12 de noviembre de 2016

No culpes al karma de tener un mal guión

Los fallos del libreto y un tratamiento en exceso "naif" echan por tierra el esfuerzo de un reparto entonado

12.11.2016 | 02:18
Verónica Echegui.

María Ripoll se dejó ver, a finales del siglo pasado, con una curiosa primera película que reinterpretaba, con fortuna desigual, ese clasicazo de nuestro cine que es La vida en un hilo: se titulaba Lluvia en los zapatos, y entre su extraño reparto internacional descollaban una jovencísima Penélope Cruz y, sobre todo, una magnética actriz británica a la que muchos hemos seguido con interés desde entonces: Lena Headey. Ripoll, en cambio, nos ha ido dando tres de arena por cada una de cal. No culpes al karma de lo que te pasa por gilipollas se queda en medio, lastrada por un guión más que deficiente pero con un reparto entonado y algunos "gags" divertidos que salvan la función. Buena parte del problema con el libreto viene dado de la omnipresente voz en off que revela los pensamientos de la protagonista, una diseñadora obsesionada con las plumas y su amor platónico del instituto que, como si de una Bridget Jones patria se tratara, va de fracaso profesional en fracaso amoroso hasta el gran triunfo final. Pese a que la esforzada interpretación de Verónica Echegui dota de cierto encanto al personaje, el empeño de los guionistas por ponerla en situaciones, cuando menos, embarazosas (como la sonrojante escena del sexo con su novio vía skype), lastra su entusiasta entrega y afea el desempeño del resto del reparto. Además, los guionistas (dos nada menos, para adaptar la novela de Laura Norton) desaprovechan el filón que supone la incidencia de las redes sociales y, especialmente, la brecha digital entre Sara, la protagonista, y su hermana Lu (Alba Galocha). En cambio, Ripoll resuelve bien las escenas más íntimas y los momentos de comicidad más contenidos, lo que hace lamentar la deriva de la película y su excesivo toque "naif" que, entre otras cosas lima las aristas del consabido triángulo amoroso. Por lo demás, la música cansa por su exceso y la publicidad encubierta resulta abusiva.

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