La columna del lector

Benditas tahonas

04.01.2017 | 03:38

Hasta finales del pasado siglo, que no fue hace cien años, diariamente, en todas las ciudades y villas, en casi todos los pueblos y en muchas aldeas, las panaderías nos despertaban alegremente con sus estimulantes tentaciones. Simplemente con pasar a su lado percibíamos el horneado en aquellos hornos de leña que nos atraían, haciéndonos caer en la tentación de entrar en ellas. Ya dentro nos recibe un ambiente acogedor que lo embriaga todo. Paredes, enseres y personal trabajador salpicados de blanco. Rodeados todos de una atmósfera de temperatura agradable y un conjunto de sensaciones que, sin pasar mucho tiempo, nos hacen perder el control de nuestros sentidos, haciendo que se despierten todos a la vez. La vista, que trata de percibir a un tiempo todo lo que allí se cocina... no siéndole posible. El olfato, dando apuradamente entrada a unas sensaciones desprendidas de la leña y aquel pan que nos invitan a perder la compostura. El oído, al que llegan los agradables chasquidos de la leña de roble seca quemándose lentamente. El tacto, que se sobresalta al rozar nuestros dedos la crujiente hogaza recién horneada y que nos acaban de despachar con un característico chasquido al posarla encima del mostrador. El gusto, ordenando anticipadamente a la boca que se haga agua, sin poder ésta negarse a ello. Todos juntos empujando al mismo tiempo para hacer que nuestra conciencia perciba los sabores y sensaciones que aportará a nuestro paladar lo escondido dentro de aquella obra de arte ahora a nuestra vista; realizada artesanal y cariñosamente por las expertas manos del panadero y su ayudante, que pacientemente amasan cada día del año aquella masa, dejándola dormirse para fermentar sin prisa pero con el tiempo justo para obtener al día siguiente, en cada hornada, un repetido pan de la misma figura, apariencia, sabor y calidad, que puede durar con buen comer hasta una semana.

Claro que queda alguna panadería todavía para sentir lo comentado, afortunadamente sí, pero muy pocas, cada vez menos. Pongamos firmemente nuestros pies en el suelo y, aunque no seamos sabios en la materia, que muchos no lo somos, tomemos una pieza de pan adquirida en multitud de sitios que nada tienen que ver con una panadería de las de siempre, ni siquiera con un despacho de pan de los pocos que aún quedan. Comparemos ese pan con el de la panadería tradicional y rápidamente desfilará por nuestra mente todo el proceso y sus consecuencias.

Sin extendernos mucho ni entrar en su composición, ya que eso es harina de otro costal, daremos unas pinceladas: al manipularlo podemos sentir un desagradable ruido de piedras, poco atractivo a la vista, sin olor alguno al manipular las congeladas piezas que van directamente dentro de un horno rapidísimo que en cuestión de unos pocos minutos lo devuelve listo y crujiente como ninguno, pero que sólo sirve para comerlo no más allá de una o dos horas después de hecho sin que pierda su compostura. Cerraremos los ojos para poder manducarlo a la cena, y al día siguiente estará, simplemente, duro como el cemento o pastoso como un chicle, triste e intragable.

¿Cómo diferenciamos el pan de una panadería del que no lo es? Resulta muy fácil: en la panadería el pan suele acabarse muchos días y no hay más hasta el día siguiente. En el otro sitio nunca se acaba, siempre hay pan, y de no haberlo, lo tendrá usted simplemente esperando cinco minutos.

Todas esas sensaciones que una panadería nos ofrece, amigo lector, hoy día están casi extintas. Pero como estamos en plenas Navidades, qué menos que visitar alguna de las pocas que quedan con nuestros hijos o nietos de la mano, y si no es posible hacerlo, recordarlas y describirlas trasmitiéndoles y haciéndoles ver sus inimitables cualidades, tratando así de conservar tan importante patrimonio para disfrute nuestro y de nuestros sucesores. ¡Felices Fiestas!

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