04 de noviembre de 2016
Un polémico permiso al autor del "crimen de Teatinos"

Un error judicial que mina nuestro ánimo

Argumentos contra el beneficio penitenciario al asesino de Isaac González García

04.11.2016 | 03:38
Isaac González García.

Esperaba que este día llegara más tarde, mucho más tarde, pero lamentablemente el sistema nunca falla cuando se trata de acudir presto a su cita con el despropósito. Supongo que muchos de vosotros habréis visto la noticia que se ha divulgado el día de ayer. El asesino de mi padre saldrá de la cárcel a disfrutar de su primer permiso, cuatro días fuera de ese recinto en el que por otra parte, y no quiero extenderme más en ello, ha vivido mucho más cómodamente de lo que seguramente os imaginéis.

Ni la memoria de mi padre, ni nuestra dignidad... la de mi madre, mi hermana, mis sobrinos, mi abuela, que en paz descanse, que fuimos víctimas directas de esta atrocidad, ni la de todas la personas que nos quieren, merecen este desprecio. La sociedad la pongo en cuarentena. Buena parte seguro que verá con espanto que los asesinos lo tengan tan fácil, pero sé que otra buena parte tiene una enfermiza querencia hacia ellos, sean de la calaña que sean, alimañas crueles como la ahora bendecida por nuestro sistema penitenciario, o sean, como triste ejemplo, etarras matando por sus corroídas y estúpidas (si no fuera por el daño y dolor que han causado) "ideas", ésas que se resumen en que si no estás de acuerdo conmigo te agredo, te secuestro o sencillamente te mato.

Que posiblemente algún día habría que afrontar el hecho de que esta alimaña salga de la cárcel, lo hemos interiorizado y asumido. Que lo haga antes del último de los días que la ley admite, sencillamente hace que el vómito impida su digestión. Que además tenga la bendición del Juzgado de Vigilancia Penitenciaria y de la Fiscalía, laminando el procedimiento legalmente establecido, me asquea como víctima y como jurista. La experiencia por los juzgados te hace ver que la justicia es algo que fluctúa a los vaivenes de las más variadas circunstancias, pero cuando se juega con asuntos de este calado, los profesionales que deben protegernos bajo el paraguas del derecho deberían actuar, no con un mínimo, sino con un máximo de rigor.

Me enorgullezco de mi madre, de mi hermana, de mis sobrinos, de mi mujer, de cómo hemos superado algo tan trágico, injusto y amargo, de cómo hemos sido capaces de reconstruir nuestra vida, de cómo hemos podido decir que el asesino logró lo fácil, acabar con la vida de mi padre -minusválido, indefenso...-, pero que no ha acabado ni con su espíritu ni con su legado, que somos nosotros. Ahí, que sepa que no lo logrará, que nunca tendrá esa satisfacción. Nos hemos ganado a pulso nuestra felicidad aún en el dolor.

No hay ningún secreto ni fórmula mágica. Lo que nos sustenta son únicamente dos cosas. Una, el orgullo, el amor propio y el amor por mi padre. Saber que si desde algún cielo nos puede ver, nos hemos levantado y le honramos intentando ser la mejor persona posible siguiendo su ejemplo de superación y de dedicación a lo que amaba, su familia, su docencia, sus libros, una buena conversación, un buen amigo, la poesía, la buena música... Era un humanista convencido en su más amplio significado. Ni en las mayores pesadillas nadie pensaría que una vida así vivida pudiera terminar de forma tan terrible. Aún es el día que todo parece un mal sueño.

Y la otra cosa, ¡ay!, la otra cosa depende de nuestra justicia, y ahí, por más voluntad y conocimientos que se tengan, estamos expuestos al atropello. En su día, con un trabajo encomiable de mi compañero Alejandro Riera, al que estaré eternamente agradecido, y a unos jueces que hicieron justicia, ¡justicia!, logramos una condena sin matices ni paliativos. Hubo que tragar con muchas cosas: peritos que bajo un buen dinero dejaron su dignidad a la entrada del juzgado para defender lo indefendible (me temo que al salir su dignidad ya se habría evaporado, no suele sobrevivir mucho fuera del cuerpo, no soy de lanzar la piedra y esconder la mano, señor Bobes para más señas); y la mirada retadora que me dedicó el asesino como despedida. Al menos teníamos el consuelo de haber obtenido justicia, y os aseguro que es fundamental para alcanzar un mínimo de paz interior y descanso. Ahora nos encontramos con que el sistema, como decía, presto a su cita, nos falla, y viene a quebrar nuestro ánimo, a dinamitar uno de los dos pilares sobre los cuales, en equilibrio casi funambulista, nos sustentamos. Veremos los futuros derroteros, pero mucho me temo que son más bien oscuros.

Un último apunte, que versa sobre el arrepentimiento, ese arrepentimiento tan soluble como un azucarillo, el que seguro la junta de tratamiento penitenciario habrá acogido en su seno. Hay una forma de medirlo, muy fácil, entendible, infalible, comprensible hasta para un niño: que se quede, que se quede hasta el último de los días de cumplimiento de su condena en prisión, quien quiera que esté arrepentido de algo así que se quede. ¡Ah, no!, de ese arrepentimiento ni hablamos, claro. Nos gusta el que se disuelve como un azucarillo, hablamos del que sale gratis, del que abre la puerta para escapar...

Son días muy tristes, pero por ello, con mayor motivo, quiero terminar este desahogo dando las gracias a todas las personas que nos habéis demostrado que nos queréis, que gracias a Dios sois muchas, a todos los amigos sobre los que descansan gran parte de nuestras fuerzas y que nos habéis apoyado en los momentos más bajos. Mil gracias por estar ahí. Un abrazo para todos.

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