niños pequeños y sin marido, que se desplaza a la lejana ciudad de Newcastle en busca de un empleo que pierde por llegar 3 minutos tarde. Allí encuentra al anciano Donald, el protagonista del filme y el alegre sufridor de "El jardín de las delicias", quien los aloja en su pisito, en un edificio con escaleras exteriores, para hacer sitio a viviendas en semisótano, y se esmera por ayudarles. Calles en cuesta, con paredes desconchadas. Además de ver la película hay que imaginar todo lo que no se dice en ella: y esto es precisamente una de las excelencias del filme, su sobriedad; dice lo suficiente para entender que el problema radica en una burocracia ineficaz. Eso se ve, pero la única queja expresa que, en tono jocoso, pronuncia Donald es: "Capullos de Eton", como los culpables de todo. Es sabido que esta ciudad, frente a Windsor, al otro lado del Támesis, tiene el colegio más "exclusivo", es decir, de la aristocracia político económica del país.

La película debe gran parte de su valor a la excelente interpretación de Dave Johns (Donald), Hayley Squires (Katie), sus niños y el resto del reparto, pero el mérito indiscutible está en el director, que sabe muy bien que para llegar a la gente no basta contarle los hechos sino que ha de acompañarlos de una fuerte emoción. ¡Ventolera y no brisa!

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