24 de noviembre de 2016

Cuidado con la nueva profesora: mala gente

24.11.2016 | 03:48
Zuzana Mauréry.

Parece una mujer normal y corriente. Pero no lo es. Estamos ante una persona despreciable, egoísta y cruel que manipula a quien se ponga por delante para luego apuñalarlo por detrás. Menuda pieza la profesora Maria Drazdechova que llega a principios de los ochenta a un colegio de Bratislava. La bota soviética aún tiene suelas largas y quien se cobija bajo su sombra de terror puede convertirse en un poder fáctico, temido y odiado. La profesora pasa lista a sus nuevos alumnos y les hace preguntas aparentemente inocuos sobre su familia.

En realidad, lo que está haciendo es un sibilino interrogatorio para tener información privilegiada sobre los padres. Qué puede conseguir de ellos y cómo aprovecharse. Poco a poco, Drazdechova va tejiendo una infame telaraña en la que van cayendo sus presas. Unas lo hacen con agrado porque también se benefician de su servilismo. Pero hay quien se planta. Y un intento de suicidio de una niña especialmente machacada por la indecente docente precipita las cosas. Hay una reunión de padres para decidir si se pide el traslado de la mujer o no. Hay caras largas, silencios cómplices, reproches varios y también cabezas cabizbajas que revelan una claudicación mezquina. Una especie de crisol de miedos y vergüenzas que sirve para representar a la sociedad entera de los países sometidos por el yugo soviético. En ese aula donde los padre se sientan como niños reprendidos o esquivos se respira cobardía, las voluntades presentan señales de descomposición y el fétido olor a corrupción por activa o por pasiva se apodera del lugar. Y fuera de ese entorno enfermo, las inocencias malheridas de los niños, unos porque sufren en sus carnes el acoso, otros porque están siendo entrenados para repetir los mismos errores y horrores de sus padres. Curiosamente, el "héroe" de la historia es, al mismo tiempo, alguien con zonas oscuras que ensucian también su valor.

Con una prodigiosa Zuzana Mauréry encarnando muy bien el mal y unos secundarios espléndidos (especialmente algunos críos), Jan Hrebejk ha construido una austera y acongojante tragedia con brotes de farsa, un puñetazo en el estómago que encoge el corazón.

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