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La Asturias de 2050 con el calentamiento

Sin playas en pleamar, sin hayedos y con una gran huerta

En 2050 habrán desaparecido los hayedos, algunas playas no tendrán arena seca en pleamar y serán frecuentes sequías e inundaciones

22.06.2016 | 12:43
Gijón 2150
Gijón 2150

Asturias, año 2050. El nivel del mar ha subido unos 25 centímetros, las temperaturas son unos tres grados más altas en promedio y llueve entre un 15 y un 20 por ciento menos que en 2015. Han desaparecido sistemas dunares en las playas y en algunas de ellas, como la de Gijón, no queda superficie de arena seca durante las pleamares. La zona de Villaviciosa más próxima a la ría (La Barquerina), la de urbanización más reciente, se inunda con frecuencia. El paisaje ha cambiado. Ya no quedan hayedos, ni pastos de montaña. Hay nuevas especies de flora y de fauna. Otras se han ido. Es ficción, pero basada en hechos reales, en lo que está pasando, en lo que los científicos predicen que pasará si la tendencia actual de emisiones de carbono a la atmósfera (este año se han superado por primera vez las 400 partes por millón) no se corrige y el planeta se sigue calentando. Hay otros escenarios posibles (rutas de concentración, se llaman ahora), mejores y peores, pero todos ellos llevan en la misma dirección. Sólo varía la velocidad del cambio. La Conferencia sobre el Cambio Climático que se celebra hasta el día 11 en París ha reunido a mandatarios de casi doscientos países para abordar este problema y buscar soluciones. Está en juego el futuro de la Humanidad.

Descendiendo de nuevo a la escala regional, no es fácil prever lo que pasará porque hay muchas variables en juego. "Entramos en el terreno de la adivinación", advierte Ricardo Anadón, profesor emérito de Ecología de la Universidad de Oviedo y uno de los científicos españoles que más datos han aportado al conocimiento del cambio climático, centrándose en el mar y en el área cantábrica. Precisamente, en los fondos del Cantábrico ya se percibe un cambio claro en el medio, en la ecología, en la composición de las comunidades de algas y de fauna. "Desde que empecé, hacia 1976 o 1977, la línea biogeográfica (una frontera biológica determinada aquí por la dispar temperatura del agua a cada lado) que estaba en el cabo Peñas se ha desplazado hacia el Occidente. Los campos de 'Chondrus' -un alga roja- que se explotaban en Luarca han desaparecido. Apenas quedan laminarias -unas algas pardas- en todo el litoral. El ocle, que llegaba hasta la línea de Peñas, se explota ahora en Tapia... El panorama fisionómico de la costa ha cambiado de forma espectacular. El elemento boreoatlántico (flora y fauna del Atlántico Norte) casi ha desaparecido en Asturias. El futuro, probablemente, es que los fondos costeros se parezcan a los del interior del golfo de Vizcaya, con pocas algas y muy pequeñas", concluye.

Son cambios muy patentes. Pero poco visibles para el ciudadano de a pie, que sí percibirá las alteraciones que se avecinan sobre la superficie, especialmente en la línea de costa. Imaginemos el vuelo de un dron, en el año 2050, desde la ría del Eo hasta la de Tinamayor, las fronteras litorales con Galicia y con Cantabria, respectivamente. En el mejor de los casos, el nivel del mar habrá subido unos 18 o 20 centímetros; si el nivel de emisiones no se reduce, el ascenso rondará los 25 centímetros. Parece poco, pero es suficiente para desfigurar la costa que hoy conocemos.

Durante todo el vuelo, las cámaras del dron apenas registrarán dunas, se las habrán "comido" las mareas. Ni en Penarronda (Castropol), ni en Frexulfe (Navia), ni en El Espartal (Castrillón), ni en Rodiles (Villaviciosa); en este último espacio, además, la entrada de agua salada al eucaliptal matará los árboles... Si el vuelo transcurre durante la fase de pleamar, las propias playas aparecerán en muchos casos totalmente sumergidas, sin un grano de arena seca. Así será, por ejemplo, en la de San Lorenzo, en Gijón, y en la de Santa Marina, en Ribadesella. Un estudio realizado por investigadores de Cantabria sostiene que cada centímetro de elevación del nivel del mar equivaldrá a un metro de playa perdido.

No obstante, el efecto más espectacular y con mayor impacto social y económico se registrará en los estuarios. Al paso por Villaviciosa es muy probable que el dron retrate un casco urbano parcialmente inundado, concretamente en la zona de La Barquerina y sus inmediaciones, en contacto con la cola de la ría maliayesa. Actualmente ya se producen problemas en pleamares vivas, en conjunción con lluvias intensas; en 2050 serán algo cotidiano. "Es la zona de urbanización más reciente, y es una locura que se haya dado licencia para construir ahí", apunta Anadón.

