27 de noviembre de 2016
Crítica / Teatro

Piel áspera y calor

27.11.2016 | 04:47
Maggie Civantos, durante la representación avilesina de "Una gata sobre el tejado de zinc caliente".

Esto es lo que escribió Tenneesee Williams sobre "Una gata sobre el tejado de zinc caliente": "Creo que en ella, en su segundo acto, con esa especie de cruda elocuencia del personaje del Abuelo, alcanzo un nivel de expresión que no he conseguido dar a ninguno de los demás personajes que he creado". La historia triste de Brick y Maggie, del Abuelo y la Abuela, de Gooper y señora se antoja, pues, peligrosa: por las expectativas tan altas impuestas por Williams, por su popularidad posterior, por la existencia una versión canónica (la película de Richard Brooks) que es espejo y es tormenta para todas las demás... Un lío. Así que decidir volver a montar esta obra es señal de valentía. Y eso sólo merece aplausos. Alcanzar las metas de la historia, clamores.

El viernes pasado se presentó en el Centro Niemeyer la versión de Amelia Ochandiano: fiel reflejo del texto clásico y con un elenco de esos de mil campanillas. Todas sonaron al salir a escena Ana Marzoa (Abuela) y Juan Diego (Abuelo); los dos, inconmensurables, elevaron el placer de los espectadores. Él porque sabe dar vida a la falta de vida y ella porque es perfecta mostrando lo que hay cuando deja de haber amor y todo es inercia o cuarenta años sin recursos.

"Una gata sobre el tejado de zinc caliente" la estrenó Elia Kazan en 1954. Un año después se llevó el premio de la Crítica y un "Pulitzer". Volvemos a Williams. Dice en sus memorias que la noche del estreno de su obra "fue espantosa" y lo fue, dice, porque la obra le había parecido un fracaso, "una tergiversación de lo que con ella me había propuesto". Pero nada más lejos: Kazan y el dramaturgo esperaron las críticas en casa del director y el resultado fue que la obra se convirtió en su "pieza más importante".

Y así estaban las cosas cuando se estrenó la versión de Ochandiano en el teatro del Centro Niemeyer: un auditorio a rebosar, con ganas de temblar, pasar calor y sentir la piel áspera con cada palabra pronunciada sobre la escena. Y así no hay manera de disfrutar de la función. Porque no todo es tan perfecto como se prevé, porque fallan actores que no deberían fallar, porque las borracheras se caracterizan por la pérdida del sentido y no por el crecimiento de este, que es curioso. El primer acto -el de la falta de amor, el de la mentira oculta- causa inquietud... Maggie la Gata tiene que volver a seducir a un imperturbable Brick... que lo sigue siendo sin solución de continuidad... El espectáculo crece en el segundo acto -el de la discusión entre el Abuelo y su hijo-, pero lo hace porque Juan Diego concibe a un malvado con un pedazo de alma enterrada. La maldad por la maldad no produce simpatía: lo saben de sobra tanto el actor como la directora. El hecho de que el Abuelo regrese en el tercer acto quizá no haya sido la mejor de las ideas. Kazan y Ochandiano, sin embargo, son de una opinión distinta.

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