12 de noviembre de 2016

Sin Tom ni son

Pasatiempo de rápido olvido con una trama absurda y muchos puñetazos en la que gana peso la presencia femenina

12.11.2016 | 02:18
contra el malo.

Abandonada cualquier tentación de demostrar lo buen actor que puede ser cuando quiere y se deja dirigir (Magnolia, Nacido el 4 de julio, Minority Report, Collateral, Valkiria, Eyes wide shut), Tom Cruise ha entrado en una frenética espiral de películas de acción, como si supiera que le quedan pocos años de lucimiento en ese plan atlético y quisiera exprimirlos al máximo, lo que incluye meritorias aunque fallidas excursiones al terreno de la ciencia ficción (Oblivion, Al filo del mañana). Con Mission Impossible 6 ya en marcha, un nuevo vendaje de La momia y un thriller dirigido por el eficaz Doug Liman ya rodados y (esperemos que no despegue) una anunciada secuela de Top Gun, Cruise parece decidido a no perder el tiempo con papeles que le exijan algo más que ejercicios físicos y carisma rompiendo crismas. Jack Reacher: Nunca vuelvas atrás es, dentro de la apretada agenda de Tom, una especie de descanso bien pagado. Y mejor pegado porque aquí, a diferencia de lo que sucede con el infalible Ethan Hunt, lo que mandan no son las acrobacias y las últimas tecnologías sino la fuerza física a lo bruto. A puñetazo sucio. Hay quien riñe a la estrella por hacer esos alardes a sus 54 años, como si ya estuviera en edad de jubilación y sopitas a lo Stallone. Lo cierto es que Cruise se conserva muy bien (si se ha retocado la cara tiene un cirujano que sabe lo que se trae entre manos) y tampoco es que una película como la que nos ocupa obligue a unos esfuerzos sobrehumanos. Alguna carrerita, unas cuantas palizas a los malotes de turno y una pelea final en la que poner cara de conmigo no se juega. Un tipo duro con matices. Vulnerable en esta segunda entrega (de la primera no recuerdo ni un solo plano, aunque no me llega el olor fétido que sí acompaña cosas como Noche y día), nuestro ex militar de pocas palabras y hechos consumados se verá sobrepasado en esta ocasión por dos imprevistos que merodean sus sentimientos más ocultos: la aparición de una posible hija respondona de la que no tenía conocimiento (¿será o no su padre? ¡Spoiler aléjate de mí!) y la huida compartida con una colega tan enérgica y amartillada como él (Cobey Smulders, al fin han escuchado mis súplicas y le han dado un papel en el cine que haga un poco de justicia a su talento, hasta ahora desperdiciado). De hecho, la mayor gracia de la película es que nos pone a tiro un héroe solitario eclipsado en muchos aspectos por ambas mujeres, lo que incluye un final emotivo al borde mismo del sentimentalismo. No esperen, en cualquier caso, mucha tensión sexual no resuelta entre Cruise y Cobey porque estamos ante el estrella más cinematográficamente asexual del momento (de ahí que encajara tan bien en el personaje de Eyes wide shut). Tampoco esperen una acción desenfrenada y un guión coherente porque no lo hay. Edward Zwick es una especie de Ron Howard en pequeña escala y rueda con una corrección intachable, aunque podría haber mostrado algo más de imaginación en la larga secuencia carnavalesca de Nueva Orleans. La trama es simple y en ocasiones absurda, hay momentos de "ejem, ejem", como la fuga de la cárcel gracias la idiotez insuperable de los captores o el tipo que recibe un tiro en la pierna pero sigue a lo suyo, el desenlace es precipitado hasta límites insospechados y el malo malísimo es otra vez un ex combatiente que hace las veces del reverso diabólico del héroe. Con todo, y tal vez por ello, las nuevas aventuras de Jack Reacher proporcionan una diversión confortable, carne de olvido inmediato pero sin pestilencias. Quien no se consuela...

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