La columna del lector

Las conspiraciones

07.01.2017 | 03:05

Estos días no se habla de otra cosa en los EE UU, todo el mundo quiere saber los pormenores del informe que el presidente Obama ha encargado a la CIA y que se quiere presentar en el Congreso antes de la toma de posesión de Donald Trump, que será el día 20 de este mes de enero. Como todo el mundo sabe, el Partido Demócrata lleva tiempo acusando a Rusia de interferir en la campaña electoral y en el propio resultado de las elecciones norteamericanas, aunque hasta el momento no se ha aportado ninguna prueba de que eso sea cierto.

A mí esta afición que tienen algunos a inventarse conspiraciones me resulta familiar: en España hemos vivido algo parecido. Me vienen ahora a la mente las cosas tremendas que se dijeron, y que algunos todavía sostienen, a raíz de los terribles atentados del 11-M. Recordemos que hubo gente que, en su delirio, decía que ETA se había puesto de acuerdo con el PSOE para cometer los atentados y que el PP perdiera las elecciones. La verdad, como todos sabemos, es que fueron los yihadistas los que cometieron los atentados de Madrid, pero el Gobierno de Aznar sabía que los españoles, que habían salido a la calle a protestar en masa contra la participación de nuestro país en la guerra de Irak, relacionarían ambas cosas y eso le costaría las elecciones. Por eso el Gobierno del PP mintió en contra de los informes policiales, porque las elecciones se iban a celebrar de inmediato.

Pero ¿qué sentido tiene que ahora, cuando las elecciones ya las ha ganado Donald Trump, y eso no se va a poder revertir, la Administración demócrata y los servicios de inteligencia norteamericanos estén empeñados en acusar a Rusia de la derrota de Hillary Clinton y en llevar este asunto al Congreso y a las primeras páginas de los periódicos? Pues mediatizar las futuras actuaciones de Trump, envenenar las relaciones con Rusia y hacer imposible un entendimiento del nuevo presidente de los EE UU con Vladimir Putin sobre asuntos muy importantes, como la lucha contra el terrorismo yihadista, y, sobre todo, torpedear cualquier esperanza sobre un entendimiento estratégico que ponga en peligro en entramado militar-industrial de los EE UU, tanto de sus intereses económicos como de su influencia política. No debemos olvidar que Obama, a pesar de haber recibido el Premio Nobel de la Paz, ha aprobado unos presupuestos de Defensa astronómicos durante su mandato, que exceden en mucho las necesidades militares reales de los EE UU.

Los que están acostumbrados a conspirar acusan a otros de conspiración. Cree el ladrón que todos son de su condición. Pero las conspiraciones que hemos visto en los últimos años no han sido las de Rusia, sino las de los que apoyaron un golpe de Estado en Ucrania, con la esperanza de cambiar la situación estratégica en el Mar Negro, y las de los que pretenden gestionar el caos que provocan los terroristas yihadistas, bombardeándolos en un sitio y apoyándolos de tapadillo en otro. Rusia ha calificado de gratuitas las acusaciones de la CIA, después de que la agencia de inteligencia concluyera que Moscú interfirió en las elecciones estadounidenses para favorecer al candidato Donald Trump; algunas de esas acusaciones no se sostienen en ninguna información ni en pruebas, parecen acusaciones no profesionales que nada tienen que ver con la realidad, ha dicho el Kremlin. El fundador de Wikileaks, Julian Assange, al que la CIA también ha pretendido implicar en el asunto, ha manifestado que ni Rusia ni ningún otro Gobierno han sido los proveedores de los correos filtrados de la campaña de Hillary Clinton y que la acusación es un intento de deslegitimar el triunfo de Donald Trump.

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