Portavoz de la Plataforma Pro Plaza de La Gesta de Oviedo

Memoria a la carta

Respuesta al concejal Ricardo Fernández sobre los cambios del callejero ovetense

11.01.2017 | 04:12
Memoria a la carta

En un artículo publicado en este diario el pasado 3 de enero, bajo el título "Memoria y palabra", el concejal del PSOE Ricardo Fernández expone su particular visión de la aplicación de la Ley de Memoria Histórica en nuestro municipio. Una visión, sin duda, muy alejada de la que tenemos las 2.270 personas que hemos expresado nuestra oposición al cambio de nombre de la plaza de La Gesta, por considerar que no entra en los supuestos de la citada ley. O de las 270 personas que han mostrado su disconformidad con el cambio de nombre de Yela Utrilla. O de las que también se oponen al cambio de nombre de la calle Calvo Sotelo. Y sin duda de otras muchas que, sin hacer público su rechazo a esta iniciativa, que afecta a 21 vías del casco urbano, tampoco están conformes con ella. Pero eso es algo completamente normal. La discrepancia y la disparidad de criterios forman parte de nuestra vida y no representan necesariamente algo negativo. Lo que ya no es tan normal es que el concejal Fernández atribuya el rechazo que genera el cambio de nombres a una negativa -al parecer generalizada- a escuchar la verdad, la verdad con mayúsculas, la única verdad..., que obviamente es la suya.

Olvida y omite el concejal del tripartito que la gente ya tiene bastantes complicaciones como para aceptar con gusto las que le proporciona caprichosamente su Ayuntamiento, olvida las ingratas y numerosas gestiones que ocasiona un cambio de dirección, la documentación inservible, la correspondencia perdida, los gastos que genera a particulares, empresas y negocios... Olvida la designación de una comisión monocolor que en absoluto refleja la realidad social de Oviedo, la arbitraria y deshonrosa selección de las calles -quitamos a Fernández Ladreda, dejamos a Valentín Masip-, la bochornosa relación que establecieron entre el franquismo y la monarquía asturiana, el desprecio hacia los vecinos que nos opusimos a esta decisión... Nada de todo ello tiene la menor importancia. El problema reside en que somos una panda de necios que no queremos escuchar.

Por no haber podido asistir al acto en el Club Prensa Asturiana de LA NUEVA ESPAÑA donde se debatió este asunto, leí el posterior artículo aclaratorio del señor Ricardo Fernández con mucha atención, así que me considero excluida de la acusación de no escuchar sus argumentos. Pero si fueron los mismos en directo que los expuestos luego por escrito se comprende la resistencia del público a prestarle oídos. Uno es muy libre de reescribir la historia para sí, pero pretender que los demás le presten atención y además den por bueno el relato ya es demasiado pretender.

La operación "cambio de nombre" es posiblemente la más sectaria, revanchista, rencorosa, mezquina y arbitraria de cuantas haya fraguado una Corporación en Oviedo, así que reconozco que vestir ese santo como algo necesario e incluso imprescindible para nuestra convivencia democrática no era tarea fácil. Pero escuchar que a Calvo Sotelo se le deja sin calle por haber sido un "protomártir de la Revolución" no es lo que se espera de un representante público al que se supone una mínima instrucción y algo de respeto a su auditorio. Y aunque así fuese, como el señor Fernández sostiene sin ponerse ni colorado, poca culpa tendrá Calvo Sotelo del uso que se haya hecho de su figura tras su cruel y cobarde asesinato.

La cosa no mejora cuando llegamos a la plaza de La Gesta. De ella nos cuenta Ricardo Fernández que "no homenajea, como se ha querido hacer creer, el sacrificio de ambos bandos, sino que se trata de un espacio que en veinticuatro años (1937-1961) tuvo cinco denominaciones diferentes, todas ellas ligadas a la exaltación de la dictadura y de la guerra". La redacción del señor concejal no nos deja claro si este espacio es "culpable" de homenajear únicamente a los muertos de un bando, de haber tenido muchos nombres o de ambas cosas a la vez. Pero lo cierto es que ni lo uno ni lo otro.

En lo que respecta a los nombres de la plaza, quiero pensar que tal vez Ricardo Fernández haya estado mal asesorado. Me tomo la libertad de recomendarle unas visitas al Archivo Municipal, al de la iglesia parroquial de San Francisco de Asís y al de la Hermandad de Defensores de Oviedo. Un examen atento de la documentación que se conserva sobre este espacio y su historia le aclararía que durante el largo periodo que medió entre la obtención de los terrenos, la recaudación de los fondos necesarios para construirlo y la ejecución de las obras se barajaron unos cuantos nombres, entre ellos algunos de los que cita en su artículo, como plaza de Ruiz de Alda y plaza de los Caídos (el grupo escolar es otra cosa, señor Fernández), pero difícilmente pudo haber llevado ninguno de ellos entre 1937 y 1961, pues en ese tiempo no era más que un descampado, prolongación del Campo de Maniobras y cercano al antiguo barrio del Fresno, que no tuvo oficialmente ninguna denominación hasta que la plaza fue inaugurada como tal, ya en 1964, como plaza de La Gesta de Oviedo.

La Gesta no exalta la guerra, no exalta el régimen franquista y, por supuesto, no exalta represión alguna. No exalta más que la memoria de las dos mil personas que perecieron en la ciudad al inicio de la contienda, personas que merecen un respeto y cuyo recuerdo debería frenar un poco sus ansias de pintar la historia a su medida y conveniencia.

Pero aún admitiendo que la plaza de La Gesta fuese un memorial dedicado en exclusiva a los fallecidos del bando nacional -sinceramente creo que no es así-, tampoco merecería por ello ser borrada del callejero de Oviedo. ¿Justificaría el edil socialista que una Corporación local eliminase el monolito de la fosa común de El Salvador por honrar únicamente la memoria de las víctimas de un bando? ¿Ha olvidado o desconoce que ese monumento del cementerio se costeó en parte con una generosa aportación de una Corporación anterior? ¿Hay derecho a que quienes se dicen demócratas reclamen honor y memoria para sus muertos borrando la de los del bando contrario? ¿Tiene sentido reabrir heridas y debates estériles ochenta años después de acabada la guerra? ¿Por qué si millones de españoles han sido capaces de perdonar y superar sus diferencias tenemos que estar a merced de unos pocos resentidos que no son capaces de gestionar sus odios sin arrojarlos sobre sus semejantes?

Concluye Ricardo Fernández su artículo diciendo que "nuestro pasado es el que es". Efectivamente, y así debería asumirlo, dejándonos vivir en paz, que es lo que hemos hecho hasta el momento sin su inestimable ayuda. Quizá si lo intentase, la gente le aplaudiría en vez de abuchearle.

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