Hacia el interior, los cambios serán más sutiles, pero no menos importantes. En este caso, los motores del cambio serán las temperaturas, con subidas medias anuales de entre 1 y 1,5 grados, según la proyección más optimista para el período 2040-2070, y entre 2,5 y 3,5, según la más pesimista (en ambos casos con picos acentuados en verano), y las precipitaciones, que disminuirán en ese intervalo entre un 5 y un 10 por ciento, en el mejor escenario, y entre un 15 y un 20 por ciento, en el más pesimista, acentuándose hasta un 30 por ciento en primavera y verano.

¿Qué consecuencias tendrán las temperaturas más cálidas y las precipitaciones menos frecuentes? No hay una única respuesta, pero, según los estudios de referencia, en 2050 los hayedos, hoy el tipo de bosque dominante en Asturias, habrán desaparecido por completo o tendrán una presencia residual. También se habrán reducido mucho los robledales albares, el otro bosque que define el paisaje de las áreas de montaña. El carvallo logrará sobrevivir, aunque perderá terreno. "Esto es lo que puede provocar el cambio del clima, pero hay otros factores", indica Anadón. "Por ejemplo, el alcornoque disfrutará de condiciones más favorables, pero es muy improbable que se extienda desde su reducida área actual en el valle del Navia, y más aún que lo haga desde el centro y el sur de España, ya que hay grandes superficies de tierras agrícolas en medio que no puede pasar. Por eso, no todo depende del clima", añade.

En todo caso, sí está claro que "entrarán en Asturias muchas especies de tipo mediterráneo", algo que los botánicos ya están apreciando. "La previsión es que el número de especies tenderá a disminuir, con una pérdida más significativa en el último tercio del siglo. ¿Qué especies van a ser? Es difícil precisarlo porque las estimaciones están hechas a partir del entorno climático de las especies y lo que hacen es moverlas en función de cómo varíe el clima, pero intervienen más cosas".

La alta montaña también cambiará. El paisaje cultural de los pastos de montaña, las brañas o majadas, tan característico de los Picos de Europa y de los puertos de la cordillera, afectados desfavorablemente por las sequías (que ya sufren), será reemplazado, previsiblemente, por los bosques, que tienden a ascender en altitud y que, si deja de haber un uso ganadero, tendrán vía libre para medrar.

Por contra, las nuevas condiciones del clima son terreno abonado, literalmente, para los cultivos. "Si en el Sur la subida de temperaturas es de tres grados, probablemente los cultivos de huerta desaparecerán y, en cambio, aquí se darán las condiciones apropiadas para desarrollarlos, con menor humedad y temperaturas más altas", explica Ricardo Anadón. "Las fabas se pueden ver favorecidas porque se librarían de las manchas por hongos, aunque, en contrapartida, probablemente será preciso usar sistemas de riego".

El tiempo estará más revuelto. Sequías, lluvias torrenciales, fuertes rachas de viento... Los heleros de los Picos de Europa están sentenciados. "Y pueden estar condenadas las estaciones de esquí por la desaparición de las nevadas fuertes. Hablamos de 1,5 grados más de temperatura media en invierno, que acortarán mucho la temporada de nieve", detalla Anadón. Lloverá menos, pero habrá más lluvias torrenciales muy focalizadas. "Será necesario mantener los cauces de los ríos limpios para que puedan desaguar sin desbordarse".

Los vientos fuertes arreciarán. "Ahora ya son frecuentes las rachas de más de 100 kilómetros por hora, y sin que haya temporales. El efecto de un viento de 130 o 140 kilómetros por hora, con un temporal gordo, puede ocasionar muchos daños, tirar o partir innumerables árboles en los bosques y dañar las edificaciones, que no están pensadas para vientos de esta intensidad", manifiesta Anadón.

El incremento térmico también traerá consigo y propagará nuevas plagas y enfermedades. "Por ejemplo, el mosquito tigre y la mosca negra", particulariza Anadón. "La mosca está en el Alto Ebro y el mosquito parece haber llegado ya al País Vasco. También los flebotomos, transmisores de la lehismaniosis, por lo que habrá que prepararse para combatir esta enfermedad. Será necesario contar con especialistas en enfermedades tropicales, que otras comunidades ya tienen".

"Se presenta un panorama complejo, que planteará problemas, pero también surgirán algunas oportunidades", sintetiza Anadón.

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